Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
   
 

 
 

Notas Marginales. Número 1,  Nº 1 Lima, diciembre de 1999

 
  Centenario de LAS 1900 –12 de octubre– 2000  
 

 

Tema central

Dossier Sánchez: Aporte al Centenario  
Por Hugo Vallenas  

 
 

 

2. Luis Alberto Sánchez, narrador original  

Sánchez nació en Lima casi con el siglo, el 12 de octubre de 1900, y falleció en esta misma ciudad el 6 de febrero de 1994. La extensa y relevante actividad que desarrollara como educador, investigador, periodista y político impulsa a asociarlo estrechamente con la prosa erudita, profesoral o proselitista. Se olvida que el denso tratadista de La literatura peruana y la Historia comparada de las literaturas americanas, fue también un literato sensible y además innovador. 

Aproximándonos al Centenario del gran escritor y maestro, es importante rendir homenaje al género que recoge las páginas más valiosas y representativas de su amplio talento: la biografía novelada. Es a partir de Sánchez que la biografía novelada no sólo se inicia sino adquiere estatura genuinamente literaria en nuestro medio. Sin perder su indesligable vínculo con la investigación histórica y bibliográfica, se enlaza en forma y contenido con la narrativa de ficción. En todas ellas, la calidad literaria que exhibe Sánchez no es el resultado del rebuscamiento sino del deseo de llegar al público más amplio posible. Es una prosa directa, mundana, amena y de rico colorido. Como lo podrá comprobar el lector en la selección de «Valdivia, el fundador» que aquí acompañamos.  

Sánchez y la narrativa  

El Boletín Escolar del colegio limeño de los SS CC de La Recoleta da fe de la precoz vocación literaria de Sánchez –publica allí su primer cuento en 1909– así como su temprana afición por hilvanar la narrativa y la historia. Escribió en 1915 para el Boletín recoletano una interesante colección de Siluetas biográficas parcialmente recogidas por Ismael Pinto en su antología El joven Sánchez (1990). En esas breves estampas Sánchez da más importancia a lo novelesco de cada personaje que a listar datos biográficos.  

A los 20 años, siendo ya un prometedor intelectual y un cotizado periodista de opinión, Sánchez incursiona airosamente en forma “oficial” en la creación narrativa al lado de plumas importantes como José Gálvez, Luis Fernán Cisneros, Ricardo Vegas García y otros, formando parte de un grupo de literatos convocados por el periodista Ezequiel Balarezo Pinillos (“Gastón Róger”). El propósito era escribir por entregas individuales, “sin plan ni acuerdo previo sobre la trama a seguir” una “novela limeña” en las páginas de Hogar. Sánchez aporta el quinto de los trece capítulos publicados entre agosto y diciembre de 1920, dando a la obra un sesgo hiperrealista, donde la ficción se confunde con incidentes y personajes bien conocidos por los limeños de esos días. Hilvana ficción y crónica. Esta curiosa Novela limeña de Hogar se publicó en 1967, con Colofón de Alberto Tauro .  

Los años siguientes vieron a Sánchez hurtarle tiempo al político y al tratadista con narraciones siempre ceñidas a vivencias, recuerdos de terceros o documentos de época. Sobre las huellas del Libertador (Rosay, Lima, 1925) y Pasajeros (escrita en 1930, inédita hasta 1983) son relatos memoriosos, asimilables a cualquiera de los volúmenes de sus frondosas memorias, su Testimonio personal. El pecado de Olazábal (Populibros, Lima, 1963), La juramentación de Darío Beltrán (1977), El coronel (Mosca Azul, Lima, 1989) y el ciclo llamado “Relato esperpento” –en alusión a la idea de literatura libre de Ramón del Valle Inclán- formado por Los señores (Mosca Azul, Lima, 1983), Los burgueses (Mosca Azul, Lima, 1983), Los redentores (Mosca Azul, Lima, 1984) y Los revoltosos (Mosca Azul, Lima, 1984), se basa asimismo en situaciones verídicas donde apenas han variado algunos nombres y lugares por elemental discreción.  

Esa persistente devoción por la narración verista, enlazada con la crónica o con la historia, según se trate de hechos recientes o pasados, es un leit motiv en la narrativa de Sánchez. No le convence y tampoco se aficiona por la literatura de ficción pura. Aboga por la fidelidad al terruño, al entorno, a lo vivido. No es partícipe, como confiesa en el primer tomo de La literatura peruana, en 1928, de “copiar cuadritos suizos e italianos” o “interpretar misticismos fin du siecle” y tampoco le agrada la literatura exenta de vivencia, “literatura de vallecitos costeños sin conocer siquiera la angustia del arenal” (pp. 82-83), así tenga pretensiones de denuncia social o política. Según Sánchez, “la literatura no se concreta a manifestaciones platónicas sino que tiene un profundo sentido humano que es preciso desentrañar” (pp. 13- 14). Igual opina de los críticos. En los primeros pasajes de su libro de ensayos Vida y pasión de la cultura en América (1935) reprocha a Marcelino Menéndez y Pelayo haber escrito una Historia de la Literatura Hispanoamericana, desde Madrid, “sin haber aspirado el perfume de nuestras selvas… sin haber mecido la vista al compás ofidiano de una mulata, ni haberse encrespado al áspero y calino olor de una negra antillana”. De ahí el gran aprecio que Sánchez tenía por aquella literatura capaz de aunar, además de talento narrativo y audacia estilística, verismo vivencial y descarnada sinceridad.  

