Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
   
 

 
 

Notas Marginales. Número 1,  Nº 1 Lima, diciembre de 1999

 
  Centenario de LAS 1900 –12 de octubre– 2000  
 

 

4. «Valdivia, el fundador» por LAS  

Nota.- Han sido seleccionados los dos primeros capítulos, con sus títulos originales, correspondientes a las págs. 11 a 36 de la primera edición: Valdivia, el fundador, Colección Contemporáneos, Editorial Ercilla, 221 págs., Santiago de Chile, 1941; con Dedicatoria y breve nota bibliográfica del autor. La misma editorial realizó tres ediciones posteriores que reprodujeron fielmente la primera. No se ha publicado en el Perú.  

 
 

 

  Capítulo I

"Gente que a ningún rey obedece"  

Aquella mañana, bajo el cielo fosco, preñado de tormenta, descansaban los soldados españoles, lacio el brazo, dormida la tizona, mientras por las calles de altos y sombríos muros destilando tiempo, marchaban con su rítmico trotecito, bajo la carga ineludible, cachos de piedra ellos también, los quechuas. Atmósfera incierta: la primavera no despuntaba todavía ni el invierno se resolvía a alejarse. Epoca indecisa: el pendón real ondeaba opaquecido por entre las imponentes moles de las fortalezas y palacios incaicos. Sobre algún parche ennegrecido de música y lluvias, redoblaban porfiados y nostálgicos palillos remedando, no marcha militar, sino aire de fiesta de la tierra lejana, lentos y retorcidos bailes de almea, violenta danza de maja retadora.  

El caballo aquél paró las menudas orejas exhalando prolongado relincho en i mayor, al ver cruzar a su vera, gentilísima, arisca y remilgada, a una llama con más rizos que peluca de galaica corte. Pero, no todo era descuido, sin embargo. En un rincón de la plaza fruncían el ceño españoles sin duda descontentos. Cerca, se empinaban enhiestas algunas lanzas, como recordándoles que había también cierto lindero entre barba y  barba, entre vencedores y vencidos. En la cima de un  poste, verdusca y mal oliente, se desmigajaba una cabeza humana. Fúnebre pelambre circuía el rostro exangüe y envilecido. Persignó el cielo el guiño de un relámpago. Los rebaños de llamas y alpacas atravesaron la  plaza, tratando de disimular su azoramiento con mal comprada dignidad. Desde la puerta del Colcampata  destacó su perfil de legendario grifo el señor marqués don Francisco Pizarro. No asomaba solo ni estaba, al parecer, de buena guisa, pues hasta más allá del cortejo se oyeron  sus voces:

  —¡Ha de haber perdido el seso! ¿Por qué, si no,  pretende abandonar su rica mina de Porco y trocar los doscientos mil castellanos que de renta obtiene por las  doscientas mil hambres que pasó allá ese… digo, el  Adelantado Almagro, cuando soñó conquistar a Chile?

  El más audaz se atrevió a responder:

  —Señor, el capitán Valdivia insiste...

  —¡Qué ha de insistir cuando sepa la verdad de las cosas! ¿Habéisle dicho qué le aguarda?

  —Se le ha dicho, señor...

  –Entonces... algún demonio se le ha metido dentro del  cuerpo, tal vez —Francisco Pizarro repasó las cuentas de su barba—, o tal vez sea ambición de mujer la que le  empuja a cometer semejante locura,... Esa Inés de Suárez  parece hembra capaz de revolverle el caletre al más  pintado, así sea hombre aguerrido y de experiencia  como el capitán Valdivia, a quien diz que la tal... sirve...  y ama. Debe ser ambiciosa la tal...

  —Y el capitán Valdivia, también.

  —Mas, ¿no sabrá él que Pero Sancho de la Hoz pretende lanzarse a igual aventura y ha traído para ello pliegos del Rey Nuestro Señor?

  —Lo sabe.

  —¿Le han repetido lo que el cura Cristóbal de Molina cuenta de esa tierra?

  —Se lo han repetido, señor.

  –¿Ha oído algo de labios de los sobrevivientes que fueron con el Adelantado?

