Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"
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ANTENOR ORREGO, PERIODISTA VITAL
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Autor:
Hugo Vallenas Málaga
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Nota.- El siguiente texto es una transcripción la ponencia presentada en el coloquio “Antenor Orrego, la unidad continental y los orígenes de la modernidad en el Perú”. Congreso de la República, miércoles 2, jueves 3 y viernes 4 de octubre de 2002. El Fondo Editorial del Congreso acaba de publicar las exposiciones realizadas en dicho coloquio en el libro Antenor Orrego, la unidad continental y los orígenes de la modernidad en el Perú (Fondo Editorial del Congreso, Lima, 2009, pp 59-63). El volumen incluye las ponencias “El continentalismo latinoamericano” de André Samplonius y “Antenor Orrego, ideólogo del movimiento aprista” de Tito Livio Agüero, ambos igualmente integrantes del Taller de Estudios Sociales y Políticos “Antenor Orrego”.
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Histórica fotografía de Antenor Orrego y La Bohemia de Trujillo tomada a mediados de 1916. De izquierda a derecha, sentados: José Eulogio Garrido, Juvenal Chávarri, Domingo Parra del Riego, César Vallejo, Santiago San Martín y Óscar Imaña. De pie: Luis Ferrer, Federico Esquerre, Antenor Orrego Espinoza, Alcides Spelucín y Gonzalo Zumarán. Uno de sus integrantes, Víctor Raúl Haya de la Torre, se encontraba en ese momento en Lima en calidad de representante del Centro de Estudiantes Universitarios de Trujillo. Los bohemios de Trujillo fueron los forjadores de los cimientos culturales y filosóficos del aprismo. (Fotografía: Archivo familia Orrego Spelucín) |
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Trataré algunos puntos sobre la actividad como periodista de Antenor Orrego, pero en lo que tiene relación con su promoción del arte y la literatura.
Desde 1914 hasta fines de los años 1950, tiempo en que Antenor Orrego trabajó como periodista, fue siempre un líder de opinión, un gestor de empresas periodísticas y director de diarios, no solamente en los comienzos de los años 20 y 30 con El Norte el norte sino también mucho después en la época de 1956 a 1960, con La Tribunae Impacto.
En toda esta trayectoria Antenor escribió mucho, trabajó mucho y se ocupó de todo tipo de temas. En la época de La Reforma, en los comienzos de su carrera, fue el redactor que se ocupaba de las crónicas internacionales. Siguió paso a paso el devenir de la Primera Guerra Mundial con gran minuciosidad, con gran conocimiento de la materia para su época. Es algo sorprendente. Al consultar esos artículos hoy en día se comprueba con asombro su dominio del tema y la madurez con que afronta en su juventud –22 años– un tema tan complejo.
Sin embargo, es todo lo que tiene que ver con la estética, con el arte, la literatura y el alma del artista, lo que más amaba de su producción. Fueron esos artículos los que escribió con más esmero, con más cariño y que siempre quiso publicar en una forma especial, reunidos en libros. Curiosamente, mucho de este trabajo periodístico, sobre todo el más reflexivo y vital, tiene carácter epigramático o aforístico. Está hecho en pequeñas fórmulas que pretenden ser lemas recordatorios.
El primer volumen de sus llamadas aforísticas –como él las llamaba– datan de 1912 y aparecieron en 1913 en un concurso literario en Lima, que él ganó en la parte de ensayo y que en la parte narrativa ganó Abraham Valdelomar con El Caballero Carmelo. Ese momento fue el inicio de una larga y fecunda amistad hasta donde lo pudo permitir la vida en el caso de Valdelomar, entre el narrador y el filósofo, que dio lugar también a una estrecha amistad de Abraham Valdelomar y La Bohemia de Trujillo.
Dentro de estos artículos relacionados con la literatura, el alma del artista y el fomento de la estética, existe una colección de ensayos resultante de este trabajo que luego fueron publicados póstumamente bajo el título Estación primera (1961), que son justamente aquellos textos que se publicaron en la revista Amauta de José Carlos Mariátegui.
