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2. Luis Alberto Sánchez,
narrador original
Sánchez nació en Lima casi
con el siglo, el 12 de octubre de 1900, y falleció en esta misma ciudad
el 6 de febrero de 1994. La extensa y relevante actividad que desarrollara
como educador, investigador, periodista y político impulsa a asociarlo
estrechamente con la prosa erudita, profesoral o proselitista. Se olvida
que el denso tratadista de La
literatura peruana y la Historia
comparada de las literaturas americanas, fue también un literato
sensible y además innovador.
Aproximándonos al Centenario
del gran escritor y maestro, es importante rendir homenaje al género que
recoge las páginas más valiosas y representativas de su amplio talento:
la biografía novelada. Es a
partir de Sánchez que la biografía novelada no sólo se inicia sino
adquiere estatura genuinamente literaria en nuestro medio. Sin perder su
indesligable vínculo con la investigación histórica y bibliográfica,
se enlaza en forma y contenido con la narrativa de ficción. En todas
ellas, la calidad literaria que exhibe Sánchez no es el resultado del
rebuscamiento sino del deseo de llegar al público más amplio posible. Es
una prosa directa, mundana, amena y de rico colorido. Como lo podrá
comprobar el lector en la selección de «Valdivia, el fundador» que aquí
acompañamos.
Sánchez
y la narrativa
El Boletín
Escolar del colegio limeño de los SS CC de La Recoleta da fe de la
precoz vocación literaria de Sánchez –publica allí su primer cuento
en 1909– así como su temprana afición por hilvanar la narrativa y la
historia. Escribió en 1915 para el Boletín
recoletano una interesante colección de Siluetas
biográficas parcialmente recogidas por Ismael Pinto en su antología El
joven Sánchez (1990). En esas breves estampas Sánchez da más
importancia a lo novelesco de cada personaje que a listar datos biográficos.
A los 20 años, siendo ya un
prometedor intelectual y un cotizado periodista de opinión, Sánchez
incursiona airosamente en forma “oficial” en la creación narrativa al
lado de plumas importantes como José Gálvez, Luis Fernán Cisneros,
Ricardo Vegas García y otros, formando parte de un grupo de literatos
convocados por el periodista Ezequiel Balarezo Pinillos (“Gastón Róger”).
El propósito era escribir por entregas individuales, “sin plan ni
acuerdo previo sobre la trama a seguir” una “novela limeña” en las
páginas de Hogar. Sánchez
aporta el quinto de los trece capítulos publicados entre agosto y
diciembre de 1920, dando a la obra un sesgo hiperrealista, donde la ficción
se confunde con incidentes y personajes bien conocidos por los limeños de
esos días. Hilvana ficción y crónica. Esta curiosa Novela
limeña de Hogar se publicó
en 1967, con Colofón de Alberto Tauro .
Los años siguientes vieron a
Sánchez hurtarle tiempo al político y al tratadista con narraciones
siempre ceñidas a vivencias, recuerdos de terceros o documentos de época.
Sobre las huellas del Libertador (Rosay, Lima, 1925) y Pasajeros
(escrita en 1930, inédita hasta 1983) son relatos memoriosos, asimilables
a cualquiera de los volúmenes de sus frondosas memorias, su Testimonio
personal. El pecado de Olazábal
(Populibros, Lima, 1963), La
juramentación de Darío Beltrán (1977), El
coronel (Mosca Azul, Lima, 1989) y el ciclo llamado “Relato
esperpento” –en alusión a la idea de literatura libre de Ramón del
Valle Inclán- formado por Los señores
(Mosca Azul, Lima, 1983), Los
burgueses (Mosca Azul, Lima, 1983), Los
redentores (Mosca Azul, Lima, 1984) y Los
revoltosos (Mosca Azul, Lima, 1984), se basa asimismo en situaciones
verídicas donde apenas han variado algunos nombres y lugares por
elemental discreción.
Esa persistente devoción por
la narración verista, enlazada con la crónica o con la historia, según
se trate de hechos recientes o pasados, es un leit
motiv en la narrativa de Sánchez. No le convence y tampoco se
aficiona por la literatura de ficción pura. Aboga por la fidelidad al
terruño, al entorno, a lo vivido. No es partícipe, como confiesa en el
primer tomo de La literatura peruana,
en 1928, de “copiar cuadritos suizos e italianos” o “interpretar
misticismos fin du siecle” y
tampoco le agrada la literatura exenta de vivencia, “literatura de
vallecitos costeños sin conocer siquiera la angustia del arenal” (pp.
82-83), así tenga pretensiones de denuncia social o política. Según Sánchez,
“la literatura no se concreta a manifestaciones platónicas sino que
tiene un profundo sentido humano que es preciso desentrañar” (pp. 13-
14). Igual opina de los críticos. En los primeros pasajes de su libro de
ensayos Vida y pasión de la cultura
en América (1935) reprocha a Marcelino Menéndez y Pelayo haber
escrito una Historia de la
Literatura Hispanoamericana, desde Madrid, “sin haber aspirado el
perfume de nuestras selvas… sin haber mecido la vista al compás
ofidiano de una mulata, ni haberse encrespado al áspero y calino olor de
una negra antillana”. De ahí el gran aprecio que Sánchez tenía por
aquella literatura capaz de aunar, además de talento narrativo y audacia
estilística, verismo vivencial y descarnada sinceridad.
El biógrafo colorista
Las biografías de Sánchez
guardan entre sí un conjunto de rasgos distintivos. Además del verbo
llano y sin rodeos y del dosificado empleo de las referencias
documentales, el lector podrá comprobar que en todas ellas el personaje
es retratado sin retoques, con todos sus méritos o deméritos terrenales.
