Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"
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Cuadros vivos. Breves biografías peruanas por Luis Alberto Sánchez
Introducción y notas por Hugo Vallenas
Editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, octubre 2009
– exclusivo para el Taller de Estudios Sociales “Antenor Orrego” |
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Introducción: LAS y la biografía novelada
Hugo Vallenas
En las biografías escritas por Luis Alberto Sánchez se encuentran las páginas más valiosas y representativas de su amplio talento. Es a partir de Sánchez que la biografía adquiere estatura genuinamente literaria en nuestro medio. No por ello pierde su indesligable vínculo con la investigación histórica y bibliográfica. Adquiere en cambio proximidad con la novela, a tal punto que Sánchez es también el iniciador y principal cultor de la biografía novelada a escala latinoamericana.
En efecto, fue Don Manuel (Lima, 1930), su primera biografía novelada y la primera de América Latina, –siguiéndole en turno Martí, el apóstol (Madrid, 1932) de Jorge Mañach– entendiendo este género como la narrativa basada en datos biográficos, libre de ataduras académicas pero fiel a un propósito veraz y didáctico. Una variante narrativa que irrumpió con fuerza al despuntar el siglo XX en los países del hemisferio norte, sobre todo Inglaterra y Francia, apenas hubo rotativas capaces de producir libros en grandes tiradas para todos los públicos.
En el conjunto de sus biografías, noveladas o no, la calidad literaria que Sánchez exhibe no es el resultado del rebuscamiento, sino del deseo de llegar al público más amplio posible. Es una prosa directa, mundana, amena y de rico colorido. Como lo podrá comprobar el lector en la presente antología de todas las biografías de LAS menos una, Valdelomar o la belle époque (México DF, 1969), que se entrega completa en un volumen aparte.
Sánchez nació en Lima casi con el siglo, el 12 de octubre de 1900, y falleció en esta misma ciudad el 6 de febrero de 1994. Fue uno de los protagonistas de la reforma universitaria de 1919. Fundó ese mismo año, junto con otros notables estudiantes reformistas, como Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía, Ricardo Vegas García, Manuel Abastos, Víctor Raúl Haya de la Torre y Jorge Basadre, el célebre Conversatorio Universitario, que intentó reformular el estudio de nuestra época emancipadora, dos años antes de la conmemoración del primer centenario de nuestra independencia. Dicha actividad dio un apelativo genérico a toda una pléyade de jóvenes intelectuales deseosos de estudiar críticamente la realidad nacional: “la generación del Centenario”.
Antes de cumplir 30 años, Luis Alberto Sánchez ya era autor de una decena de celebrados libros, entre ellos los dos primeros tomos de La literatura peruana, primer estudio panorámico de la evolución de nuestras letras; había dado una nueva perspectiva al estudio de la literatura peruana en la cátedra universitaria y era un consagrado periodista de opinión, cuya firma acompañaba polémicos artículos en las páginas de Mundial y Amauta. A los 31 años ingresó a la política, a las filas del recién fundado Partido Aprista Peruano, cuyo ideario coincidía plenamente con lo que Sánchez había defendido en sus libros y donde se reencontró con entrañables compañeros suyos, como Haya de la Torre y Manuel Seoane. Nunca se apartó de este partido y fue uno de sus líderes más característicos.
