Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

 
   
 


CONMEMORANDO EL 45 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO

1964 - 7 de diciembre – 2009


 
 


APROXIMÁNDONOS A LA VIDA Y OBRA DE ANDRÉS TOWNSEND EZCURRA, fundador del parlamento latinoamericano – Hugo Vallenas Málaga


 
 

El 7 de diciembre de 2009 se cumplen 45 años de la fundación del Parlamento Latinoamericano en la ciudad de Lima. La Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano se realizó en la sede del Congreso Nacional en Lima entre los días 6 y 11 de diciembre de 1964. El magno evento contó con la presencia de representaciones acreditadas de los parlamentos de 14 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Panamá, Venezuela y el Perú. Las Juntas Preparatorias fueron el día 6 de diciembre y la sesión inaugural se llevó a cabo el día lunes 7 en horas de la noche. Esa misma fecha evocaba el 140º aniversario de la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, firmada en Lima por el Libertador Bolívar, el 7 de diciembre de 1824.

La fundación del Parlamento Latinoamericano sigue siendo un hito fundamental de la marcha hacia la integración indoamericana. Fue obra del aprismo, inspirada en las ideas de Víctor Raúl Haya de la Torre, pero tuvo un gestor y animador indiscutible, el diputado aprista Andrés Townsend Ezcurra. Su labor protagónica en la magna reunión de diciembre de 1964 −labor destacada que también fue cumplida por el entonces senador Luis Alberto Sánchez− lo hizo merecedor del nombramiento como primer secretario general del Parlamento Latinoamericano. Es más: Townsend fue reelegido a este alto cargo en julio de 1965, en la I Asamblea Ordinaria del Parlamento Latinoamericano y siguió siendo reelegido, hasta en 13 oportunidades, ejerciendo dicha secretaría general durante 27 años, en forma ininterrumpida, hasta que declinó postular nuevamente a la secretaría general en julio de 1991. Un sitial que no ha podido emular ningún otro político latinoamericano.

La gestión de Townsend hizo del Parlamento Latinoamericano una entidad de presencia política influyente y gran autoridad moral durante un difícil período de la historia de nuestro continente, plagado de crisis e irrupciones dictatoriales. Con motivo del deceso de Andrés Townsend en julio de 1994, el parlamentario uruguayo Juan Adolfo Singer, líder de la “Vanguardia Batllista” del Partido Colorado, comentó: “Escribimos bajo el peso de la congoja. La noticia del fallecimiento de Andrés Townsend Ezcurra, no por inesperada, nos conmovió. El mástil más alto de la causa integracionista de América Latina, en esta segunda mitad del siglo, se ha quebrado. La nave continúa, empero, con su rumbo, las banderas desplegadas al tope. Townsend continuará la lucha. Sembró durante toda su vida, y las raíces y los troncos y las ramas de esa siembra seguirán afirmándose, extendiéndose y creciendo. Aunque desde afuera o desde adentro algunos no rieguen esos árboles y otros quieran cortarlos, nada ni nadie podrá detener la integración y la unidad latinoamericana” (revista Patria Grande, órgano oficial del Parlamento Latinoamericano, Nº 2, Lima, noviembre de 1994, p. 27)

Hoy en día, llegado el siglo XXI, la ofensiva neoliberal de los grandes poderes internacionales ha fragmentado las iniciativas unitarias y ha potenciado los acuerdos bilaterales, que reducen la posibilidad de articular un modelo común de desarrollo y defender una globalización con equidad. Leer estas páginas, que nos permiten recuperar y percibir de cerca lo que fue el esfuerzo integracionista del aprismo hace 45 años, debe ayudarnos a dar a la memoria de Andrés Townsend la valía que se merece, recuperar sus ideas y propuestas y debe permitirnos reafirmar el anhelo unitario continental, más allá de las rencillas cainitas avivadas por intereses económicos contrarios a la integración.

Breve perfil biográfico

Andrés Townsend Ezcurra (Chiclayo, 23 de marzo de 1915-Lima, 31 de julio de 1994), de profesión abogado, graduado en la Universidad de La Plata en 1942, tuvo como verdadera vocación la investigación histórica, el periodismo y la política parlamentaria. Como documenta en su libro Por la libertad de los pueblos. Misión en Naciones Unidas (Lima, 1962), se inició en las políticas de Estado de alto nivel formando parte, con rango de embajador, de la delegación peruana a las Naciones Unidas, presidida por Víctor Andrés Belaúnde, entre los años 1956-1960 y 1962. Durante la XI Asamblea de la ONU (setiembre a noviembre de 1956), Townsend participó en el debate y redacción de importantes documentos como el ‘Pacto de derechos económicos, sociales y culturales’, que incorporó el derecho de huelga por su iniciativa.