Es interesante constatar, cuando se consulta la colección de Amauta, que Antenor Orrego cada vez que publica allí un artículo en Amauta prácticamente preside el número, resulta ser el texto más destacado, más importante, así estén en el mismo índice Bernard Shaw, Miguel de Unamuno o el mismísimo Lenín. En 1930 hubo también un libro de Orrego en prensa que se llamaba Helios, con artículos relacionados con el arte, que no llegó a verse publicado por la muerte de José Carlos Mariátegui.
A diferencia de Luis Alberto Sánchez, que tenía como principal preocupación el vínculo del escritor con el paisaje, con lo étnico, con lo telúrico o con lo histórico propiamente dicho, Antenor Orrego tiene una gran preocupación por la introspección, la identidad, el yo, la manera como se ve a sí mismo el artista en relación a su ser humano.
Hay tres puntos esenciales que caracterizan a Orrego en este aspecto. El primero de ellos es promover en el artista un sentimiento solidario, un sentimiento ético muy puro, pero también un sentimiento de audacia, de valentía ante la vida, de afrontar todo con entereza, incluso la adversidad. No se refiere a una simple invocación a la política o al compromiso revolucionario en el escritor o el artista. Antenor tenía mucho respeto por el artista en cuanto a la pureza de su actividad, aunque él mismo era un hombre partidistamente comprometido. Lo que más le interesa en la creación intelectual y el arte es, sobre todo, cierta honestidad y cierta valentía esenciales. Esto es lo que dice por ejemplo, en “El canto del hombre”, texto aparecido en la revista Amauta, en octubre de 1926: “Hemos de caminar este camino y cuidado con que receles demasiado y seas temeroso, porque entonces la lágrima no saltará jamás y tu corazón se secará para siempre. Una y otra vez acepta la suerte y sal a la aventura”.
Un segundo punto es que su gran preocupación por la filosofía y por vivir la filosofía a nivel del artista. Pero no encara la filosofía como un sistema, como una cosa conceptual, como una cosa intelectual, sino como algo que puede ser vivencializado directamente por el artista, por el creador. Le interesa la filosofía como una ética virtuosa y con una serie de conceptos relacionados con esa actitud, abjurando de los sistemas escolásticos. En este aspecto prácticamente se anticipa al existencialismo. Dice al respecto en “El error de la filosofía”, artículo publicado en la revista Amauta en diciembre de 1926: "El error capital de la filosofía sistemática ha sido valerse de la razón para construir conceptos, cuando la razón es instrumento para suscitar o transmitir intuiciones. (...) Lo que comúnmente se llama filosofía, es el aparato o encadenamiento de razones o de conceptos para expresar una intuición o un conjunto de intuiciones. Pero la filosofía no es eso, la filosofía es la intuición misma que ilumina o aclara un sector de la vida o el cosmos".
El tercer punto tiene que ver con el concepto de lo que él entiende como revolución. Para Orrego la revolución no solamente es un problema de políticos, sino es un problema de hombres y de un compromiso con nuestro ser esencial también. Escribe en el artículo “Racionalismo y revolución”, publicado en Amauta en febrero de 1927: “La vida no se transforma desplazándose hacia la pura racionalidad que sólo crea entelequias muertas. La vida se transforma y asciende categorizando las realidades palpitantes. (...) No hay enemigo mayor de la revolución que la utopía. Los más grandes revolucionarios fueron siempre mentes lúcidas, hombres que han estado con los pies bien plantados en la realidad de su época, espíritus profundamente prácticos, de un eficaz y penetrante sentido político. (...) La revolución no abstrae ni pasma las percepciones nuevas sino que las vive, las incorpora y las mediatiza en el porvenir, las lucha y las conquista. La razón para no extraviarse ni extraviar al hombre debe incorporarse en una recia encarnadura humana. Fuera de ella se desvitaliza y desvitaliza la realidad. Debe criarse en el ánimo del hombre y el hálito del mundo. Debe ser, ante todo, historia humana y no desglose o bivalencia frenética de la vida”.
