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Capítulo
I
"Gente que a ningún
rey obedece"
Aquella
mañana, bajo el cielo fosco, preñado de tormenta, descansaban los
soldados españoles, lacio el brazo, dormida la tizona, mientras por las
calles de altos y sombríos muros destilando tiempo, marchaban con su rítmico
trotecito, bajo la carga ineludible, cachos de piedra ellos también, los
quechuas. Atmósfera incierta: la primavera no despuntaba todavía ni el
invierno se resolvía a alejarse. Epoca indecisa: el pendón real ondeaba
opaquecido por entre las imponentes moles de las fortalezas y palacios
incaicos. Sobre algún parche ennegrecido de música y lluvias, redoblaban
porfiados y nostálgicos palillos remedando, no marcha militar, sino aire
de fiesta de la tierra lejana, lentos y retorcidos bailes de almea,
violenta danza de maja retadora.
El caballo aquél paró las
menudas orejas exhalando prolongado relincho en i
mayor, al ver cruzar a su vera, gentilísima, arisca y remilgada, a una
llama con más rizos que peluca de galaica corte. Pero, no todo era
descuido, sin embargo. En un rincón de la plaza fruncían el ceño españoles
sin duda descontentos. Cerca, se empinaban enhiestas algunas lanzas, como
recordándoles que había también cierto lindero entre barba y
barba, entre vencedores y vencidos. En la cima de un
poste, verdusca y mal oliente, se desmigajaba una cabeza humana. Fúnebre
pelambre circuía el rostro exangüe y envilecido. Persignó el cielo el
guiño de un relámpago. Los rebaños de llamas y alpacas atravesaron la
plaza, tratando de disimular su azoramiento con mal comprada
dignidad. Desde la puerta del Colcampata
destacó su perfil de legendario grifo el señor marqués don
Francisco Pizarro. No asomaba solo ni estaba, al parecer, de buena guisa,
pues hasta más allá del cortejo se oyeron
sus voces:
—¡Ha de haber perdido el
seso! ¿Por qué, si no, pretende
abandonar su rica mina de Porco y trocar los doscientos mil castellanos
que de renta obtiene por las doscientas
mil hambres que pasó allá ese… digo, el
Adelantado Almagro, cuando soñó conquistar a Chile?
El
más audaz se atrevió a responder:
—Señor,
el capitán Valdivia insiste...
—¡Qué ha de insistir
cuando sepa la verdad de las cosas! ¿Habéisle dicho qué le aguarda?
—Se
le ha dicho, señor...
–Entonces... algún demonio
se le ha metido dentro del cuerpo,
tal vez —Francisco Pizarro repasó las cuentas de su barba—, o tal vez
sea ambición de mujer la que le empuja
a cometer semejante locura,... Esa Inés de Suárez
parece hembra capaz de revolverle el caletre al más
pintado, así sea hombre aguerrido y de experiencia
como el capitán Valdivia, a quien diz que la tal... sirve...
y ama. Debe ser ambiciosa la tal...
—Y
el capitán Valdivia, también.
—Mas,
¿no sabrá él que Pero Sancho de la Hoz pretende lanzarse a igual
aventura y ha traído para ello pliegos del Rey Nuestro Señor?
—Lo
sabe.
—¿Le
han repetido lo que el cura Cristóbal de Molina cuenta de esa tierra?
—Se
lo han repetido, señor.
–¿Ha oído algo de labios
de los sobrevivientes que fueron con el Adelantado?
—Lo
ha oído, señor.
—¿Le han dicho que el Inga,
en sus más prósperos tiempos, tampoco pudo pasar más allá del Maule?
—Se lo han dicho, señor, y
arguye que él llegará hasta el mismísimo Polo, sobrepujando a don
Hernando de Magallanes...
Francisco Pizarro sigue
acariciando las barbas, camándula de su perplejidad. Tiene el ceño
apretado a fuerza de cerrar el albedrío a todo cuanto no sea insólito.