ATE fue diputado electo por Lambayeque en 1962, pero fue privado del cargo por el golpe militar del general Ricardo Pérez Godoy. Fue otra vez diputado lambayecano en 1963, llegando a ser elegido presidente de su Cámara en 1968, poco antes del golpe militar del general Juan Velasco Alvarado. Luego fue Constituyente y destacado integrante de la Comisión Principal encargada de redactar la Constitución entre 1978 y 1979. Fue autor, entre otros artículos, del Artículo 100 de la Carta Magna de 1979, que dice a la letra: “El Perú promueve la integración económica, política, social y cultural de los pueblos de América Latina, con miras a la formación de una comunidad latinoamericana de naciones”.  
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Townsend, orgulloso chiclayano, se consideraba un “huerequeque a tiempo completo”, embebido de las costumbres y el sentir de sus más arraigados paisanos. El quehacer político internacional nunca apartó a Townsend de la preocupación por su tierra natal, La Santa Tierra, como reza uno de sus libros, dedicado a Lambayeque (publicado en forma póstuma en 1997). Fue por iniciativa de ATE que se dio la ley que permitió la construcción del reservorio de Tinajones (Ley 14971 de 1964) y la que otorgó “primera prioridad” al proyecto hidroenergético de Olmos (Ley 23257 de 1980).

Desde que leyera por primera vez la revista Amauta en 1927, descubriendo a Víctor Raúl Haya de la Torre, siguió un mismo camino signado por dos vías convergentes: la democracia y la unidad de América Latina, y encontró, simultáneamente, a Bolívar y a Haya de la Torre como los paradigmas definitivos de su vocación.

Fue también un hombre de hogar, firmemente vinculado a su familia, a su esposa Anel y a sus hijas Elena, Andrea, Josefina y Anel.

El ideólogo de la integración continental

La claridad de ideas de Andrés Townsend sobre los temas relacionados con la integración se basa en que fue autor del primer estudio –y también el más exhaustivo y quizás el definitivo– del pensamiento del Libertador Bolívar en cuanto a la estructuración de un derrotero institucional para nuestras democracias que ampare la meta de la integración.

Sobre los fundamentos doctrinales de la integración y en particular sobre el pensamiento unionista bolivariano, Townsend nos ha legado una admirable bibliografía, cuya obra cimera es Bolívar, alfarero de repúblicas. (Ediciones Libera, Buenos Aires, 1973). Este trabajo fue premiado en el concurso internacional de homenaje al Libertador Bolívar convocado por la OEA en 1972, pero todavía no es debidamente apreciado en nuestro país, no obstante ser una fuente de consulta imprescindible sobre el tema en muchos países de América Latina.

ATE también desarrolló aspectos importantes de este tema en sus obras: El Perú en la integración jurídica de América Latina. Vidaurre en Panamá (Editorial Minerva, Lima, 1975); en Las ideas de Bolívar en la integración de los pueblos latinoamericanos. Obra premiada por la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú (Editorial Jurídica, Lima, 1975).

Desde otros ángulos, el tema está también presente en otro libro laureado: Fundación de la República. Tomo primero. Documentos y estudios en torno a la Asamblea Nacional Constituyente de Centroamérica. (Ministerio de Educación Pública, Guatemala, 1958). Andrés Townsend contrasta los viejos ideales unionistas con los problemas contemporáneos en otra obra fundamental: Patria Grande. Pueblo, parlamento e integración. (Editorial Desa, Lima 1991).

Contra lo que pueda suponerse, ATE no se limita a elogiar y describir el ideario bolivariano. Va al grano a señalar limitaciones reales y limitaciones dictadas por la época –como la “presidencia vitalicia” defendida por Bolívar para Bolivia y Perú– pero también es audaz al señalar que mucho de lo que hoy es América Latina no está todavía a la altura de los tópicos más vigentes y valiosos del pensamiento unionista y republicanista del genial Libertador.