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Antenor Orrego y algunos compañeros trujillanos, varios de ellos antiguos integrantes de La Bohemia, en la prisión de Casamatas, Callao, en junio de 1933, tras haber defendido el derecho del pueblo a la insurgencia contra la dictadura. De izquierda a derecha: Belisario Spelucín, Aníbal Secada, Jorge Otiniano, Antenor Orrego Espinoza, Agustín Suegras, Porfirio Farromeque y Francisco Spelucín Vega. (Fotografía: Archivo familia Orrego Spelucín) |
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Hago hincapié en esta forma de ver la filosofía del arte y la función del artista por Antenor, porque su actitud hacia La Bohemia de Trujillo era al mismo tiempo de mentor, de maestro, de crítico fraterno y a la vez de defensor de un propio punto de vista, porque él también escribía y era un literato destacado, aunque prefirió enfatizar la tarea del ensayo y la reflexión.
Como muestra de su propio talento literario, tenemos estas líneas de prosa poemática amorosa de 1917 que merecen ser recordadas. Por ejemplo éstas, tituladas “Se acerca ella”, publicadas en el diario La Reforma, dedicadas a una mujer muy hermosa, muy querida, dicen: “Oigo tus pasos creadores, tus pasos amados que surgen desde la eternidad, junto con mis pensamientos al conjuro de mi corazón. Tus pasos que se deslizan hacia mi vida como las corrientes subterráneas de la linfa hacia la fuente; como los radios de un círculo hacia su centro; como los colores de la naturaleza hacia mis ojos; como los anhelos del mundo hacia la eternidad. Cuando percibo su música inédita y divina, se atropellan a mis labios mis canciones y siento que mi mocedad ha cumplido su espera”. El crítico literario y el crítico filosófico de sus amigos poetas como Nixa, Francisco Xandóval, Alcides Spelucín, Eloy Espinoza y el propio Vallejo, era también un excelente creador y un excelente artista como ver en el Glosario Lírico que publicaba en La Reforma.
Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que no se trataba solamente de un crítico formal, pasivo o libresco. Según me contó alguna vez en una entrevista Luis Alberto Sánchez, Antenor Orrego era un hombre de carácter apasionado, enérgico. Él dejó un testimonio de esa manera de ser y cómo se relacionaban entre sí los poetas de la BohemiadeTrujillo, en un comentario para La Reforma, firmado el 28 de junio de 1920, dedicado al poemario Fogatas de Eloy Espinoza. Allí nos cuenta cómo eran las reuniones de la Bohemia de Trujillo pasada la media noche. Orrego relata:“Fue una noche de plena bohemia y de canción azul. Estábamos Valdelomar, Garrido, yo y dos o tres más. Cruzábanse gallardamente las paradojas, ágiles y gentiles. Fluían las ironías benignas, sonrientes y elegantes. Los espíritus hacían elásticas acrobacias, los cerebros piropeaban con las ideas y los labios formulaban donosos retruécanos y airosas bizarrías verbales. Llegó un momento en que dialogamos yo y él –Orrego se refiere a Eloy Espinoza– los demás eran nuestro auditorio. Estuve acre y extremado. Estuve violento y amargo. Estuve injusto y heridor. Exasperose él y retornó a mis demasías con gentiles y buidos donaires. Subió de tono la gresca moceril, asentuose la acritud de los decires. Chocaron nuestros enfados. Vibraron en el aire las sillas, esgrimidas con más coraje que rencor, y así pudimos descargar aquella súbita tempestad que atormentaba nuestros nervios exasperados. Poco después me abrazaba, lírico y generoso, y mientras se dolía de una cuita pueril y cordial, esforzábame yo en hacerle olvidar, enternecido como un niño, con no sé cuales reflexiones optimistas, alegres y circunstanciales”.
Creo que es interesante recalcar estos puntos acerca de Antenor Orrego, no solamente mostrando la hondura de su pensamiento, la gracia poética de su sensibilidad sino también su naturaleza de un hombre vital y emotivo; un dilecto camarada como todos los de su grupo poético, que también sabía tomarse sus tragos y agarrarse a silletazos con ellos para luego abrazarse como buenos hermanos al concluir una noche de bohemia.
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Carátula del libro: · Antenor Orrego, la unidad continental y los orígenes de la modernidad en el Perú" (Fondo Editorial del Congreso, Lima, 2009 |
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