La extensa y relevante actividad que Sánchez desarrollara como educador, investigador, periodista y político, impulsa a asociarlo estrechamente con la prosa erudita, profesoral o proselitista. Se olvida que el denso tratadista de La literatura peruana y la Historia comparada de las literaturas americanas, el didáctico expositor del Breve tratado de literatura general y la Historia general de América, el incisivo ensayista de El Perú: retrato de un país adolescente y La universidad no es una isla y el batallador oteador del acontecer cotidiano de la longeva columna periodística Cuaderno de Bitácora, fue también un literato sensible y además innovador. |
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Sánchez y la narrativa
El Boletín Escolar del colegio limeño de los SS CC de La Recoleta da fe de la precoz vocación literaria de Sánchez –publicó allí su primer cuento en 1909– así como su temprana afición por hilvanar la narrativa y la historia. Siendo estudiante de secundaria escribió para el Boletín recoletano una interesante colección de Siluetas biográficas, parcialmente recogidas por Ismael Pinto en su antología El joven Sánchez (Lima, 1990). En esas breves estampas Sánchez daba más importancia a lo novelesco de cada personaje que a listar datos biográficos. Así reseñaba la agonía de Simón Bolívar el joven escritor de 14 años: “Pasaron los años; Bolívar se extinguía en Cartagena. Rápidamente, en el trance supremo de la muerte, cruzaron ante sus ojos las pasadas glorias. […] El nombre de Ayacucho surgía en su recuerdo. […] Entonces comprendió Bolívar que por la gloria se había logrado la victoria y sus últimas palabras fueron: ¡Unión, unión!” (Boletín Escolar, Lima 15 de julio de 1914).
A los 20 años, el prometedor intelectual y cotizado periodista de opinión (escribía en diarios y revistas desde 1917, siendo todavía un adolescente), incursionó airosamente en forma “oficial” en la creación narrativa al lado de plumas importantes como José Gálvez y Luis Fernán Cisneros, formando parte de un grupo de literatos convocados por el periodista Ezequiel Balarezo Pinillos (“Gastón Róger”). El propósito era escribir por entregas individuales, “sin plan ni acuerdo previo sobre la trama a seguir” una “novela limeña” en las páginas de Hogar. Sánchez aportó el quinto de los trece capítulos publicados entre agosto y diciembre de 1920, dando a la obra un sesgo hiperrealista, donde la ficción se confunde con incidentes y personajes bien conocidos por los limeños de esos días. Conjugó ficción y crónica. Esta curiosa Novela limeña de Hogar se publicó en 1967, con Colofón de Alberto Tauro.
Los años siguientes vieron a Sánchez hurtar el tiempo al político y al tratadista con narraciones siempre ceñidas a vivencias, recuerdos de terceros o documentos de época. La colección de reseñas histórico-geográficas Sobre las huellas del Libertador (Lima, 1925) y la novela Pasajeros (escrita en 1930, inédita hasta 1983) son en verdad relatos memoriosos, asimilables a cualquiera de los volúmenes de sus frondosas memorias, su Testimonio personal. Las novelas El pecado de Olazábal (Lima, 1963), La juramentación de Darío Beltrán (1977), El coronel (Lima, 1989) y el ciclo llamado “Relato esperpento” –en alusión a la idea de literatura libre de Ramón del Valle Inclán– formado por Los señores (Lima, 1983), Los burgueses (Lima, 1983), Los redentores (Mosca Azul, Lima, 1984) y Los revoltosos (Lima, 1984), se basan asimismo en situaciones verídicas donde apenas han variado algunos nombres y lugares por elemental discreción.
Esa persistente devoción por la narración verista, enlazada con la crónica o con la historia, según se trate de hechos recientes o pasados, es un leit motiv en la narrativa de Sánchez. No se aficiona por la literatura de ficción pura. Aboga por la fidelidad al terruño, al entorno, a lo vivido. No es partícipe, como confiesa en el primer tomo de La literatura peruana, en 1928, de “copiar cuadritos suizos e italianos” o “interpretar misticismos fin du siecle” (estilos de fines del siglo XIX influenciados por Dostoievski, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche). Tampoco le agrada la literatura exenta de vivencia, “literatura de vallecitos costeños sin conocer siquiera la angustia del arenal” (pp. 82-83), así tenga pretensiones de denuncia social o política. Según Sánchez, “la literatura no se concreta a manifestaciones platónicas sino que tiene un profundo sentido humano que es preciso desentrañar” (pp. 13- 14). De ahí el gran aprecio que tenía por aquella literatura capaz de aunar, además de talento narrativo y audacia estilística, verismo vivencial y descarnada sinceridad. |
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El biógrafo colorista
Las biografías de Sánchez guardan entre sí un conjunto de rasgos distintivos. Además del verbo llano y sin rodeos y del empleo muy dosificado de las referencias documentales, el lector podrá comprobar que en todas ellas el personaje es retratado sin retoques, con todos sus méritos o deméritos terrenales.