Townsend resume como bases esenciales bolivarianas de la combinación entre libertad e integración las siguientes (ver Parte I de Alfarero de repúblicas; pp. 25 a 67 de la edición de 1973): la abolición de la esclavitud y la igualdad ante la ley de la población analfabeta y/o aborigen; soberanía popular; rechazo de la dictadura militar y de cualquier otro tipo; clara división de poderes; la existencia de un “poder moral” fiscalizador; la libertad religiosa; el gobierno central y unificado en cada república; la educación pública gratuita vinculada a los derechos ciudadanos y al trabajo; la libertad de opinión, reunión y prensa; la justicia social, que incluye la reforma agraria.

Estos fundamentos –indica Townsend– quedaron frustrados por la excesiva verticalidad y el débil fundamento económico del ideal bolivariano; y su plena realización está pendiente. Y concluye con una apreciación comprensiva de la amargura de Bolívar al ver su obra interrumpida: “Lucidez dolorosa y postrera del Libertador que se asomaba así a la verdad de una emancipación que resultaba preferente­mente a favor de la clase latifundista, ‘mantuana’ y de ricos crio­llos, en cuyas filas había nacido y de cuyas miserias su personal grandeza lo libraba” (ver Andrés Townsend: Bolívar, alfarero de repúblicas. Buenos Aires, 1973; p. 63).

ATE también subraya el audaz proyecto que significó el ideal unionista bolivariano en un contexto radicalmente adverso. Dice Townsend: “Insistimos en una observación ya formulada: la América es­pañola que conoció Bolívar, y que pretendió federar, era un espa­cio mayor que el hoy poseído por las repúblicas de idioma his­pano. Los Estados Unidos Mexicanos habían heredado el Virreina­to de la Nueva España, cuyas avanzadas cubrían, por el Pacífico, hasta más al norte de San Francisco y por el este llegaban hasta la Luisiana y el Mississipi. Si se agruparan políticamente las ac­tuales repúblicas darían nacimiento a una federación de 20 millo­nes de kilómetros cuadrados. La que quiso lograr Bolívar abar­caba, por lo menos, 4 millones más. […] Es indudable que Bolívar presintió, anticipándose a realidades de mediados del siglo XX, que sólo grandes masas continentales, políticamente unidas y económicamente coordinadas, tenían posibilidades de supervivir en un mundo de ‘colosos’ y ‘gigantes’. El Libertador fue de los prime­ros –si no el primero entre los políticos de su tiempo– en recono­cer la era, que se define en este siglo, de los pueblos‑continente. La anticipación bolivariana resalta con mayor originalidad e in­terés si se la coloca en el cuadro de la época. Bolívar fue contempo­ráneo de los movimientos orientados a fundar los Estados‑Nación, no los Estados‑Continente. La invasión napoleónica despertó la conciencia nacional de Alemania, encendiendo una chispa de unio­nismo federal germánico que sólo culminará con la fundación del imperio alemán en 1871. En paralelo proceso, iniciado mucho después de la muerte de Bolívar, nace Italia como reino unificado. Los nacionalismos de Europa oriental luchaban por obtener la independencia de los germanos y los húngaros del imperio austría­co, y los Balcanes nacen como un complicado mosaico de naciona­lismos encontrados y menores, de cuyo choque brotará la Primera Guerra Mundial. La tendencia recibe un nombre típico: balcani­zación. Semejante impulso a subdividir y a dar carácter de Esta­dos independientes a territorios de exiguas dimensiones contradice exactamente lo que Bolívar postulaba para América Latina. […] En una América que tendía, irresistiblemente, a la fragmentación, el Libertador resultaba hon­rosamente anacrónico. […] De haber nacido, en Panamá, una Fede­ración como la que soñaba Bolívar, las fuerzas de dinámica histórica en el mundo del siglo XX hubieran sido: Gran Bretaña y sus alia­dos liberales; la Santa Alianza, progresivamente rota por sus des­acuerdos interiores y el fermento nacionalista; Estados Unidos del Norte y la Federaci6n Latinoamericana” (ver Andrés Townsend: Bolívar, alfarero de repúblicas. Buenos Aires, 1973; pp. 170-172).

Creación y desarrollo del Parlamento Latinoamericano

La orientación política dirigida a la fundación de un Parlamento Latinoamericano tiene cuatro fuentes muy claras: los artículos publicados por Haya de la Torre desde 1959 en La Tribuna y diversos diarios del continente, invitando a los países de América Latina a emular el ejemplo unionista de Europa; los artículos de Antenor Orrego alertando sobre la necesidad de mirar el futuro inmediato en términos de “pueblos continentes”; los artículos de Luis Alberto Sánchez para su columna “Cuaderno de Bitácora” y para los Cuadernos publicados por el Congreso por la Libertad de la Cultura, invocando a la unidad continental para enfrentar los retos políticos y culturales de la llamada “Guerra Fría”; y finalmente los artículos de Andrés Townsend en La Tribuna y la revista Presente, proponiendo derroteros prácticos para hacer realidad las propuestas de Haya de la Torre.