El biógrafo colorista  

Las biografías de Sánchez guardan entre sí un conjunto de rasgos distintivos. Además del verbo llano y sin rodeos y del dosificado empleo de las referencias documentales, el lector podrá comprobar que en todas ellas el personaje es retratado sin retoques, con todos sus méritos o deméritos terrenales. Otro rasgo común es la gran importancia que Sánchez da a la descripción de la época y a la presencia de otros personajes; el biografiado es uno más entre iguales, sin sobremesuras y sin omisión del escenario social. Destaca también el grafismo, la gracia descriptiva de situaciones y personajes, así como el sentido del pathos, de la emoción y la tensión dramática a lo largo de cada tramo biográfico.  

Estas cualidades ebullen con entera libertad en sus biografías noveladas, biografías que siguiendo el ejemplo de Emil Ludwig, André Maurois, Stefan Zweig y otros escritores notables de la Europa de comienzos de siglo, pretendían popularizar la Historia, sin desmedro del rigor documental, sin superponerle ficciones gratuitas y sin dejar de crear novela en cuanto a la técnica narrativa. Tal es el caso de Don Manuel; Garcilaso Inca de la vega, primer criollo; Valdivia, el fundador; Una mujer sola contra el mundo. Flora Tristán, La Paria; La Perricholi y la obra póstuma A Bolívar. Sin embargo, aquellas biografías usualmente consideradas formales en los ficheros bibliográficos como El señor Segura, hombre de teatro; Aladino o vida y obra de José Santos Chocano; Valdelomar o la belle époque y El doctor Océano distan muy poco de las primeras en amenidad y llaneza.  

Por ejemplo, El señor Segura, hombre de teatro (Lima, 1948), no obstante las inevitables digresiones sobre crítica literaria y las notas a pie de página, tiene todo el empaque de una narración, y se disfruta su lectura como si se tratase efectivamente de una novela. Basta prestar atención a las primeras líneas del Cap. I, que evocan los instantes postreros de la batalla de Ayacucho: “Nube entre las nubes, flotaba sobre el azul la blanquecina estela del último cañonazo. Los férreos tubos, fatigados de un largo ladrar, alzaban al cielo, desde sus roídas y mugrientas cureñas, las humeantes y enmudecidas bocas. De las cimas del Condorcunca, canosas de tanto invierno, descendía interminable cortejo de guerreros mohinos y desarmados, muchos de ellos luciendo vendajes y cabestrillos a manera de luctuosos oriflamas”.  

En Don Manuel (Lima, 1930), su primera biografía novelada –y la primera de América Latina, siguiéndole en turno Martí, el apóstol (Madrid, 1932) de Jorge Mañach-- encontramos admirables ejemplos de concisión y a la vez precisión descriptiva. Bastan estas líneas iniciales del Cap. IX para invitarnos a rememorar la ocupación chilena de Lima de 1881: “Aquel 17 de enero… enlutada y sombría, la capital aguardaba la dura suerte de la guerra”.  

Quizás el aspecto más característico de las biografías de Sánchez anida en las descripciones fisonómicas. Así evoca el semblante de don Pedro de Peralta y Barnuevo en el Cap. I de El doctor Océano (Lima, 1967): “Los ojos hundidos y fisgones, casi despectivos; nada voluntarioso el mentón; la mano con muchos relieves, de largos dedos; las piernas secas, poco airosas, bajo la ceremoniosa media negra; (…)  una sonrisa burlona iluminaba aquella estampa de Felipe II rojinasón y de postiza y empolvada pelucota”.  

Por momentos tales bocetos fisonómicos llegan a ser caricaturescos. Así ve Sánchez el entorno bohemio de Abraham Valdelomar en el Cap.XVI de Valdelomar o La belle époque (México DF, 1969): “Salvador Romero Sotomayor, un hombrecito pequeñín y flacucho, amarillo como un amancae (…) soliloquiante como un sacristán desengañado; Fabio Camacho, el dulce Fabio, un zambo alto, carirredondo (…) de voz aflautada y ademán uncioso (…); Alberto Hidalgo, (…) insolente, procaz y huidizo, lo que ocultaba tras el despliegue de grandes ademanes viriles; (…) Percy Gibson (…) mefistofélico en su apostura de grulla; dipsómano, socarrón y lírico; (…) César A. Rodríguez, (…) feo y solemne como un huaco batrácico”.  

Cada libro una historia

Algunas de estas biografías han sido motivo de pequeñas querellas intelectuales. Luis  Alberto Sánchez publicó Garcilaso Inca de la Vega, primer criollo en 1939, con motivo del IV Centenario del nacimiento del autor de los Comentarios Reales. La mención “primer criollo” no gustó a diversos teóricos latinoamericanos del indigenismo. El argumento era el siguiente: si se entiende por criollos a los “españoles americanos”, defensores de una cultura distinta a la indígena, es obvio que a Garcilaso, racialmente mestizo y espiritualmente “Inca”, no le corresponde el concepto de “primer criollo”. Si la biografía en cuestión no ignora e incluso abunda en detalles sobre el origen y la personalidad de Garcilaso, ¿por qué ese título? Lo que Sánchez pretendía era situar a Garcilaso como el gestor y el primer expositor de una cultura de síntesis de la europeo y lo americano. Para Sánchez la obra de Garcilaso no es indigenista ni anticolonial, no obstante su reivindicación de la pasada grandeza Inca: es criolla. El concepto proviene de José Vasconcelos, cuya obra Indología (1926) mantuvo su influencia en esos años.  

Lejos de pretender agotar el tema, esta nota preliminar sólo desea referir algunos motivos importantes relacionados con la obra narrrativa de Luis Alberto Sánchez. Es a la vez una invitación a leer sus libros, todos ellos apasionantes y representativos de una visión esperanzada de lo que el maestro llamó "un país adolescente".

 
 
 

 

 

 
 
 
Copyright © 2007 T.A.O. - Todos los derechos reservados