Un rayo de luz muere en su bruñido casco, arrancándole destellos. Paso a
paso, regresa a su habitación cuajada de hierros. El viejo conquistador
no logra reprimir el gesto de impaciencia ni contener las palabrotas que
le hierven en los labios. Un exégeta minucioso, relamido y póstero dirá
más tarde que el descubridor del Perú "se
espantó del deseo de Valdivia dejando su rica mina", y el propio
capitán don Pedro, años después, escribirá, desde La Serena, al
emperador: "Sepa Vuestra
Majestad que cuando el Marqués don Francisco Pizarro me dio esta empresa,
no había hombre que quisiera venir a esta tierra, y los que más huían
della eran los que truxo el Adelantado don Diego de Almagro que, como la
desamparó, quedó tan mal infamada que, como de la pestilencia, huían
della; y aún muchas personas que me querían bien y eran tenidas por
cuerdas, no me tuvieron por tal cuando me vieron gastar la
hacienda que tenía en empresa tan apartada del Perú".
"¡Gastar la hacienda que
tenía!" Nunca ha de callar, en el osado capitán Valdivia, la voz de
celoso contador que vela en él.
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No le faltó razón al marqués
para considerar con asombro
el capricho de Valdivia, Por las callejuelas
del Cuzco merodeaban las consejas sobre aquel país
lejano y hostil y sobre aquella gente "que a ningún rey obedece",
cual diría un poeta, más tarde, venido a sufrir y a vengarse cantando
sus breñas. Dos eran las fuentes de las inquietudes en torno al nombre de
Chile: las dos, de opuesto origen, convergían en sus conclusiones. Incas
y españoles sentían desasosiego, respeto y temor hacia la
comarca de allende el desierto. Ninguno, el arcabuz ni la
flecha, la borla imperial ni el yelmo conquistador, la chonta
ni el hierro, habían tenido éxito al pretender sojuzgar a sus
pobladores y, menos aún, a la naturaleza insobornable y
bravía del Ande. Desde la yema de la tradición llegaba el eco de
la ira de Túpac Inca Yupanqui, al ver a sus generales regresar
desalentados de la primera empresa, contra la cual escollaba su señorío.
En todos los oídos zumbaban los bisbiseos malcontentos de ese crecido ejército
que, con don Diego, partió
orgulloso y seguro a la conquista del Nuevo Reino de Chile, y tornó
diezmado, enfermo de cuerpo y alma, vacías las manos que se tendieran cóncavas
hacia el Mediodía, imaginando reales y accesibles las riquezas de que
hablaban los enganchadores.
Síntesis del desgano quechua,
cierto cronista mestizo recogería en páginas de oro su resentimiento:
"El buen rey lnca Yupanqui, aunque vio el poco o ningún fruto que
sacó de la conquista de los chiriguanas, no por eso perdió el ánimo de
hacer otras mayores. Porque como el principal intento y blasón de los
Incas fuese reducir nuevas gentes a su Imperio, a sus costumbres y leyes,
y como entonces se hallasen ya tan poderosos, no podían estar ociosos sin
hacer nuevas conquistas, que les eran forzoso así para ocupar los
vasallos en aumento de su corona como para gestar sus rentas que eran los
bastimentos, armas, vestidos y calzado que cada provincia y reino,
conforme a sus frutos y cosechas, contribuía cada año...", por
lo cual, el dicho Inca "acordó
emprender una gran conquista que fué la conquista del Reino de
Chile". “Desde Atacama —prosigue el relato del glorioso Garcilaso— envió
el Inca corredores y espías, que fuesen por aquel despoblado y
descubriesen paso para Chile y notasen las dificultades del camino, para
llevarlas prevenidas".
Túpac Inca preparó,
entonces, diez mil hombres de guerra y los lanzó sobre la tierra inédita.