La iniciativa concreta dirigida a la creación del Parlamento Latinoamericano surgió del VI Congreso Nacional del Partido Aprista Peruano. Los documentos originales partidarios relacionados con este tema pueden consultarse en el libro Haya de la Torre y la unidad de América Latina (compilador Mario Peláez Bazán; editor Enrique Delgado Valenzuela, Lima, 1977).

Allí podemos comprobar que el VI Congreso del PAP, que se realizó en Trujillo del 24 al 25 de febrero de 1962, aprobó el siguiente acuerdo: “Propondremos la convocatoria por parte del Congreso del Perú de un Parlamento Latinoamericano, para discutir los problemas de la unidad de América Latina, de su Mercado Común y la acción conjunta en defensa de la democracia y la justicia social.- Trujillo, 25 de febrero de 1962”. La propuesta ya era motivo de consultas entre distintos líderes políticos del continente. Fue sustentada en el VI Congreso por Andrés Townsend como una propuesta política viable, que quedaba al partido formalizar y poner en práctica.

Sobre esta base, la Célula Parlamentaria Aprista y el grupo parlamentario de la Unión Nacional Odriísta presentaron en forma conjunta la siguiente moción de orden del día el 2 de junio de 1964: “La Cámara de Diputados del Perú acuerda: Invitar a los Parlamentos de los países latinoamericanos a una primera reunión de delegados de dichos cuerpos legislativos a celebrarse en Lima, con el propósito de estudiar los problemas de la integración económica latinoamericana iniciada con el Tratado de Montevideo; la posibilidad de una coordinación política que, reforzando la posición internacional de los países de nuestra América, coopere al aceleramiento del desarrollo económico y social de nuestros pueblos y aconseje las formas eficaces como los Parlamentos de América Latina pueden contribuir a la consecución de estos elevados objetivos de solidaridad continental”. Firman la moción: Andrés Townsend Ezcurra, Andrés Echevarría Maúrtua, Víctor Freundt Rossell, Armando Villanueva del Campo y Luis F. Rodríguez Vildósola.  La Moción fue aprobada unánimemente por el Senado y la Cámara de Diputados en la fecha indicada, 2 de junio de 1964.

Estando esta iniciativa en curso, tuvo el respaldo del VII Congreso del PAP. El siguiente acuerdo fue decisivo para el éxito del proyecto: “El VII Congreso Nacional del PAP, considerando: Que el Parlamento peruano, por iniciativa de la Célula Parlamentaria Aprista, ha convocado a una primera reunión de Parlamentos de Indoamérica para estudiar los problemas de la integración económica y política de nuestros pueblos; que el propósito unionista continental que esta decisión del Congreso manifiesta está en perfecto acuerdo con el programa del aprismo, único partido que ha enarbolado como bandera, jamás arriada, la unidad económica y política de Indoamérica. Acuerda: 1.- Manifestar su complacencia por esta iniciativa del Parlamento nacional y ofrecer el permanente y entusiasta respaldo del Partido al Parlamento Latinoamericano, como instrumento decisivo de integración política de nuestro continente. 2.- Dirigirse a los partidos afines de Latinoamérica instándolos a dar apoyo a esta iniciativa aprista, cuya realización abrirá vastas posibilidades al desarrollo de nuestros países y a la afirmación victoriosa de sus instituciones democráticas. Lima,2 de agosto de 1964”.

                                                                                                                                   

La convocatoria a la creación del Parlamento Latinoamericano, más allá del aspecto contable representado por los viajes y las reuniones con otros parlamentarios, implicaba un gran esfuerzo político, que hoy resulta difícil de imaginar. Gestionar esos encuentros, debatir la convocatoria con los representantes más idóneos en cada país y finalmente lograr que la invitación sea aceptada, fue una labor titánica en la que participaron, bajo la dirección del diputado Andrés Townsend y del senador Luis Alberto Sánchez (co-presidentes del Comité Organizador de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano), todos los grupos políticos de entonces.