  —Lo ha oído, señor.

  —¿Le han dicho que el Inga, en sus más prósperos tiempos, tampoco pudo pasar más allá del Maule?

  —Se lo han dicho, señor, y arguye que él llegará hasta el mismísimo Polo, sobrepujando a don Hernando de Magallanes...

  Francisco Pizarro sigue acariciando las barbas, camándula de su perplejidad. Tiene el ceño apretado a fuerza de cerrar el albedrío a todo cuanto no sea insólito. Un rayo de luz muere en su bruñido casco, arrancándole destellos. Paso a paso, regresa a su habitación cuajada de hierros. El viejo conquistador no logra reprimir el gesto de impaciencia ni contener las palabrotas que le hierven en los labios. Un exégeta minucioso, relamido y póstero dirá más tarde que el descubridor del Perú "se espantó del deseo de Valdivia dejando su rica mina", y el propio capitán don Pedro, años después, escribirá, desde La Serena, al emperador: "Sepa Vuestra Majestad que cuando el Marqués don Francisco Pizarro me dio esta empresa, no había hombre que quisiera venir a esta tierra, y los que más huían della eran los que truxo el Adelantado don Diego de Almagro que, como la desamparó, quedó tan mal infamada que, como de la pestilencia, huían della; y aún muchas personas que me querían bien y eran tenidas por cuerdas, no me tuvieron por tal cuando me vieron gastar la  hacienda que tenía en empresa tan apartada del  Perú".

  "¡Gastar la hacienda que tenía!" Nunca ha de callar, en el osado capitán Valdivia, la voz de celoso contador que vela en él.

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No le faltó razón al marqués para considerar con  asombro el capricho de Valdivia, Por las callejuelas  del Cuzco merodeaban las consejas sobre aquel país  lejano y hostil y sobre aquella gente "que a ningún rey  obedece", cual diría un poeta, más tarde, venido a sufrir y a vengarse cantando sus breñas. Dos eran las fuentes de las inquietudes en torno al nombre de Chile: las dos, de opuesto origen, convergían en sus conclusiones. Incas y españoles sentían desasosiego, respeto y temor hacia la  comarca de allende el desierto. Ninguno, el arcabuz ni la  flecha, la borla imperial ni el yelmo conquistador, la chonta  ni el hierro, habían tenido éxito al pretender sojuzgar a sus  pobladores y, menos aún, a la naturaleza insobornable y  bravía del Ande. Desde la yema de la tradición llegaba el eco de la ira de Túpac Inca Yupanqui, al ver a sus generales regresar desalentados de la primera empresa, contra la cual escollaba su señorío. En todos los oídos zumbaban los bisbiseos malcontentos de ese crecido ejército que, con don  Diego, partió orgulloso y seguro a la conquista del Nuevo Reino de Chile, y tornó diezmado, enfermo de cuerpo y alma, vacías las manos que se tendieran cóncavas hacia el Mediodía, imaginando reales y accesibles las riquezas de que hablaban los enganchadores.  

Síntesis del desgano quechua, cierto cronista mestizo recogería en páginas de oro su resentimiento: "El buen rey lnca Yupanqui, aunque vio el poco o ningún fruto que sacó de la conquista de los chiriguanas, no por eso perdió el ánimo de hacer otras mayores. Porque como el principal intento y blasón de los Incas fuese reducir nuevas gentes a su Imperio, a sus costumbres y leyes, y como entonces se hallasen ya tan poderosos, no podían estar ociosos sin hacer nuevas conquistas, que les eran forzoso así para ocupar los vasallos en aumento de su corona como para gestar sus rentas que eran los bastimentos, armas, vestidos y calzado que cada provincia y reino, conforme a sus frutos y cosechas, contribuía cada año...", por lo cual, el dicho Inca "acordó emprender una gran conquista que fué la conquista del Reino de Chile". “Desde Atacama —prosigue el relato del glorioso Garcilaso— envió el Inca corredores y espías, que fuesen por aquel despoblado y descubriesen paso para Chile y notasen las dificultades del camino, para llevarlas prevenidas".  

