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La muerte de Huáscar
en Andamarca
Parte 1
El
inca Huáscar llevado prisionero a Andamarca
Escenario:
En un Camino Inca, muy cerca de Andamarca, un grupo de
soldados incas conduce con brusquedad a unos prisioneros
pobremente vestidos, atados de pies y manos. Los
prisioneros son un hombre alto, una mujer de su edad,
una mujer mayor, un mozo y un anciano.
Una
pieza musical sin cantantes ni danzantes acompaña este
primer momento de la escena. Concluye la música.
El
jefe de los custodios, el general inca Challcochima,
hombre de confianza de Atahualpa, se dirige a uno de los
cautivos, el inca Huáscar.
Challcochima: ¡Vamos,
vamos! ¡A caminar! ¡Ya falta poco para llegar a
Andamarca! ¿Dónde está esa gran fuerza que decías te
daba el padre Sol, cápac Huáscar? (Riendo) Te veo
cansado y sudoroso como cualquier hombre del pueblo.
El
inca Huáscar trata de ayudar a su colla Chucuy Huaypa,
a su madre Aragua Ocllo, a su joven hijo y al anciano
willac umu del Korikancha, Challco Yupanqui, quienes
apenas pueden sostenerse en pie.
Huáscar:
Permite a mi familia descansar y beber un poco de agua,
general Challcochima. ¡No tienes ningún derecho a
tratarlos de esta manera! ¡Tu prisionero soy yo, no mi
familia!
El willac umu Challco Yupanqui:
El padre Sol siempre nos enseñó a ser generoso con los
débiles y los vencidos, general Challcochima. Así no
se comporta un verdadero general inca.
Challcochima:
Sólo cumplo las órdenes que me ha dado mi gran señor
el cápac inca Atahualpa. Y si esas órdenes incluyen
azotarlos igual las cumpliré. ¡Basta de quejas! ¡A
caminar!
Otro
jefe inca, el general Quisquis, se acerca a
Challcochima.
Quisquis:
General Challcochima, detente un momento y permite que
el dios Sol haga llorar de sed y queme las cabezas de
estos señores cuzqueños. Debo averiguar por qué no
regresa mi emisario acompañado del curaca de los
rucanas de Andamarca.
Chalcochima
ordena detenerse al grupo de soldados y prisioneros.
Challcochima:
Que así sea, general Quisquis. Nunca he confiado en
esos rucanas. Son gente rebelde. Siempre quieren
defender su opinión y negociar las órdenes que se les
impone. Hasta ahora no entienden que a un emperador inca
se le obedece sin pensar, tenga la razón o no.
Actuaremos con mano dura si no quieren colaborar en la
custodia de estos presos.
Quisquis:
Yo también opino como tú. Pero esta vez necesitamos
negociar. Nuestra situación es difícil. Nuestras
tropas están débiles y dispersas. Por lo menos, aquí
todavía no saben que nuestro señor Atahualpa está
prisionero en Cajamarca. Si lo supieran quizás se alzarían
contra nosotros para liberarlo…
Un soldado inca:
Cápac Quisquis, se aproxima nuestro emisario. Un grupo
de hombres muy extraños está con él.
El
emisario inca se acerca a los generales. Le siguen un
oficial español a caballo, un soldado español a pie,
un esclavo negro que lleva su carga y un hombre del
pueblo que hace de traductor. El oficial se baja del
caballo.
El
emisario se acerca a los dos generales incas y les habla
con ademán de no ser escuchado por otros.
El emisario:
Señores generales, el curaca de Andamarca dio su
consentimiento para que tengamos a los prisioneros allí.
Se ha quedado en el pueblo haciendo los preparativos.
Cuando llegué estos forasteros de extraño aspecto ya
estaban allí hablando con alguna gente de ese lugar.
Tengan cuidado. No sé qué tanto han hablado con los
andamarquinos. Tampoco confíen en ese traductor. No es
cajamarquino ni quiteño, es de los tallanes de Piura.
Los
generales indican con un gesto que están de acuerdo.
Unos guardias incas se quedan cerca de los prisioneros y
otros rodean a los extranjeros con curiosidad. Los españoles
tienen espadas y puñales listos. El negro, armado con
una lanza, no permite que se acerquen los guardias
incas.
El
oficial español hace un gesto con la cabeza para que el
intérprete hable.
El intérprete:
Señor general, este jefe español quiere saludarte y
hacerte algunas preguntas. Venimos de Cajamarca con
dirección al Cuzco. Tenemos la orden de recoger tesoros
para…
Quisquis:
¡Basta, basta! ¡Sé muy bien para qué están aquí!
Dile a este señor extranjero que queremos seguir
nuestro camino.
El oficial español:
(En castellano) Dile a ese indio que mi nombre es Pedro
de Moguer, enviado especial del capitán general
Francisco Pizarro. Quiero saber si hay tesoros en
Andamarca y quiero saber quiénes son esos prisioneros.
El
intérprete cambia lo que quiere decir el español,
sobre todo por no hablar bien ni el castellano ni el
quechua.
El intérprete:
(En quechua) Señor general, este es el capitán general
Pedro de Moguer, amigo especial de Francisco Pizarro.
Quiere que estos prisioneros saquen tesoros de Andamarca
y se vengan con nosotros.
Quisquis
hace un gesto de no entender el quechua del intérprete.