Finalmente, entre los días 6 y 11 de diciembre de 1964, en el Salón de sesiones de la Cámara de Diputados del Perú, ciento setenta senadores y diputados, representantes de 14 países de América Latina, fundaron el Parlamento Latinoamericano. El día 6 fueron las Juntas Preparatorias. El lunes 7 fue la sesión inaugural (evocando el 140º aniversario de la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, firmada en Lima por el Libertador Bolívar, el 7 de diciembre de 1824). Las conclusiones, reunidas en la “Declaración de Lima”, votada el 11 de diciembre, definió el Parlamento Latinoamericano como una “institución democrática, de carácter permanente, representativa de todas las ten­dencias políticas existentes en nuestros cuerpos legisla­tivos”. La misma Declaración señaló como misión del nuevo organismo, “promover, armonizar y canalizar el movimiento hacia la integración”.

Townsend redactó el texto de la “Declaración de Lima”, que fue aprobado por el pleno del naciente Parlamento Latinoamericano con muy pocas enmiendas. Dicha “Declaración de Lima” definió principios que han gobernado la institución, desde su fundación, y que el propio ATE los resumía en siete puntos:

“1º) Reconocimiento del proceso de integración de América Latina como un proceso histórico indispensable para asegurar a nuestros pueblos su libertad, su desarrollo y la presencia en el mundo de una gran comunidad de naciones.
“2º) Señalamiento, a los parlamentos nacionales, que es su deber concurrir al éxito de la integración movilizando a la opinión pública y dictando las leyes necesarias para su operatividad y vigencia.
“3º) Fundación de un Parlamento Latinoamericano como institución democrática pluripartidaria, encargada de promover, canalizar y armonizar el movimiento hacia la integración.
“4º) Decisión de contribuir, por los procedimientos constitucionales adecuados, a la fundación de autorida­des comunitarias.
“5º) Ratificación de fe en la democracia, ejercida en toda su pureza y con contenido renovador y de justicia, rechazando toda forma imperialista, dictatorial u oligárquica de gobierno.
“6º) Invocación a los países privados de parlamento, para que, en ellos, se restaure la democracia representa­tiva.
“7º) Simpatía y solidaridad con los pueblos recién emancipados que practiquen la democracia y con los esfuerzos, a nivel mundial, hechos en defensa de los intereses de los países en desarrollo” (ver Andrés Townsend: 27 años de lucha por la integración de América Latina. Lima, 1991; pp. 8-9).

Que estos principios hayan sido acordados por representantes libremente elegidos de 14 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Panamá, Venezuela y el Perú, es el mejor homenaje al principio de “integración con pan y libertad” que honró la historia del aprismo desde 1924 al costo del sacrificio de varias generaciones de mártires.

El último acto de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano fue develar una placa recordatoria en la sede del Congreso, donde todavía podemos leer: “Representantes de los pueblos de América convocados por el Congreso del Perú establecieron en este recinto las bases del Parlamento Latinoamericano. 7 de diciembre de 1964”.

Andrés Townsend tuvo una participación decisiva en la organización de los plenarios y del trabajo en comisiones, en la conducción del debate de las propuestas y en la redacción de los documentos finales. Por esta razón fue elegido secretario general del Parlamento Latinoamericano. Su discurso de agradecimiento tuvo frases memorables: “Esta designación es un honor y una responsabilidad. Del honor soy indigno, pero quiero trasladarlo, precioso y total, al Congreso del Perú. […] Declino el honor y lo traslado a quien se debe. Pero acepto la responsabilidad” (ver revista Presente, año VIII, Nº 100, Lima, marzo de 1965, p. 24).

ATE condujo los asuntos del naciente organismo desde el 11 de diciembre de 1964 hasta el 18 de julio de 1965, fecha en que se inauguró, también en Lima, la Primera Asamblea Ordi­naria del Parlamento Latinoamericano, que definió Estatutos, Reglamentos y pormenores administrativos. Nuevamente Townsend destacó como el organizador fundamental, siendo reelegido como secretario general. En los años que siguieron, ATE fue reelegido a la secretaria general del Parlamento Latinoamericano en todas las Asambleas Ordinarias, desde 1965 hasta 1988, declinando postular al cargo en 1991 por razones de edad y de salud. Presidió entonces un Comité Consultivo, en el que participó hasta su deceso, en 1994.