Otro rasgo común es la gran importancia que Sánchez da a la descripción de la época y a la presencia de otros personajes; el biografiado es uno más entre iguales, sin desmesuras y sin omisión del escenario social. Destaca también el grafismo, la gracia descriptiva de situaciones y personajes, así como el sentido del pathos, de la emoción y la tensión dramática a lo largo de cada tramo biográfico.
Estas cualidades brotan con entera libertad en sus biografías noveladas, biografías que siguiendo el ejemplo de Emil Ludwig, André Maurois, Stefan Zweig y otros escritores notables de la Europa de comienzos del siglo XX, pretendían popularizar la historia, sin desmedro del rigor documental, sin superponerle ficciones gratuitas y sin dejar de crear novela en cuanto a la técnica narrativa.
Tal es el caso de Don Manuel; Garcilaso Inca de la Vega, primer criollo; Valdivia, el fundador; Una mujer sola contra el mundo. Flora Tristán, La Paria; La Perricholi; Valdelomar o la belle époque; Haya de la Torre o el político; y la obra póstuma A Bolívar. Sin embargo, aquellas biografías usualmente consideradas formales en los ficheros bibliográficos como El señor Segura, hombre de teatro; Aladino o vida y obra de José Santos Chocano; y El doctor Océano distan muy poco de las primeras en amenidad y llaneza.
Por ejemplo, El señor Segura, hombre de teatro (Lima, 1948), no obstante las inevitables digresiones sobre crítica literaria y las notas a pie de página, tiene todo el empaque de una novela, y se disfruta su lectura como si se tratase efectivamente de una ficción narrativa. Basta prestar atención a las primeras líneas del Cap. I, que evocan los instantes postreros de la batalla de Ayacucho: “Nube entre las nubes, flotaba sobre el azul la blanquecina estela del último cañonazo. Los férreos tubos, fatigados de un largo ladrar, alzaban al cielo, desde sus roídas y mugrientas cureñas, las humeantes y enmudecidas bocas. De las cimas del Condorcunca, canosas de tanto invierno, descendía interminable cortejo de guerreros mohinos y desarmados, muchos de ellos luciendo vendajes y cabestrillos a manera de luctuosos oriflamas”.
Todas las biografías de Sánchez, sin excepción, son fieles al precepto trazado por el inquieto escolar de las Siluetas de 1915: interesa más el hecho ejemplar, la anécdota traviesa y el buen decir, que el simple recuento de datos.
En Don Manuel (Lima, 1930), su primera biografía novelada, encontramos admirables ejemplos de concisión y a la vez precisión descriptiva. Bastan estas líneas iniciales del Cap. IX para invitarnos a rememorar la ocupación chilena de Lima de 1881: “Aquel 17 de enero […] enlutada y sombría, la capital aguardaba la dura suerte de la guerra”. Según Sánchez, es así como don Manuel González Prada redactó una de sus páginas más evocadas, su homenaje a Grau: “El lápiz de finísima punta perforaba el papel con la afilada letra inglesa. Se detenía poco, pues el pensamiento acudía rápido y robusto. No había eufemismos en esa prosa clara y alta: El Perú de 1879 –escribía entonces– no era Prado, La Puerta, ni Piérola: era Grau”.
Quizás el aspecto más característico de las biografías de Sánchez anida en las descripciones fisonómicas. Así evoca el semblante de don Pedro de Peralta y Barnuevo en el Cap. I de El doctor Océano (Lima, 1967): “Los ojos hundidos y fisgones, casi despectivos; nada voluntarioso el mentón; la mano con muchos relieves, de largos dedos; las piernas secas, poco airosas, bajo la ceremoniosa media negra; […] una sonrisa burlona iluminaba aquella estampa de Felipe II rojinasón y de postiza y empolvada pelucota”.