Y mientras éstos marchaban rumbo a su infausto destino, preparó nuevas
olas de chasquis, arqueros, macaneros y lanceros. Los mitimaes iban
delante, abriendo trochas, apisonando caminos para que el ejército
imperial pudiera maniobrar desembarazadamente. Así llegaron a Copayapu
y ocupáronlo sin lucha. Luego, siguieron a Coquimpu,
"a la cual sujetaron". Con cincuenta mil hombres se apoderó del
valle de Chile hasta el Maule, cubriendo más de 260 leguas de marcha,
entre hostilidades del adusto paisaje y de los hombres, cada vez más
agresivos.
Veinte mil hombres cruzaron el
Maule e invadieron la provincia de los Purumancas,
"gente belicosa". Mas
éstos, aliados a los Antalli, Pincu
y Cauqui, opusieron vigorosa resistencia ''determinados
a morir". Y el ejército quechua hubo de repasar el río,
cubriendo desesperadamente su fracaso. De vuelta al Cuzco, los generales
incas relatarían a su monarca la funesta historia de su derrota,
agigantando la fama de los fieros purumancas,
entre quienes "los que están a
la guerra dedicados no son a otros servicios constreñidos". Inca
Yupanqui acarició en su mente, entonces, la tenaz idea de robustecer su
ejército y, acaso, de apartarlo de todo menester de casa o campo, oficios
que no cuadran en el guerrero, azor de cercado ajeno, amamantado con
crueldades y rapiñas.
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Al
amor de la lumbre, todavía referían los ancianos quechuas hazañas
habidas durante la tremenda empresa.
Y, como respuesta de otro coro
—el de barbas y arcabuces—, replicaban los sobrevivientes de la
expedición de Almagro con relatos descomunales de su también fallido
empeño.
Partieron del Cuzco, en esotra
memorable ocasión, alrededor de quinientos (dicen otros doscientos y
algunos cuatrocientos) hombres de guerra, decididos como siempre, a
jugarse la vida a cara o cruz. Chile reeditaba el clásico señuelo de
otros días: "por aquí se va al Perú (ahora Chile) a ser
ricos". Exhausto el rescate de Atahualpa, había que buscar nuevas
fuentes donde saciar la inmitigable sed de tanta avaricia despierta.
Partieron, pues, quinientos
—doscientos de a caballo y trescientos infantes—, llevando como
conductor al más valeroso de todos los capitanes, al más ingenuo también,
al tuerto Almagro, coautor de las hazañas de Piura, Tumbes, Cajamarca,
Jauja y Lima. Prenda de su certidumbre en el éxito, cabalgaba a su flanco
un jovenzuelo de menos de veinte años, moreno y arrogante, a quien el
viejo miraba con acendrado afecto: su propio hijo.
Era, acaso, su más dulce y
tierna ligadura con el mundo. Representaba no sólo un ardiente aunque
pasado amor de sus días de incertidumbre, sino que en él revivía cierta
historia que amargó mil noches del viejo y bronco don Diego.
Allá, por 1493—así
empezaba la conseja—, al año siguiente del primer viaje de Colón,
cuando, decidido a encararse a la suerte, resolviera meterse en una
carraca envelada, a desafiar vientos y oleajes, rumbo a las maravillas
descubiertas en Guanahaní, traía, clavada en el pecho, una saeta. Cada
aurora, lejos de cauterizar, reabría la llaga del venablo. Poco tiempo
antes, instado por doña Sancha López del Peral, de cuyo seno mamó las
primeras leches, había acudido a la casa de un tal Cellinos, cuya mujer,
según le susurrara Sancha, era nada menos que la mismísima madre de
Almagro.
—Perdona, hijo mío, pero ya
es tiempo de que conozcas la verdad de tu linaje, y te lo diré yo, sin
reticencia. Tu madre llámase doña Elvira Gutiérrez, a quien sedujo,
siendo ella adolescente, el copero Juan de Montenegro, al servicio del
maestre de Calatrava don Rodrigo Jirón. No pudieron ocultar sus amores,
hijo mío; y don Pedro Gómez de Espinosa, de aquella misma casa, enrostró
a don Juan su avilantez y su lujuria... Por lo que, a fin de no cubrir de
vergüenza a tu madre, la infeliz, enviáronla a esta mi casa, donde yo
también estaba preñada, y cuando parí a mi hija Catalina naciste tú
también, y a ambos os di el pecho, por igual como a hijos míos, y tú
eres, por tanto, Diego Montenegro Gutiérrez, y tu madre casó con un tal
Cellinos, a donde debes ir a verla, y si te dicen Diego de Almagro, y no
tu apellido, es porque no se ha querido ensombrecer ni con la sombra de un
ala la bien merecida dicha de doña Elvira. Pero, tiempo es de que te
conozca y que la veas, y le pidas consejos, y le cuentes lo que te
propones...