Un detalle interesante que revela Townsend en su libro 27 años, es que en la IV Asamblea Plenaria del Parlamento Latinoamericano, en 1969, en Bogotá, ATE presentó su renuncia al cargo de secretario general en tanto ya no era parlamentario en ejercicio, como lo exigían los Estatutos, desde que fuera cerrado el Congreso peruano por la dictadura militar del general Velasco. El PL, en esa oportunidad, acordó enmendar los estatutos, agregando “o ex parlamentario” entre los requisitos para la secretaría general, a fin de permitir la reelección de ATE.

De acuerdo a 27 años, el logro más importante de Townsend desde la secretaría general del Parlamento Latinoamericano, ha sido el logro del Tratado de Institucionalización de dicho parlamento, firmado el 16 de noviembre de 1987 por 18 países. Sin embargo, la labor de Townsend en el PL no concluyó al dejar la secretaría general. Desde el Consejo Consultivo que presidió dirigió las publicaciones de este organismo –fundando en 1993 su órgano central, la revista Patria Grande– y trabajó esforzadamente durante su último año de vida por lograr un compromiso de todos los parlamentos miembros para la firma del “Acta Constitutiva de la Comunidad Latinoamericana de Naciones con su parlamento elegido directamente por los pueblos”.

El periodista laureado

El periodismo fue también una faceta fundamental de la vida profesional de Andrés Townsend. Durante la etapa inicial de su primer exilio, publicó artículos en notables revistas de polémica intelectual como Claridad de Buenos Aires, dirigida por Antonio Zamora; y Tierra de Santiago de Chile, dirigida por Guillermo Brown. Pero tuvo un contacto más profundo con el quehacer periodístico a partir de 1939, cuando ingresó al plantel del diario socialista argentino La Vanguardia, dirigido por Mario Bravo. Su desempeño en este medio tuvo la colaboración de otro exiliado, Manuel Seoane, quien fuera fogueado director-fundador de La Tribuna en 1931, en Lima, y luego destacado periodista del diario argentino Crítica, dirigido por Natalio Botana. En La Vanguardia, Andrés Townsend conoció todos los aspectos del oficio periodistico y tuvo a su cargo una notable columna semanal: “20 pueblos y una nación”, donde comentaba noticias e ideas relacionadas con la integración continental.

A su retorno, Townsend asumió la dirección del diario aprista La Tribuna y la ejerció durante toda su “V Época” (su tercera etapa de legalidad) –entre el 29 de setiembre de 1945 y el 3 de octubre de 1948– bajo la denominación “redactor responsable”. En manos de ATE, La Tribuna tuvo un éxito inusitado. No obstante su conocida filiación partidaria, fue un medio de prensa confiable y variado, apto para la lectura en familia, con reportajes polémicos sobre la realidad del país, encuestas sobre la eficiencia de los servicios públicos, comentarios sobre el cuidado de la salud, noticias sobre espectáculos y deportes, etc.

No obstante el gran esfuerzo destinado a diseñar un diario informativamente ágil y de lectura accesible, la prioridad del director de La Tribuna era la seriedad del contenido: el buen uso del idioma, la veracidad y sobre todo el comportamiento ético. Townsend subrayó estos conceptos sobre el oficio periodístico en una valiosa entrevista para Jornada (N° 193, 19 de noviembre de 1945), diario dirigido por Luis Bedoya Reyes, entonces de 26 años (Townsend tenía 30 años de edad). Dice Townsend en esa entrevista: “Considero a la prensa la forma inmediata y directa de la docencia democrática. En nuestro siglo, misionero de la velocidad, el diario suplanta al libro y el titular llega a reemplazar al artículo. La prensa, junto a la radio y al cine, es el método más enérgico y fácil de influir en el pensamiento colectivo. De allí la importancia de una línea moral que presida su desarrollo. El periódico no puede ser un altavoz que cualquier audaz empuñe para hacerse oir. Siendo docencia, su ejercicio impone preparación, honestidad y conducta escrupulosa, igual que la más alta de las cátedras”.

Durante su segundo exilio (1948-1956), ATE ejerció el periodismo en el Diario de la Mañana de Guatemala, fue coeditor de la revista Istmania, de orientación integracionista centroamericana y tuvo a su cargo, en la Escuela Centroamericana de Periodismo de Guatemala, la cátedra de Ética Periodística. En 1956, nuevamente en la brega política peruana, Andrés Townsend retornó a las páginas de La Tribuna y fue nuevamente su director hasta 1962. En La Tribuna, Townsend dio celebridad a dos columnas características: “Primer plano” y “Rostro del Día”. La primera era un tema editorial explicado en pocas líneas y la segunda, una breve semblanza de algún personaje nacional o internacional que hacía noticia. Eran columnas muy breves, que en el contexto de la densa sección de informaciones, comentarios políticos y notas editoriales, aliviaban la lectura e invitaban a la reflexión. La columna “Rostro del Día” lo consagró como periodista al obtener el Premio Nacional de Fomento a la Cultura de 1959. El jurado calificador, presidido por el doctor José León Barandiarán, rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, dio su fallo el 18 de octubre de 1960.