Túpac Inca preparó, entonces, diez mil hombres de guerra y los lanzó sobre la tierra inédita. Y mientras éstos marchaban rumbo a su infausto destino, preparó nuevas olas de chasquis, arqueros, macaneros y lanceros. Los mitimaes iban delante, abriendo trochas, apisonando caminos para que el ejército imperial pudiera maniobrar desembarazadamente. Así llegaron a Copayapu y ocupáronlo sin lucha. Luego, siguieron a Coquimpu, "a la cual sujetaron". Con cincuenta mil hombres se apoderó del valle de Chile hasta el Maule, cubriendo más de 260 leguas de marcha, entre hostilidades del adusto paisaje y de los hombres, cada vez más agresivos.  

Veinte mil hombres cruzaron el Maule e invadieron la provincia de los Purumancas, "gente belicosa". Mas éstos, aliados a los Antalli, Pincu y Cauqui, opusieron vigorosa resistencia ''determinados a morir". Y el ejército quechua hubo de repasar el río, cubriendo desesperadamente su fracaso. De vuelta al Cuzco, los generales incas relatarían a su monarca la funesta historia de su derrota, agigantando la fama de los fieros purumancas, entre quienes "los que están a la guerra dedicados no son a otros servicios constreñidos". Inca Yupanqui acarició en su mente, entonces, la tenaz idea de robustecer su ejército y, acaso, de apartarlo de todo menester de casa o campo, oficios que no cuadran en el guerrero, azor de cercado ajeno, amamantado con crueldades y rapiñas.  

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Al amor de la lumbre, todavía referían los ancianos quechuas hazañas habidas durante la tremenda empresa.  

Y, como respuesta de otro coro —el de barbas y arcabuces—, replicaban los sobrevivientes de la expedición de Almagro con relatos descomunales de su también fallido empeño. 

Partieron del Cuzco, en esotra memorable ocasión, alrededor de quinientos (dicen otros doscientos y algunos cuatrocientos) hombres de guerra, decididos como siempre, a jugarse la vida a cara o cruz. Chile reeditaba el clásico señuelo de otros días: "por aquí se va al Perú (ahora Chile) a ser ricos". Exhausto el rescate de Atahualpa, había que buscar nuevas fuentes donde saciar la inmitigable sed de tanta avaricia despierta.  

Partieron, pues, quinientos —doscientos de a caballo y trescientos infantes—, llevando como conductor al más valeroso de todos los capitanes, al más ingenuo también, al tuerto Almagro, coautor de las hazañas de Piura, Tumbes, Cajamarca, Jauja y Lima. Prenda de su certidumbre en el éxito, cabalgaba a su flanco un jovenzuelo de menos de veinte años, moreno y arrogante, a quien el viejo miraba con acendrado afecto: su propio hijo. 

Era, acaso, su más dulce y tierna ligadura con el mundo. Representaba no sólo un ardiente aunque pasado amor de sus días de incertidumbre, sino que en él revivía cierta historia que amargó mil noches del viejo y bronco don Diego.  

Allá, por 1493—así empezaba la conseja—, al año siguiente del primer viaje de Colón, cuando, decidido a encararse a la suerte, resolviera meterse en una carraca envelada, a desafiar vientos y oleajes, rumbo a las maravillas descubiertas en Guanahaní, traía, clavada en el pecho, una saeta. Cada aurora, lejos de cauterizar, reabría la llaga del venablo. Poco tiempo antes, instado por doña Sancha López del Peral, de cuyo seno mamó las primeras leches, había acudido a la casa de un tal Cellinos, cuya mujer, según le susurrara Sancha, era nada menos que la mismísima madre de Almagro.  