Otro rasgo común es la gran importancia que Sánchez da a la descripción
de la época y a la presencia de otros personajes; el biografiado es uno más
entre iguales, sin sobremesuras y sin omisión del escenario social.
Destaca también el grafismo, la
gracia descriptiva de situaciones y personajes, así como el sentido del pathos,
de la emoción y la tensión dramática a lo largo de cada tramo biográfico.
Estas cualidades ebullen con
entera libertad en sus biografías
noveladas, biografías que siguiendo el ejemplo de Emil Ludwig, André
Maurois, Stefan Zweig y otros escritores notables de la Europa de
comienzos de siglo, pretendían popularizar la Historia, sin desmedro del
rigor documental, sin superponerle ficciones gratuitas y sin dejar de
crear novela en cuanto a la técnica narrativa. Tal es el caso de Don
Manuel; Garcilaso Inca de la vega, primer criollo; Valdivia, el fundador;
Una mujer sola contra el mundo. Flora Tristán, La Paria; La Perricholi y
la obra póstuma A Bolívar. Sin
embargo, aquellas biografías usualmente consideradas formales en los
ficheros bibliográficos como El señor
Segura, hombre de teatro; Aladino o vida y obra de José Santos Chocano;
Valdelomar o la belle époque y El
doctor Océano distan muy poco de las primeras en amenidad y llaneza.
Por ejemplo, El señor Segura, hombre de teatro (Lima, 1948), no obstante las
inevitables digresiones sobre crítica literaria y las notas a pie de página,
tiene todo el empaque de una narración, y se disfruta su lectura como si
se tratase efectivamente de una novela. Basta prestar atención a las
primeras líneas del Cap. I, que evocan los instantes postreros de la
batalla de Ayacucho: “Nube entre las nubes, flotaba sobre el azul la
blanquecina estela del último cañonazo. Los férreos tubos, fatigados de
un largo ladrar, alzaban al cielo, desde sus roídas y mugrientas cureñas,
las humeantes y enmudecidas bocas. De las cimas del Condorcunca, canosas
de tanto invierno, descendía interminable cortejo de guerreros mohinos y
desarmados, muchos de ellos luciendo vendajes y cabestrillos a manera de
luctuosos oriflamas”.
En Don
Manuel (Lima, 1930), su primera biografía novelada –y la primera de
América Latina, siguiéndole en turno Martí,
el apóstol (Madrid, 1932) de Jorge Mañach-- encontramos admirables
ejemplos de concisión y a la vez precisión descriptiva. Bastan estas líneas
iniciales del Cap. IX para invitarnos a rememorar la ocupación chilena de
Lima de 1881: “Aquel 17 de enero… enlutada y sombría, la capital
aguardaba la dura suerte de la guerra”.
Quizás el aspecto más
característico de las biografías de Sánchez anida en las descripciones
fisonómicas. Así evoca el semblante de don Pedro de Peralta y Barnuevo
en el Cap. I de El doctor Océano
(Lima, 1967): “Los ojos hundidos y fisgones, casi despectivos; nada
voluntarioso el mentón; la mano con muchos relieves, de largos dedos; las
piernas secas, poco airosas, bajo la ceremoniosa media negra; (…)
una sonrisa burlona iluminaba aquella estampa de Felipe II rojinasón
y de postiza y empolvada pelucota”.
Por momentos tales bocetos
fisonómicos llegan a ser caricaturescos. Así ve Sánchez el entorno
bohemio de Abraham Valdelomar en el Cap.XVI de Valdelomar
o La belle époque (México DF, 1969): “Salvador Romero Sotomayor,
un hombrecito pequeñín y flacucho, amarillo como un amancae (…)
soliloquiante como un sacristán desengañado; Fabio Camacho, el
dulce Fabio, un zambo alto, carirredondo (…) de voz aflautada y ademán
uncioso (…); Alberto Hidalgo, (…) insolente, procaz y huidizo, lo que
ocultaba tras el despliegue de grandes ademanes viriles; (…) Percy
Gibson (…) mefistofélico en su apostura de grulla; dipsómano, socarrón
y lírico; (…) César A. Rodríguez, (…) feo y solemne como un huaco
batrácico”.
Cada
libro una historia
Algunas de estas biografías
han sido motivo de pequeñas querellas intelectuales. Luis Alberto Sánchez publicó Garcilaso
Inca de la Vega, primer criollo
en 1939, con motivo del IV Centenario del nacimiento del autor de los Comentarios
Reales. La mención “primer criollo” no gustó a diversos teóricos
latinoamericanos del indigenismo. El argumento era el siguiente: si se
entiende por criollos a los “españoles americanos”, defensores de una
cultura distinta a la indígena, es obvio que a Garcilaso, racialmente
mestizo y espiritualmente “Inca”, no le corresponde el concepto de
“primer criollo”. Si la biografía en cuestión no ignora e incluso
abunda en detalles sobre el origen y la personalidad de Garcilaso, ¿por
qué ese título? Lo que Sánchez pretendía era situar a Garcilaso como
el gestor y el primer expositor de una cultura de síntesis
de la europeo y lo americano. Para Sánchez la obra de Garcilaso no es
indigenista ni anticolonial, no obstante su reivindicación de la pasada
grandeza Inca: es criolla. El
concepto proviene de José Vasconcelos, cuya obra Indología (1926) mantuvo su influencia en esos años.
Lejos de pretender agotar el
tema, esta nota preliminar sólo desea referir algunos motivos importantes
relacionados con la obra narrrativa de Luis Alberto Sánchez. Es a la vez
una invitación a leer sus libros, todos ellos apasionantes y
representativos de una visión esperanzada de lo que el maestro llamó
"un país adolescente".
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