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[La sesión inaugural de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano, realizada el 7 de diciembre de 1964 en la sede del Congreso Nacional, en Lima, fue iniciada formalmente con el discurso de orden de Ramiro Prialé, presidente de la Cámara de Senadores del Perú, quien junto con Víctor Freundt Rossell, presidente de la respectiva Cámara de Diputados, fueron elegidos por unanimidad presidentes de la magna asamblea. Luego tuvo el uso de la palabra un representante del Comité Organizador de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano. Este Comité Organizador tenía dos presidentes: Luis Alberto Sánchez representando a los senadores peruanos y Andrés Townsend Ezcurra representando a los diputados. Por mutuo acuerdo de ambos tuvo el uso de la palabra LAS. El discurso magistral, ofrecido por Sánchez en forma espontánea, fue motivo de prolongados aplausos. La siguiente es la versión taquigráfica publicada en una edición especial de la revista Presente, año VIII, Nº 100, Lima, marzo de 1965, pp.14-16.- Nota de Hugo Vallenas ]
Señor presidente de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano, señores presidentes de los poderes públicos, señor vicepresidente de la nación argentina, señores ministros, señores embajadores, señores expresidentes de las cámaras, señores observadores, señoras y señores:
Cuando después de varias décadas de trabajo constante y de esperanza a veces desarbolada, un sector del Parlamento peruano presentó en el mes de junio la moción por la cual se incitaba a constituir al más breve plazo posible un Parlamento Latinoamericano, hubo un parpadear de escepticismo, pero, al mismo tiempo, hay que confesarlo, un apoyo unánime de todos los sectores partidarios que conforman el Parlamento nacional.
De junio a agosto, en que salimos en comisión a exponer esta idea a los Parlamentos amigos y a invitar a sus componentes a concurrir a esta cita, fue creciendo la esperanza. En setiembre parecía ya un hecho y en diciembre, con velocidad vertiginosa, casi antihistórica, estamos reunidos poniendo los cimientos al Parlamento Latinoamericano. Desde luego era y es la culminación de un viejísimo anhelo, un anhelo que tiene largo, larguísimo abolengo.
No es del caso citar antecedentes históricos, pero quedan siempre inscritos en el aire de esta sala, y es aire que dura renovado siempre y siempre permanente, nombres que ilustran la historia americana. Quedan allí Vizcardo, Miranda, Egaña, el gran Bolívar, Belgrano, Valle, Morazán, todos cuantos se esforzaron por crear una patria americana, que comprendieron que después de los vaivenes de los primeros años de la Independencia era absolutamente necesario reeditar la hazaña de ésta, uniendo lo que se había dividido por las armas. Pero, sin remontarme a época tan lejana, quisiera repetir en dos o tres párrafos, algo que evoqué hace escasamente un mes en este mismo recinto, con ocasión de conmemorarse el primer centenario del Congreso Americano de Lima de 1864.
Recordé entonces algo que cada cual tiene el derecho de recordar, porque forma parte de su acervo íntimo e intransferible, con el cual uno vive y con el cual uno muere y si ha de durar, dura por ello. Recordaba una escena de hace treintitrés años cuando, pensando en esto mismo que hoy estamos organizando, turba de jóvenes recibíamos a un político con las banderas de todos los países latinoamericanos en alto y por ello fuimos llamados internacionalistas y recibimos cercenamientos y golpes. Eso no importa ya, sabemos que la herejía de entonces es el dogma de hoy. Así se hacen las religiones, así se hace la política, así se hace la mística y así se hacen las naciones.
Por ese entonces, épocas duras para la democracia en toda América circulaban acuñados por las peripecias del instante lemas amargos y hubimos de ceñirnos a ellos. Recuerdo uno que tiene íntima relación con lo que está ocurriendo hoy y aquí. Decíamos −porque eran los días terribles del big stick−: “Tenemos un solo y grande enemigo. Formemos una sola y grande unión”. El “grande enemigo” de 1924 era el imperialismo, la “gran unión” era la de América Latina.
Las cosas han variado un poco, tenemos siempre grandes y poderosos enemigos al frente, no ya uno, varios imperialismos; pero, a consecuencia de ello y de nuestra indecisión para tomar nuestro puesto en la lucha por sobrevivir y sobrepujarnos, olvidamos que, como consecuencia de esta pugna, el gran fantasma que se presentaba entre nosotros era el subdesarrollo. De suerte que hoy, ampliando un poco aquello, para hacer más viva y más dinámica la acción y la doctrina de este Parlamento, bien pudiéramos repetir, sin rectificarlo mucho, pero añadiéndole un ingrediente más: “Tenemos un solo y gran enemigo: el subdesarrollo”.