—Perdona, hijo mío, pero ya es tiempo de que conozcas la verdad de tu linaje, y te lo diré yo, sin reticencia. Tu madre llámase doña Elvira Gutiérrez, a quien sedujo, siendo ella adolescente, el copero Juan de Montenegro, al servicio del maestre de Calatrava don Rodrigo Jirón. No pudieron ocultar sus amores, hijo mío; y don Pedro Gómez de Espinosa, de aquella misma casa, enrostró a don Juan su avilantez y su lujuria... Por lo que, a fin de no cubrir de vergüenza a tu madre, la infeliz, enviáronla a esta mi casa, donde yo también estaba preñada, y cuando parí a mi hija Catalina naciste tú también, y a ambos os di el pecho, por igual como a hijos míos, y tú eres, por tanto, Diego Montenegro Gutiérrez, y tu madre casó con un tal Cellinos, a donde debes ir a verla, y si te dicen Diego de Almagro, y no tu apellido, es porque no se ha querido ensombrecer ni con la sombra de un ala la bien merecida dicha de doña Elvira. Pero, tiempo es de que te conozca y que la veas, y le pidas consejos, y le cuentes lo que te propones...  

¡Mejor no la hubiera oído Diego de Almagro! Acudió, en efecto, a casa de doña Elvira, y topóse con rodeos y subterfugios, y sustos, y sombrías amenazas, y le recibieron furtivamente, como a criminal, y tuvo en sus labios y en su frente los besos frenéticamente desolados de una mujer hermosa y aún joven que le miraba con ojos de angustia, y que, al decirle "hijo", tenía la voz blanda de sollozo y miedo, y al propio tiempo, engolada, con un estiramiento de quien recibe a un intruso, de mala gana.  

No volvió más. Apenas tenía catorce años el expósito, y ya se le brindaba el destino sin fingimientos ni hipocresías. Abrió con firme mano su futuro, puso pie a bordo y se lanzó a las Indias Occidentales.  

Ahora, este hijo suyo, mozalbete también, de enrevesada sangre, habido en fogosos arrebatos con esa inolvidable Ana Martínez, india de Panamá, era como la viva imagen de su adolescencia. ¿Abandonarlo, pues? ¡Jamás! Y helo aquí, pegado al ijar de su caballo, montando uno de menos bríos y mañas que los bridones de guerra, luciendo su alborear en medio de quinientos veteranos, rudos y ambiciosos, bajo cuya mirada caminaban, portadores de bastimentos, centenares de indios sometidos.  

Almagro había salido así con sus hombres "bien aderezados, año de 1536, quedando por señor en el Pirú, Francisco Pizarro".  

Los guías indígenas los condujeron hacia Copiapó, pero, antes, precisaban pasar ''ochenta leguas de despoblado, falto de yerba y de agua, sino era en unos pequeños pozos, que llaman jagüeyes, de agua salobre y, mala". Nada detuvo al audaz. Se encaminó por la provincia de Tupiza, en medio de desiertos y riscos. Atravesó la Cordillera Nevada. Entre escaramuza y escaramuza con los hombres, hubo de enfrentarse también a la tempestad "de frío y aire envuelto con nieve" Y así, "no teniendo dónde abrigarse perecieron más de ochocientas personas, que llevaban de servicio, indios del Pirú, sin poderlos favorecer”; según escribiría Góngora y Marmolejo. El clérigo Cristóbal de Molina, que con don Diego andaba, reuniría los funestos recuerdos de aquella romería, más peregrinaje de penitentes en busca del Santo Graal a que ofrecer sus sacrificios, que expedición de gente de armas, decididos a capturar el vellocino de oro. Caminaron, caminaron, cayendo y levantándose. Junto al viejo, el mozo daba ejemplo de dignidad y entereza, Pasaron a la región del Aconcaqua, siempre son el ojo puesto en el miraje de una riqueza insospechada. De pronto, vieron surgir ante sí, trasgo increíble, curtida la tez por vientos y andanzas, a un hombre blanco, jefe de un pueblo de aborígenes. Pedro Calvo (o Barrientos) llamábase aquel ser misterioso, perdido entre las comarcas araucanas. Convertido en régulo de su tribu, prestó mucha ayuda a sus compatriotas, y además se paga contándoles sus cuitas. Fugitivo, a consecuencia de un hurto por cuyo delito le cortaron las orejas, huyo del Perú para no ver ni ser visto nunca más de españoles, y no fue a parar hasta Chile. Y como entre los mismos indios se suscitaban pendencias por rivalidades locales, eco a su vez de la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa, aprovechó de tal coyuntura para propagar terribles nuevas acerca del poderío de los blancos que, al par de favorecerlo a él, aumentaban el prestigio de los conquistadores y el pánico que ante sus armas sentían los nativos.  