¡Mejor no la hubiera oído
Diego de Almagro! Acudió, en efecto, a casa de doña Elvira, y topóse
con rodeos y subterfugios, y sustos, y sombrías amenazas, y le recibieron
furtivamente, como a criminal, y tuvo en sus labios y en su frente los
besos frenéticamente desolados de una mujer hermosa y aún joven que le
miraba con ojos de angustia, y que, al decirle "hijo", tenía la
voz blanda de sollozo y miedo, y al propio tiempo, engolada, con un
estiramiento de quien recibe a un intruso, de mala gana.
No volvió más. Apenas tenía
catorce años el expósito, y ya se le brindaba el destino sin
fingimientos ni hipocresías. Abrió con firme mano su futuro, puso pie a
bordo y se lanzó a las Indias Occidentales.
Ahora, este hijo suyo, mozalbete también, de
enrevesada sangre, habido en fogosos arrebatos con esa inolvidable Ana
Martínez, india de Panamá, era como la viva imagen de su adolescencia.
¿Abandonarlo, pues? ¡Jamás! Y helo aquí, pegado al ijar de su caballo,
montando uno de menos bríos y mañas que los bridones de guerra, luciendo
su alborear en medio de quinientos veteranos, rudos y ambiciosos, bajo
cuya mirada caminaban, portadores de bastimentos, centenares de indios
sometidos.
Almagro había salido así con
sus hombres "bien aderezados, año
de 1536, quedando por señor en el Pirú, Francisco Pizarro".
Los guías indígenas los
condujeron hacia Copiapó, pero, antes, precisaban pasar ''ochenta leguas de despoblado, falto de yerba y de agua, sino era en
unos pequeños pozos, que llaman jagüeyes, de agua salobre y, mala".
Nada detuvo al audaz. Se encaminó por la provincia de Tupiza, en medio de
desiertos y riscos. Atravesó la Cordillera Nevada. Entre escaramuza y
escaramuza con los hombres, hubo de enfrentarse también a la tempestad "de
frío y aire envuelto con nieve" Y así, "no
teniendo dónde abrigarse perecieron más de ochocientas personas, que
llevaban de servicio, indios del Pirú, sin poderlos favorecer”; según
escribiría Góngora y Marmolejo. El clérigo Cristóbal de Molina, que
con don Diego andaba, reuniría los funestos recuerdos de aquella romería,
más peregrinaje de penitentes en busca del Santo Graal a que ofrecer sus
sacrificios, que expedición de gente de armas, decididos a capturar el
vellocino de oro. Caminaron, caminaron, cayendo y levantándose. Junto al
viejo, el mozo daba ejemplo de dignidad y entereza, Pasaron a la región
del Aconcaqua, siempre son el ojo puesto en el miraje de una riqueza
insospechada. De pronto, vieron surgir ante sí, trasgo increíble,
curtida la tez por vientos y andanzas, a un hombre blanco, jefe de un
pueblo de aborígenes. Pedro Calvo (o Barrientos) llamábase aquel ser
misterioso, perdido entre las comarcas araucanas. Convertido en régulo de
su tribu, prestó mucha ayuda a sus compatriotas, y además se paga contándoles
sus cuitas. Fugitivo, a consecuencia de un hurto por cuyo delito le
cortaron las orejas, huyo del Perú para no ver ni ser visto nunca más de
españoles, y no fue a parar hasta Chile. Y como entre los mismos indios
se suscitaban pendencias por rivalidades locales, eco a su vez de la
guerra civil entre Huáscar y Atahualpa, aprovechó de tal coyuntura para
propagar terribles nuevas acerca del poderío de los blancos que, al par
de favorecerlo a él, aumentaban el prestigio de los conquistadores y el pánico
que ante sus armas sentían los nativos.