Formemos una sola y grande unión, no hay otro medio de vencer al imperialismo que uniéndonos, y no hay otra manera de evitar el subdesarrollo, que uniéndonos también, porque imperialismo y subdesarrollo vienen juntos y porque uniéndonos podemos desterrar ambos, es decir, hacer la gran patria americana que es la independencia de cada uno de nosotros.
Tenemos el gran ejemplo de la Independencia. ¿Qué fue la Independencia? La Independencia que muchos hoy vituperan, diciendo que si bien se alcanzó la emancipación política, ¿qué ganamos con ello, si continúa el vasallaje económico? Tenemos de la Independencia una gran lección. ¿Cómo se consiguió? Olvidando, todos y cada uno de nuestros pueblos, las diferencias que los separaban. Eran colonia, cierto, miembros de una sola patria, con excepción de las que no pertenecían a España; pero cada uno de nosotros tenía ya en lo más íntimo una marca nacional. Pues bien, nos olvidamos de eso. No pusimos reparo a que hombres de distinto origen, que podríamos llamar de otra patria, viniesen a cooperar en cada una de las obras redentoras. Hicimos la unión y nació la Independencia, y esta hora es la de una nueva independencia que se llama integración, para la cual no hay otro camino que unirnos. La única solución posible: unirnos, y el que no se una perecerá. Tenemos un solo y grande enemigo: el subdesarrollo. Formemos otra vez una sola y grande unión, para salvarnos de él.
Se ha dicho frente a este problema −y prefiero hablar lenguaje parlamentario, con cierta claridad política hasta donde dan mis medios expresivos para poder ser claro− “que la unión de América Latina es un juego dialéctico, que mientras haya imperialismo no habrá unión”, lo ha dicho un eminente político de un país americano. ¿Por qué no examinamos esta aseveración? Mientras haya imperialismo no habrá unión de América Latina ¿y por qué no la revertimos y decimos: mientras no haya unión de América Latina habrá imperialismo? Y éste es el círculo cerrado, ésta es la petición de principio, no llegar a la unión porque hay imperialismo; pero mientras no tengamos unión habrá imperialismo. No estoy haciendo un ataque político ni económico, estoy expresando realidades y nada más que realidades, y creo que todos estamos convencidos en este momento de que la doctrina de la integración no es un movimiento político, no es una política de oportunidad, sino que es realmente un credo y una doctrina nuevos.
He escuchado de labios de economistas, que están lejos de las utopías políticas, de los ideales docentes, palabras muy claras a este respecto, y uno de los capitanes del movimiento económico de este continente ha dicho que el subdesarrollo está íntimamente ligado a la falta de integración y que con el lenguaje económico y con las perspectivas financieras, la única forma de salvarse de este riesgo, de esta terrible coyuntura que padecemos, es unificarnos. ¿Por qué los políticos, que somos un poco más elásticos, flexibles y sutiles que los economistas, que tenemos otros recursos, que inclusive podemos hablar del ideal sin sentirnos ruborizados, por qué no vamos a decir lo mismo, que para salir del subdesarrollo tenemos que integrarnos definitivamente ahora y no después?
Pero, ¿cuál es el camino para esta integración? No voy a hacer la filosofía ni pretendo hacer la filosofía de algo que todos los aquí presentes conocen mucho mejor que yo, pero sí se puede decir que con respecto a este problema tenemos que encarar algo que no podemos eludir: los poderes ejecutivos han constituido organismos de integración, la OEA, el BID, el CIES, consecuencia de la primera; los obreros han constituido la ORIT; los economistas, la CEPAL; los universitarios la Unión de Universidades de América Latina, pero los parlamentarios, ¿qué hemos constituido?
Y pensemos con toda seriedad; en vano los economistas se reunirán para dar recetas. Si las recetas no son leyes, no podrán ponerse en práctica. En vano se reunirán los universitarios, a hablar sobre homologación de cultura; mientras no haya leyes que la homologuen no podrá llevarse a la práctica. Todo esto desemboca en una especie de cuello de botella que se llama la ley. ¿Y quién hace la ley? El Parlamento. Por consiguiente, si se detiene la marcha de la unificación parlamentaria, si la integración parlamentaria no empieza, todas las otras formas de integración que son correlativas encontrarán siempre un escollo insalvable, la falta de legislación adecuada, a efecto de que puedan convertirse en realidad los sueños, los cálculos, las aspiraciones, todo lo que constituye el inmenso reservorio de la esperanza de América Latina.