Así describe a los caudillos militares de la época en el Cap. X de Una mujer sola contra el mundo. Flora Tristán, La Paria (Santiago de Chile, 1942): “Orbegoso, gordo, fundillón, de manos chicas y blandas […]; Mariscal Lafuente, alto, flaco, de patillas renegridas a lo bandolero español […] y un general mozo […], patillas ariscas, mechón hirsuto, boca grande, nariz fina […], un Musset marcial y atlético […] un Vigny forzudo… ¡El general Felipe Santiago Salaverry!”.
Por momentos tales bocetos fisonómicos llegan a ser caricaturescos. Así ve Sánchez el entorno bohemio de Abraham Valdelomar en el Cap.XVI de Valdelomar o La belle époque (México DF, 1969): “Salvador Romero Sotomayor, un hombrecito pequeñín y flacucho, amarillo como un amancae […] soliloquiante como un sacristán desengañado; Fabio Camacho, el dulce Fabio, un zambo alto, carirredondo […] de voz aflautada y ademán uncioso […]; Alberto Hidalgo, […] insolente, procaz y huidizo, lo que ocultaba tras el despliegue de grandes ademanes viriles; […] Percy Gibson (…) mefistofélico en su apostura de grulla; dipsómano, socarrón y lírico; […] César A. Rodríguez, […] feo y solemne como un huaco batrácico”. |
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Cada libro una historia
Algunas de estas biografías han sido motivo de pequeñas querellas intelectuales. Luis Alberto Sánchez publicó Garcilaso Inca de la Vega, primer criollo en 1939, con motivo del IV Centenario del nacimiento del autor de los Comentarios Reales. La mención “primer criollo” no gustó a diversos teóricos latinoamericanos del indigenismo. El argumento esgrimido contra Sánchez era el siguiente: si se entiende por criollos a los “españoles americanos”, defensores de una cultura distinta a la indígena, es obvio que a Garcilaso, racialmente mestizo pero espiritualmente “Inca”, no le corresponde el concepto de “primer criollo”. Si la biografía en cuestión no ignora e incluso abunda en detalles sobre el origen y la personalidad de Garcilaso, ¿por qué ese título? Lo que Sánchez pretendía era situar a Garcilaso como el gestor y el primer expositor de una cultura de síntesis de la europea y la americana. Para Sánchez la obra de Garcilaso no es indigenista ni anticolonial, no obstante su reivindicación de la pasada grandeza Inca: es criolla. El concepto proviene de José Vasconcelos, cuya obra Indología (1926) mantuvo su influencia en esos años.
Otras biografías han sido el punto de partida de un largo ciclo bibliográfico. Don Manuel (1930), biografía novelada de Manuel González Prada, estuvo respaldada por la documentación y el enfoque crítico ya ofrecidos por Sánchez en su Elogio de don Manuel González Prada (1922). Ambos fueron escritos antes de tener acceso a importantes materiales inéditos y datos adicionales luego proporcionados por el hijo, Alfredo González Prada y la viuda, doña Adriana Verneuil. De ahí que Sánchez hiciera enmiendas sucesivas a las posteriores ediciones de Don Manuel y concluyera publicando diversos estudios monográficos, entre ellos Mito y realidad de González Prada (1976), hasta llegar a Nuestras vidas son los ríos… Historia y leyenda de los González Prada (1977), biografía que rectifica datos y también algunos juicios sobre el controversial personaje. Como lo hubiera deseado el autor, esta antología incluye extractos de Don Manuel y de Nuestras vidas son los ríos, alfa y omega de la saga gonzalezpradista de Sánchez. |
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Sobre la presente antología
El primer tomo de esta obra ofrece extractos de casi todo lo escrito por Sánchez en el género biográfico. La única excepción es, como ya se ha señalado, la vida de Valdelomar, que se ofrece en tomo aparte. La selección no pretende privar al lector del placer de disfrutar estas obras en su integridad. Han sido reunidos extractos que en cada caso posibilitan una lectura autónoma, que no anticipa el tema central ni el desenlace de la obra respectiva. Son fragmentos representativos que en su conjunto rinden homenaje a la obra de toda una vida. No se ha publicado antes una antología similar y algunos de los materiales aquí ofrecidos no han tenido edición peruana o no han sido reeditados en muchos años. |
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