Mientras dirigía La Tribuna, Townsend incursionó en un nuevo aspecto del quehacer periodístico: la revista noticiosa ilustrada. Fundó en 1956 Presente, de exitosa publicación hasta 1968. Townsend integró el consejo editorial con Luis Felipe Rodríguez Vildósola y Carlos Delgado Olivera. Fue director de la publicación Humberto Silva Solís. Otro aporte periodístico notable de ATE, ubicado en el plano de la pedagogía política, fue la colección de fascículos ilustrados El Partido del Pueblo. Historia gráfica del aprismo, publicada en 1978. Fue la primera vez que se puso en práctica esta modalidad de publicación en nuestro medio. Los coloridos fascículos venían acompañados de atractivos afiches, con un lenguaje destinado a los jóvenes. Toda una generación conoció de este modo los rudimentos del ideario de Bolívar, de González Prada, de José Ingenieros y, por supuesto, de Haya de la Torre.

El militante indeclinable

Andrés Townsend se distingue por su invariable lealtad a las ideas y la ética militante de Víctor Raúl Haya de la Torre. Abrió los ojos a la política desde el aprismo y nunca se apartó de ese camino. Como joven activista, Andrés Townsend fue testigo y partícipe del surgimiento del aprismo como un movimiento político-social de hondo alcance histórico. Estuvo cuando se cantó por primera vez La Marsellesa Aprista, en mayo de 1931, y cuando por primera vez se saludó con pañuelos blancos a Haya de la Torre.

En 1934, al iniciarse la larga clandestinidad, Townsend era dirigente de la Federación Aprista Juvenil e integrante del Buró de Conjunciones que vinculaba la organización del partido. Apenas de 20 años, fue detenido y deportado a Chile en febrero de 1935. En marzo se trasladó a Buenos Aires, donde fue el principal colaborador de Manuel Seoane. Estuvo exiliado diez años, equivalentes a su etapa más crucial de formación profesional y maduración personal.

Entre los exiliados apristas, ATE cumplió una función muy destacada, siempre al lado de Manuel Seoane. De la simpatía de Haya de la Torre por los progresos del joven discípulo quedan muchos testimonios, como esta carta del jefe del APRA a Luis Alberto Sánchez, de marzo de 1937, donde dice: “ATE está funcionando muy bien. Llegan cosas abundantes en recortes de Montevideo y Buenos Aires. Tiene un dinamismo y un sentido de responsabilidad que cada día me acercan más a él. Ojalá se mantenga así. Pero hasta hoy es uno de los más eficientes y comprensivos portadores de la nueva camada aprista, si no el mejor. Sobre todo comprende la necesidad de una labor incesante y hace labor aprista a firme y a fondo. Además, entiende lo que es el aprismo como obra continental y ha entrado firme en el apostolado. Hay que alentarlo porque el tipo vale” (ver: Correspondencia Haya de la Torre-Luis Alberto Sánchez; Mosca Azul editores, Lima, 1982; volumen 1, pp. 302-303).

Con el paso de los años, la estimación de Haya de la Torre por Townsend se hizo mayor todavía. Por su experiencia en foros internacionales, entre ellos las Naciones Unidas, ATE era el acompañante imprescindible del jefe del aprismo en todo evento que incluya la participación de personalidades políticas de muy alto nivel. De ello surgió una estrecha amistad entre Townsend y líderes continentales como Rómulo Betancourt, de Acción Democrática de Venezuela; José Figueres Ferrer, expresidente de Costa Rica; Salvador Allende, del Partido Socialista de Chile y Dardo Cúneo del socialismo argentino.

No fue casual que Haya de la Torre lo designara como su principal acompañante en el ‘Encuentro de la democracia social’, que en mayo de 1976 reunió en Caracas a representantes de partidos socialistas y democráticos de todo el mundo, como Willy Brandt, Rómulo Betancourt y Bettino Craxi. En dicho evento, Haya de la Torre remarcó que la actitud entre los partidos populares de América Latina y los socialistas europeos debía ser de “coordinación” y no de afiliación, señalando además que el aprismo era “democracia social y no socialdemocracia” (ver el artículo de Andrés Townsend: “Democracia social y socialdemocracia”, revista Oiga, Lima, 1982, incluido en el volumen compilatorio Trayectoria de un pensamiento, Lima, 1994, pp.48-51).

