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4. «Valdivia, el fundador» por LAS
Capítulo II
La Promesa
“Por
el mes de abril del año de 1539 me dio el marqués la provisión y llegué
a este valle de Mapocho por el fin de 1540..."
Frase de respiro, después de cumplida la jornada. El ayer,
como los altibajos de un tránsito fractuoso, adquiere actitud de sonrisa.
Pero, en las cabezas, espíritus y frentes de los compañeros, dejo la
tremenda travesía canas, amargor y arrugas.
Porque no fue empresa fácil
conseguir que Pero Sancho, hombre tozudo y de experiencia, cediera un ápice
ante el terco capitán Valdivia. Y no le resultó sin complicaciones al
propio marqués Pizarro decidirse en pro del último, teniendo como tenía
fresco en su memoria el recuerdo de la ayuda que, otrora, le significara
aquel Pero Sancho, cuando anduvo a su vera a guisa de secretario y asistió
como testigo, actuario y partícipe al reparto del rescate de Atahualpa.
Mas, habiendo frailes en torno
–y de contera, escribanos—, todo bosque era orégano, y toda abruptez,
llaneza. Mientras Sancho de la Hoz levantaba el tono protestando contra
semejante despojo, don Francisco desempolvaba, a la luz de sus secuaces,
cierta Real Cédula de 1537, dictada en Monzón, refrendada por don
Francisco de los Cobos, secretario del Real Consejo Secreto, en la cual le
ordenaban nada menos que poblar "Nueva Toledo o las provincias de
Chile".
–El rey lo manda, y delito
sería desobedecerle —sentenció cazurro un rábula.
El marqués mandó llamar
entonces al capitán Valdivia y a Pero Sancho para que en presencia suya
resolvieran sus distingos y acataran la voluntad del monarca, traducida
por Pizarro...
Pero Sancho no cedería tan de
primeras. Sus títulos, obtenidos después de la prueba de Cajamarca,
indicaban que el rey le había dado poder "para
reducir y, gobernar aquel país hasta el Maule"; al par que
autorizara a Alonso Camargo, hermano del obispo de Palencia, a proseguir más
al sur. Lo cual, sin embargo, estaba contradicho por otras provisiones
reales, como la que en Monzón, entregaba al conquistador del Perú el
realizar igual empresa en el valle de Chile.
Desde luego, para escribas y
letrados aquello daba pie a largo proceso, con multitud de rúbricas,
enredijos, ergos, protestos, diferendos y otrosíes; mas Pizarro, como
Alejandro, tenía espada para tajar el nudo gordiano de esas dos
voluntades ambiciosas y contrapuestas. Valdivia, encomendero de Porco y
rico hombre, se enfrentaba así a Sancho, igualmente rico hombre,
usufructuario de 400,440 pesos oro en el reparto de Cajamarca y
depositario de los secretos de Francisco de Jerez hacía ya seis años. En
los meses que anduvo a la vera de Pizarro, había aprendido Sancho a
conocerle, de suerte que se hacía pocas ilusiones sobre los resultados de
la disputa si, como Breno, el marqués estaba resuelto a echar el peso de
su espada en uno de los platillos de la balanza. Para evitarlo empezó a
intrigar.
Ayudaban a Sancho sus
relaciones peninsulares, por lo que le convenía, ante todo, ganar tiempo.
Era casado allá con "una señora
de mucha suerte llamada doña Guiomar de Aragón”; y había estado
bebiendo aires de intriga palatina desde 1536 hasta 1539 en la Corte. A
costa de enredos y petitorias consiguió aquella Cédula real "para
navegar del Mar del Sur hasta el estrecho de Magallanes", lo cual
no era lo que discutía Valdivia, quien deseaba poseer antes que navegar.
Y, como son verbos distintos navegar y poseer, los doctores y cagatintas
encontraron ancho campo para iniciar sus acostumbrados gatuperios y
trapacerías en derredor de los conceptos...
Sancho se dio cuenta de la
trampa abierta a sus pies. Por eso había volado presuroso hasta el Cuzco,
en aquellos meses de 1539, tratando de invalidar el permiso acordado a
Valdivia para expediciones sobre Chile,
El marqués, siempre tironeándose
las barbas, paseaba de un lado a otro de su alcoba.
—¡Leed, leed! ¡Haremos lo
que la Real Cédula mande, y nada más que lo que ella mande, pues tal es
la voluntad del Rey Nuestro Señor!.
Valdivia bocetó una sonrisa,
mientras Sancho fruncía el ceño, descubriendo tras las respetuosas
palabras del conquistador, un oculto dejo de ironía.