Mas, el maravilloso y
apetecido tesoro no aparecía por parte alguna. Antes bien, el lenguaraz
Felipillo que acompañaba a la expedición, diola en sembrar desconfianza
y desaliento, por lo que Almagro, que no se paraba en chiquitas, mandó
que lo descuartizaran. Al mismo tiempo, los más conspicuos de sus acompañantes
indios le iban abandonando. Uno de ellos, el Villac
Umu, cuya autoridad valía por todo un ejército, desapareció del
campamento, cierta noche, sin dejar rastros tras sí. Los negros que
integraban el cuerpo auxiliar, se vieron en la necesidad de ejercitarse
como rancheadores y verdugos. Mala consejera, la ira: peor aún el
despecho: ambos movieron a don Diego a talar campos y destruir
poblachos, matando sin compasión, cuando, emprendido ya el agobiador
retorno al Perú, el fracaso dictaba cada anochecer las peores
sugestiones.
"No
le pareció bien la tierra por no ser cuajada de oro".
Y Almagro el Mozo aprendió, a temprana edad, que la conquista del
bienestar justifica cualquier felonía, aplicando desde entonces su
existencia a conseguir aquélla y adiestrarse en ésta.
Huella de toda la frustrada
gesta, quedó en el recuerdo de los araucanos el odio contra los españoles,
y en los españoles una desconfianza absoluta acerca de toda posible
ventura en tierras de araucanos.
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Nada
de esto achica el espíritu del capitán Pedro de Valdivia, ni amengua la
expectativa de la garrida Inés de Suárez que le acompaña. En vano sus
amigos le han representado que será mejor, hasta dentro del orden jurídico,
dejar que Pero Sancho de la Hoz, de voracidad bien conocida, se lance por
su cuenta a la ventura, y él, Valdivia, vaya pisando sus talones,
acechando el instante de éxito o desmayo para convertirlo en beneficio
propio. Inútil. Valdivia conoce bien a los soldados de la conquista y
sabe que si el éxito corona las pretensiones de Pero Sancho, a él no le
quedará otro papel que el de segundón, tenido a menos; y que si Sancho
fracasa, sumado el nuevo descalabro al de Almagro, no le será posible
levantar nuevas huestes para su fin. Inés de Suárez le acucia con sus
consejos. ¿De qué le valdrá haberse jugado la vida si ha de resignarse
a no ser más que asentista o corregidor? Ya que se dio el paso, el duro
paso de abandonar casa y sosiego, ya que expuso la vida en la travesía
del mar, en la campaña de Venezuela, en la conquista de Charcas, después
de ganar cicatrices y experiencias en Milán y Pavia, ¡a buena hora va a
detenerse el ímpetu de ese dado humano sobre el tapete de la casualidad!
¡Que no y que no! No. Pedro de Valdivia insiste,
echando con cajas destempladas a quienes pretenden
disuadirlo. ¡Que no! Inés de Suárez merodea mientras él
discute con los emisarios de Pizarro y de Sancho. Hay tal
intrepidez, tal cerrada decisión en el rostro del capitán,
que no es posible dejar de consultar los ojos de la
hembra, también impasible, pétrea, inconmovible.
—Habrá que buscar a un
leguleyo para interpretar los
Reales Papeles que diz trae don Pero Sancho, si el
marqués desea pasar sobre ellos y complacer al capitán Valdivia.
—Id a buscar, desde ahora,
al leguleyo... o al fraile, señor
don Juan.
Inés, que ha venteado ya la
solución favorable, se vuelve
hacia don Pedro y le taladra con los ojos.
El capitán Valdivia se deja
caer sobre un taburete y prosigue
estudiando informes y reclamaciones sobre el
ambicionado reino en donde mora esa "gente
que a ningún rey
obedece".
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