Townsend fue el más cercano colaborador de Haya de la Torre en la Asamblea Constituyente de 1978-1979. Por su vínculo personal e intelectual con el jefe y maestro, Andrés Townsend fue el orador insustituible, a nombre del Partido Aprista, en el homenaje de cuerpo presente que la Asamblea tributó al líder fallecido. Quienes fueron testigos de esa alocución, concuerdan en que ningún otro pudo ser el orador más apropiado para tan difícil trance. Las dolidas y elocuentes palabras de Townsend todavía resuenan a los pies del monumento a Bolívar: “Aquí estamos, empobrecidos y angustiados, porque, de hoy en adelante, nos faltará tu sabiduría profética, tu arrollador impulso, tu inspiradora presencia. Te vas con tu grandeza y nos quedamos sin ella. Nuestra soledad es más grande que la tuya”

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Ese recordado discurso se pronunció el 5 de agosto de 1979. Al año siguiente, 16 meses después, una lamentable secuela de apetitos electorales y de tráfico de poder partidista desfiguró la vida orgánica del aprismo y concluyó expulsando a Townsend y sus seguidores. Desde entonces, ATE dijo seguir estando en el aprismo “en la fe aunque no en la iglesia”. Nuevamente fue diputado por Lambayeque para el período 1980-1985 y finalmente senador entre 1985-1990. Su conducta política, hasta su deceso en julio de 1994, siguió invariablemente la misma trayectoria de sus años juveniles.

Empero, después de 1979, Townsend no tuvo más opción que ser el abanderado de la reivindicación del aprismo “clásico”, teniendo como adversarios a quienes, dentro del propio partido, introducían un cisma intelectual entre un aprismo “juvenil”, más radical; y un aprismo “maduro”, más conservador. ATE tuvo que hacer frente a la expresión desconcertada de una generación que hacía una exégesis inmadura del libro juvenil de Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA.

Al respecto, Townsend rememora lo siguiente en una extensa entrevista de 1994: “Durante la crisis de 1979, el bando partidario que acaudillaba el entonces secretario de organización, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, formuló una exigencia muy singular. En el curso del XII Congreso del partido, el mismo año de la muerte de Víctor Raúl, se presentó una moción signada por el señor García y otro compañero en la cual se definía, palabras más palabras menos, que ‘el texto único y supremo de la ideología del partido’ estaba resumido en el libro El antiimperialismo y el APRA. […] Se quería introducir en el APRA una discusión similar a aquella de los primeros tiempos de la iglesia cristiana, cuando se disputaba en torno al Credo de san Atanasio en el concilio de Nicea en el siglo IV. […] Era absurdo que el Congreso del partido se reúna y vote que el único texto válido para interpretar la doctrina aprista era El antiimperialismo y el APRA. Si hubiera sido así, quedaba entonces borrada o profundamente subestimada toda la producción intelectual de Haya de la Torre posterior a ese libro, es decir, las tres cuartas partes de sus Obras completas” (ver: entrevista con Hugo Vallenas de marzo de 1994 en Andrés Townsend: Trayectoria de un pensamiento, Lima, 1994, pp. 27-28).

Townsend nunca dudó sobre la coherencia de la doctrina de Haya de la Torre ni trató de ‘rescatar’ algún aprismo más radical leído entre líneas en los textos aurorales. Nunca se acercó a reconocer como posibles aliados a los grupos comunistas, nunca apoyó a dictadores (ya se trate de Velasco o Fujimori) y –como lo hiciera Haya de la Torre– nunca bajó la cerviz ante la socialdemocracia en busca de prebendas. Su aprismo fue siempre raigal, sólido e indeclinable.

Paradojalmente, “dentro de la fe aunque fuera de la iglesia”, Townsend encarna la real ortodoxia hayista, así como también la ausencia de dogmatismo y fanatismo. Ejemplifica la tolerancia, la curiosidad ante lo nuevo y la sagacidad para responder al contendor. Fue además un símbolo viviente de la caballerosidad y la pulcritud en el gesto político y en la oratoria, además de ser hombre de reconocida integridad y honestidad. Así fue el fundador del Parlamento Latinoamericano.

 

 

 
 

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