Leyó el secretario, Entre
Pizarro y su teniente cruzaron una mirada. El rey había concedido permiso
al capitán Pero Sancho de la Hoz para explorar y navegar "sin
que entréis en los limites y parajes de las islas de tierras que están
dadas en Gobernación a otras personas a conquistar, ni gobernar, ni
recalar". ( “Más allá
del Estrecho ya no había reticencia alguna”, comenta un eclesiástico
historiador.)
Valdivia hizo un gesto
expresivo, encogiéndose de hombros. Sancho comprendió la ineficacia de
todo debate en ese instante. Nunca hubo mejor coartada que aquélla. Y se
marchó; cabizbajo, rumiando en su impotencia de ahora su venganza de mañana.
Era el 28 de diciembre de
1539, día de los Santos Inocentes. Estaban en el comedor de la casa del
marqués en el Cuzco. Su autoridad subrayaba la firma del pacto entre
ambos. Valdivia partiría a la conquista de Chile, inmediatamente, y Pero
Sancho le alistaría, entretanto, en Lima, cincuenta caballos más y
arreos militares, amén de nuevas gentes.
A la salida, trazadas las rúbricas
y cruzadas las manos en promesa y despedida, Francisco Pizarro murmuró
sentencioso y cortante:
—"Mire,
tan necio viene Pero Sancho de España como fue; no tengo yo por de tan
poco sostén a Pedro de Valdivia que no sepa lo que le conviene mejor que
Pero Sancho que es un asno; e por intercesión de Pedro de Valdivia fui yo
contento que ficiese el Pero Sancho compañia con él esta jornada, pero
sus cosas de Pero Sancho no son de hombre, e así no ha cumplido cosa de
los que puso con Valdivia, ni puede, e por esto, porque conozco el valor
de ambos, digo lo que he dicho, que no me quite el sueño''.
*****
Pero nadie acudía al
llamamiento de Pedro de Valdivia. Tierra de "pestilencia"
y "mal infamada" aquella
del sur, donde los hombres de Almagro dejaran el desierto blanqueado de
huesos.
Sancho, por su parte, contribuía
con murmuraciones y chismes a desalentar a los audaces. Inés de Suárez
se lanzó a la calle, haciendo lo imposible por reclutar voluntades. La
gente la oía, pero, luego, recordaba aquel fúnebre regreso de los
brillantes soldados de don Diego, y, al instante, moría el entusiasmo.
Como no se encontraba muchos
audaces que se arrojaran a la aventura, Pedro de Valdivia pidió permiso
para apelar a los desesperados que yacían en las provincias de Chunchos y
Chiriguanas. Los sesenta hombres enganchados en Charcas y Cuzco lo estaban
sólo de palabra, pero con palabras no se domeñan tribus feroces ni se
sujetan extensos territorios. Indios auxiliares no le faltaban, pero tropa
escogida de españoles, sí, y sin ella, todo fracasaría. Bajo cuerda,
Francisco Pizarro trataba de ayudarle, de suerte que cuando el capitán
pidió autorización para realizar enganches en aquellas provincias, al
instante halló amparo. De otro modo, la empresa quedaría condenada al
fracaso.
Pedro de Valdivia invocó a
sus antiguos compañeros. Dirigió misivas, hizo visitas, usó de toda
clase de argumentos y artilugios, hasta congregar el pequeño núcleo de
suicidas que iban a rehacer la marcha de Diego de Almagro.
Gran parte de la expedición
la constituían soldados provenientes de las huestes de Pedro de Candia.
De la provincia de los Chunchos acudieron Francisco de Aguirre, Jerónimo
de Alderete, Santiago de Azócar, Juan Dávalos Jufré, Juan de Carmona,
Juan Fernández de Alderete, Francisco de Villagra, Rodrigo Quiroga y
numerosos criados. Al punto Valdivia organizó su estado mayor, nombrando
Maestre de Campo a Alvar Gómez; Sargento Mayor, a Alonso Monroy; Alférez,
a Pedro Miranda; Capitán de Caballería a Francisco de Villagra; Capitán
de Piqueros, a Rodrigo Quiroga, y, representando el brazo eclesiástico,
llamó a su lado a González Marmolejo.
Cuando todo estuvo listo, se
juntaron una mañana en la plaza del Cuzco para asistir a un oficio que,
en la catedral, ofrendaría el obispo Vicente Valverde.
Pero Sancho mascó, sin duda,
rabioso este nombre:
–¡El padre Valverde! Me
parece verlo todavía aquel día de Cajamarca...
La imagen de la Biblia por el
suelo y a Valverde azuzando a la mesnada de Pizarro contra el Inca
indefenso, era de lo que no se borraría nunca de la memoria de quien lo
vio.
El coro en la iglesia
salmodiaba un Laude. Frente al
altar, Pedro de Valdivia, agachada la cabeza testaruda, brinda al Altísimo
sus futuros holocaustos.