Mas, el maravilloso y apetecido tesoro no aparecía por parte alguna. Antes bien, el lenguaraz Felipillo que acompañaba a la expedición, diola en sembrar desconfianza y desaliento, por lo que Almagro, que no se paraba en chiquitas, mandó que lo descuartizaran. Al mismo tiempo, los más conspicuos de sus acompañantes indios le iban abandonando. Uno de ellos, el Villac Umu, cuya autoridad valía por todo un ejército, desapareció del campamento, cierta noche, sin dejar rastros tras sí. Los negros que integraban el cuerpo auxiliar, se vieron en la necesidad de ejercitarse como ran­cheadores y verdugos. Mala consejera, la ira: peor aún el despecho: ambos movieron a don Diego a talar cam­pos y destruir poblachos, matando sin compasión, cuando, emprendido ya el agobiador retorno al Perú, el fracaso dictaba cada anochecer las peores sugestiones.  

"No le pareció bien la tierra por no ser cuajada de oro". Y Almagro el Mozo aprendió, a temprana edad, que la conquista del bienestar justifica cualquier felonía, aplicando desde entonces su existencia a conseguir aquélla y adiestrarse en ésta.  

Huella de toda la frustrada gesta, quedó en el recuerdo de los araucanos el odio contra los españoles, y en los españoles una desconfianza absoluta acerca de toda posible ventura en tierras de araucanos.  

*****  

Nada de esto achica el espíritu del capitán Pedro de Valdivia, ni amengua la expectativa de la garrida Inés de Suárez que le acompaña. En vano sus amigos le han representado que será mejor, hasta dentro del orden jurídico, dejar que Pero Sancho de la Hoz, de voracidad bien conocida, se lance por su cuenta a la ventura, y él, Valdivia, vaya pisando sus talones, acechando el instante de éxito o desmayo para convertirlo en beneficio propio. Inútil. Valdivia conoce bien a los soldados de la conquista y sabe que si el éxito corona las pretensiones de Pero Sancho, a él no le quedará otro papel que el de segundón, tenido a menos; y que si Sancho fracasa, sumado el nuevo descalabro al de Almagro, no le será posible levantar nuevas huestes para su fin. Inés de Suárez le acucia con sus consejos. ¿De qué le valdrá haberse jugado la vida si ha de resignarse a no ser más que asentista o corregidor? Ya que se dio el paso, el duro paso de abandonar casa y sosiego, ya que expuso la vida en la travesía del mar, en la campaña de Venezuela, en la conquista de Charcas, después de ganar cicatrices y experiencias en Milán y Pavia, ¡a buena hora va a detenerse el ímpetu de ese dado humano sobre el tapete de la casualidad!  

¡Que no y que no! No. Pedro de Valdivia insiste,  echando con cajas destempladas a quienes pretenden  disuadirlo. ¡Que no! Inés de Suárez merodea mientras él  discute con los emisarios de Pizarro y de Sancho. Hay tal  intrepidez, tal cerrada decisión en el rostro del capitán,  que no es posible dejar de consultar los ojos de la  hembra, también impasible, pétrea, inconmovible.  

—Habrá que buscar a un leguleyo para interpretar  los Reales Papeles que diz trae don Pero Sancho, si el  marqués desea pasar sobre ellos y complacer al capitán Valdivia.  

—Id a buscar, desde ahora, al leguleyo... o al fraile,  señor don Juan.  

Inés, que ha venteado ya la solución favorable, se  vuelve hacia don Pedro y le taladra con los ojos.  

El capitán Valdivia se deja caer sobre un taburete y  prosigue estudiando informes y reclamaciones sobre el  ambicionado reino en donde mora esa "gente que a  ningún rey obedece".    

 
 

 

 

 
 
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