Por otro lado, si de una parte es el Parlamento el que da la ley, es también el Parlamento el que pone sobre los rieles los más osados vagones y locomotoras del progreso, que sin ley no es posible que caminen. Es indispensable examinar, sin modestia, pero también, sin altanería, ¿qué es el Parlamento?
Cada poder del Estado representa mucho, mucho de la voluntad nacional. El Poder Ejecutivo generalmente representa una tendencia, algunas tendencias, a veces ninguna tendencia. El Poder Judicial representa casi la nulidad de tendencias políticas para adscribirse solamente a una aspiración de justicia. Pero el Parlamento es el espejo mismo de todas las tendencias, escuelas y doctrinas de un país, en el Parlamento están representados todos los partidos, todos los matices. El Parlamento recibe de modo directo las emanaciones de la opinión pública y es ésta, por consiguiente, la que influye en la ley. Es el Parlamento el que tiene que legislar, es el Parlamento el que tiene que escuchar a los pueblos y es el vocero inmediato e intransferible de la voluntad popular; por consiguiente, recipiendario de la voluntad latinoamericana.
Tenemos que encarar los problemas de la legislación que conduzca a la integración y de ello nos darán gracias y nos ayudarán enormemente los técnicos en todas las especialidades, económicas, financieras, culturales, obreras, sindicales, pero todos pasarán por el tamiz de la ley y aquí estamos para servirlos, reunidos en esta Asamblea Constitutiva que, sin duda alguna, será un despertar maravilloso para la conciencia de América Latina.
Se dice constantemente, y hay razón de ello, que estamos viviendo en una época de Revolución, y es cierto. La Revolución al fin y al cabo no es otra cosa que la evolución acelerada, pero una Revolución o una evolución acelerada tiene que pugnar por encima de todo contra el subdesarrollo y en medios distintos. Ha dicho el presidente de esta asamblea refiriéndose a las soberanías individuales, a las soberanías estaduales, y lo ha repetido el presidente de la República, refiriéndose al solemne compromiso que ha contraído, por propia voluntad, para poner el cúmplase a las resoluciones unitarias de esta asamblea, han dicho todos ellos muy bien que estas individualidades soberanas tiene que ceder el paso a una individualidad soberana continental, que no hay otra manera de hacer para vencer el subdesarrollo y realizar la Revolución. Si somos revolucionarios tenemos que ser integracionistas. Esto es ineluctable, es inevitable.
Cada cual busca en su almario cómo entiende la Revolución, pero todos sabemos que tenemos que cambiar lo que existe, que tenemos que cambiarlo lo más aceleradamente posible, que la hora de la historia es fugaz y exigente, que no se la puede hacer esperar en el dintel, que no es mendiga que espera, que es al contrario un acreedor terrible, avariento, que cobra con réditos tremendos las esperas que se le hacen a las puertas de la esperanza. Entonces, por todo esto, tenemos que abocarnos a esta tarea de integración.
Pero permítaseme una pequeña, pequeñísima digresión. ¿Podemos integrarnos continentalmente si no estamos integrados nacional y regionalmente? Cada uno de nuestros Parlamentos, cada uno de nuestros pueblos está dividido en multitud de facetas y matices. Bien está esa división porque indica pluralidad de opiniones y amplia libertad para ejercitarla; pero, ante todo, tenemos que encontrar un común denominador continental, o sea que esta asamblea −y es una idea personal a la que daré forma en una ponencia que mañana conocerán las comisiones− tiene que hacer un voto de “castidad ideológica”, diríamos, de neutralidad momentánea, a efecto de concretarse a aquellos puntos de coincidencia que pueden servir para crear de inmediato lo que aspiramos todos y no perder el tiempo, aunque no sea perderlo, pero de momento, sí, no gastarlo en discrepancias que dan lucimiento personal a los oradores, que hacen resaltar los matices que acaso pueden crear proselitismo, pero que no crean proselitismo en esto que es el fin fundamental de nuestra reunión, o sea, la integración latinoamericana: constituir un solo frente para vencer el desarrollo y oponernos a todos los enemigos que pretenden cerrar el paso al progreso de América Latina.
Esto no es un sueño, parecía un sueño hace mucho tiempo. Ya no lo es.