Y se dirige a él sin dejar de sonreír a los españoles.
Quisquis:
(Sonriendo) ¿Qué cosa hablas runa tonto? ¿Cuál es el
idioma de tu tierra?
El intérprete:
Hablamos sec,
señor.
Quisquis
hace que uno de sus soldados se aproxime. Sigue
sonriendo hacia los españoles y finge hablar
amistosamente con el intérprete.
Quisquis:
(Con una gran sonrisa) Escúchame bien, intérprete. Y
sonríe mientras hablo, así como lo hago yo. Vamos a
fingir que no entendemos nada de lo que dices. Pero este
soldado entiende mucho del idioma de estos
“hatun-suas” y “sungasapas”…
El intérprete:
(Asustado) No diga eso, general, es posible que nos
entiendan…
Quisquis: (Sigue
sonriendo). Mejor todavía. Te lo advierto. Si nos
traicionas te sacaré los ojos y te los haré comer
mientras te quito la piel para hacer tambores. Ahora
dime, ¿los hatun-suas saben quiénes son estos
prisioneros?
El intérprete:
Sí señor. Ya se sabe en Cajamarca y esperaban
encontrarse con ellos por aquí.
Quisquis:
Bien. Tú me ayudarás a hacerles creer que estos no son
quienes tú sabes (con sonrisa exagerada). ¿De acuerdo?
El
español se muestra desconfiado ante esta larga
conversación en quechua, sobre todo cuando el intérprete
la reduce a una breve frase.
El intérprete:
(En castellano) Eh… uh… el general inca le da su
saludo.
El
oficial español mira con desprecio al intérprete y lo
empuja con fuerza hacia un lado del camino. De la
alforja del caballo saca una vasija dorada y se la enseña
a Quisquis.
El oficial:
(En castellano) Oye, indio estúpido… En Andamarca…
¿hay esto?
Quisquis:
(En quechua y sonriendo) Maldito hatun-sua
sopaypa-huahua... No. No hay nada de eso. ¿No es
verdad? (Mirando al intérprete)
El intérprete:
(En castellano y sonriendo) Nada, nada, no hay nada…
El
oficial español señala a los prisioneros.
El oficial:
(En castellano) Esos indios sucios… ¿el inca Huáscar?
Quisquis:
(En quechua, siempre sonriendo) No, no es Huáscar. Son
ladrones, gente pobre de Andamarca…
El intérprete:
(En castellano, muy sonriente) No, no Huáscar. Pueblo,
gente del pueblo… Ladrones…
El
willac umu entiende el juego entre Quisquis y el intérprete
y los interrumpe.
Challco Yupanqui: (En
quechua) ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Este es el inca Huáscar!
¡Y tiene muchos tesoros para darles si ayudan a
liberarlo! ¡Inca Huáscar! ¡Inca Huáscar!
Un
soldado golpea al viejo willac umu y lo hace callar.
Los
españoles se miran, dudando qué actitud tomar.
El oficial:
(En castellano) Vamos. Se hacen los tontos. Apresurémonos
en llegar al Cuzco. No es nuestro problema. Ya
informaremos sobre esto en Cajamarca a nuestro regreso.
El
oficial español monta su caballo. El grupo de
extranjeros y su intérprete se alejan y antes de
perderse de vista el oficial español dice una frase de
despedida en quechua.
El oficial:
Rimaykullayki… Anchatam kusikuni reqsiykuspay…
Los
generales incas y sus soldados se muestran sorprendidos.
A lo lejos, el intérprete les hace señas indicando que
él no sabía que el oficial español hablaba algo de
quechua.
Quisquis:
Ellos también se hacen los tontos… Estamos a salvo.
Los
prisioneros ayudan al willac umu a recuperarse del
fuerte golpe. El inca Huáscar se muestra sorprendido
del incidente.
Huáscar:
¡Qué gente tan extraña! Quisquis parece conocerlos
bien.
Challco Yupanqui:
¿Serán viracochas, enviados de los dioses? ¿O serán
aquellos hombres del mar que en las tierras de la costa
norte robaban y mataban dejando extrañas enfermedades?
El
grupo reanuda la marcha. Frente al valle del río
Negromayo los prisioneros contemplan el paisaje con
admiración.
La coya de Huáscar, Chucuy Huaypa:
¡Miren qué hermoso valle! ¡Qué bellos los andenes!
Un joven, hijo de Huáscar:
¡Padre! ¡Es un lugar muy hermoso! ¡Ojalá podamos
quedarnos a vivir aquí!
La madre de Huáscar, Aragua
Ocllo: ¡Deben
ser gente muy trabajadora!
Challco Yupanqui:
Es la tierra de los rucanas. ¡Gente laboriosa y
valiente!
Huáscar:
¡Es verdad! Han hecho fértil esta tierra y han
trabajado en estos andenes desde tiempos muy antiguos.
El
general Challcochima se acerca a los prisioneros.
Challcochima:
Bonito lugar, ¿eh? Señores cuzqueños, disfruten del
paisaje y del aire fresco. Puede que sea lo último que
puedan ver y gozar.
La coya de Huáscar, Chucuy Huaypa:
(Mirando al cielo) ¡Oh, padre Sol! ¿Qué será de
nosotros?
Mientras
el grupo ingresa al pueblo de Andamarca, el pueblo
muestra música y danzas relacionadas con el trabajo de
la tierra.
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