Ha citado el presidente de la República el ejemplo de los Estados Unidos. Quiero recoger ese ejemplo y prolongarlo. Los Estados Unidos, mejor dicho las Trece Colonias, habían nacido en la América del Norte de raíces inglesas y holandesas tratando de preservar muchas de ellas el caudal espiritual propio de cada grupo humano: los puritanos, los cuáqueros, los católicos, las diferentes sectas habían querido librar su credo de las persecuciones que existían en Europa. Cada una de estas colonias fue un foco de irradiación, sectario si se quiere, con su propia constitución, con su propio gobierno, con su propia religión, pero casi todas con el mismo idioma. A la hora de la independencia, ¿qué es lo que hicieron? Juntarse. Se juntaron y vencieron a la poderosa Inglaterra de ese tiempo, se juntaron y vencieron a la poderosa Unión de Francia, se juntaron y desafiaron a Europa, y lograron crear una nación que hoy es una de las más poderosas del mundo, juntándose efectivamente con el pacto federal. Esto parecía hasta cierto punto fácil.
Y Europa, ¿qué ha sido Europa durante mil años? Ha sido un mosaico de pueblos en donde se mezclaban eslavos, germanos, latinos, anglos, sajones, escandinavos, godos, mongoles, hombres de todas partes; cada cual trajo su religión, cada cual trajo su idioma. Un continente dividido entre católicos, protestantes, inclusive musulmanes, ortodoxos, practicantes de diversas fuentes, de diversas religiones, con idiomas distintos hasta en sus propias naciones como en Bélgica u Holanda. Sin embargo, este mosaico de dialectos, este mosaico de lenguajes, este mosaico de religiones, este mosaico además dividido por guerras fratricidas de mil años, por guerras en las cuales se destruían los pueblos implacablemente y las naciones emigraban en éxodos amargos, este continente así, ha logrado ya unificarse. Ha creado un Parlamento Europeo y está creando una entidad comercial económica europea. Por encima de las discrepancias, comprende que en esta hora de paquidermos el que resuelve seguir siendo insecto está perdido y, por consiguiente, ha encontrado el común denominador de su unificación, de su integración.
¿Por qué nosotros, países que no descendemos sino de abolengos muy restrictos, de nuestro gran trasfondo indígena y nuestras afluencias hispana, lusitana y alguna francesa, por qué nosotros que en la inmensa mayoría profesamos una sola religión y tenemos diferencias de idiomas tan pequeñas que entre brasileños e hispanoamericanos nos entendemos casi a maravilla −con perdón de los señores delegados del Brasil−, por qué nosotros no vamos a lograr una integración más rápidamente? ¿Qué nos divide tan irrestañablemente?
¿Por qué estamos tardando lo que no tarda África? África ha nacido a la independencia hace apenas diez años, veinte a lo sumo, ha creado en los últimos cinco años alrededor de doce naciones, y todas estas naciones recién creadas que podían tener la vanidad de los países pueriles, sin embargo, con una adultez precoz, se han juntado para unificar sus esfuerzos, para presentar la fisonomía de una gran África que hoy ya es una pieza en el ajedrez mundial. ¿Por qué nosotros no lo vamos a hacer? ¿Por qué en la hora en que los Estados Unidos, la Unión Soviética, la China comunista, la India, por qué en esta hora en que incluso la Europa reunida constituye pueblos continente, la América Latina va a seguir profesando el culto del subdesarrollo y de la desintegración?
Yo creo, señor presidente, señores delegados, que este llamado que viene de la historia y del cual soy simplemente un rápsoda fugaz, es el llamado imperativo que nos ha reunido, y que desde mañana tenemos que empezar a buscar las consonancias, no las disonancias, tenemos que ver los puntos prácticos para iniciar nuestra labor, tenemos que constituir ante todo, porque ésa es nuestra misión fundamental, el Parlamento y la sede permanente del Parlamento Latinoamericano.
Si no lo hacemos no habremos cumplido con nuestra misión. No habremos cumplido con nuestros pueblos en su individualidad soberana y parcelada, no habremos cumplido con nuestra aspiración, no habremos cumplido con la Revolución que todos llevamos en el corazón, pero no siempre muy clara en la cabeza; no habremos cumplido con un mandato de la historia y con un mandato del futuro, que al fin y al cabo también, como guía inexorable, como un imán al que no se puede eludir, nos atrae pese a nuestros esfuerzos, hacia un mundo que no sospechamos, pero al cual iremos todos a pie, un día que no sabemos, con el continente a cuestas para su salvación y su gloria.
Muchas gracias. [Aplausos prolongados] |
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