Sellado su pacto con el
Todopoderoso, acordó dedicar el primer templo que erigiera en Chile a la
Virgen de la Asunción, y la primera ciudad, al Apóstol Santiago,
protector de los ejércitos ibéricos.
Todo parecía así concluido
en santa paz. Salían los oficiales de la iglesia, cuando uno de ellos se
detuvo ante una mujer, robusta, tostada por el sol, treintañera, de ojos
penetrantes y desenvuelto ademán, Rodrigo Quiroga se la quedó mirando,
como suspenso. ¡Una mujer blanca, y libre! Alguien le tocó el codo invitándole
a seguir adelante:
—Es Inés de Suárez, la
viuda aquella... la que acompaña al capitán Valdivia a sobrellevar
tantas aflicciones –quebróse de mofa el susurro.
En la plaza se reunían grupos
de soldados. Cruzaban por ella, como siempre, los indios quechuas, carga
al lomo, trotecito rítmico hiriendo el suelo, levantando polvo, llenando
el aire de color y pena.
Pedro de Valdivia volvió
arrebolado a su casa.
––Al fin, marcharemos.
––Iré con vos
—interrumpió Inés.
Él la miró largamente. Desde
Venezuela la traía consigo, como su sombra. Pero Chile era palabra a la
sazón de mal agüero.
—No, mejor no; la jornada
será muy dura. . .
––Peor sería el esperar.
Él la miró de nuevo
largamente:
––A prepararse, entonces,
que saldremos enseguida.
Y
salieron poco después.
*****
—Después de todo, el marqués
paga los favores recibidos...
—¿Favores de quién?
—Del capitán Valdivia...
Empezó al punto a circular
por el campamento el relato de las hazañas de éste. No todo era sincero,
ni mucho menos. Por ejemplo, se afirmaba que años antes, no obstante
ejercer la maestría de campo del ejército de Pizarro, Valdivia no titubeó
en entenderse con Diego de Almagro, quien volvía de Chile. En esos
contubernios aprendió cosas no sospechadas. Supo que la sierra del Sur no
se parecía a la del Norte porque sus pobladores no se resignaban, ni en
apariencia siquiera, a soportar el yugo extranjero, y porque en el
desierto se embotaban los impulsos como las flechas en los acolchados
petos de los guerreros.
Pero el capitán Valdivia traía
de Italia algo más que experiencia de guerra: astucia. Al romperse hasta
lo hondo la amistad entre el marqués y don Diego, y cuando se realizaba
la entrevista de Mala, en donde Hernando quiso apoderarse del rival de su
hermano (el cual rival fue advertido de lo que se tramaba por la
intencionada copla de un soldado adicto que desparramó al viento aquello
de: "Tiempo es el caballero,
—tiempo es de andar de aquí —que
me crece la barriga —y se me achica el vestir”), Valdivia, hombre
de golpes de mano sobre seguro, y a veces a mansalva, aconsejó a Pizarro
que cortara el viaje de Almagro y, sin tardanza, se dirigió con un
escogido puñado de hombres a estacionarse en la altura de Guaytará, pues
por ahí tenía que pasar el fallido primer conquistador de Chile. No
aceptó el marqués semejante treta, en rapto de incomprensible lealtad.
Dio orden de seguir hacia Ica, y don Pedro masculló, malhumorado, cosas
feas sobre la tontería de los guerreros cuando se vuelven pastores, y
predijo la lucha que no tardaría en quebrar todo lazo de amistad entre
los dos protagonistas.
Por eso, luego, Valdivia se
puso del lado de Hernando, quien sostenía el criterio de llevar a cabo
una campaña implacable contra Almagro. Cuando las dos huestes se
enfrentaron definitivamente en Las Salinas, Valdivia empuñaba el
estandarte real y dirigía las operaciones de su bando. No se inmutó
tampoco al saber que Hernando había dado garrote, entre las tinieblas de
la cárcel, al viejo y heroico Almagro. "A
los enemigos no se les puede tender puente de plata, cuando son débiles"—le
susurró al oído cierto viejo proverbio aprendido quizá en Milán. Como
premio a su conducta y su silencio, recibió la encomienda de Charcas,
mas, por cierto, no sin trabajo, pues le fue preciso, antes, conquistar y
domeñar la sierra. Al recordarlo más tarde, diría a sus apoderados,
ante la Corte, en su ejecutoria de soldado en América: "Informar...
cómo conquisté dos veces las provincias del Collao e las Charcas, e ayudé
a poblar la villa de Plata en ellas e traje de paz toda la sierra... Y de
cómo el dicho marqués Pizarro, en remuneración de los servicios que a
S. M. hice en término de cuatro años que trabajé en lo dicho, me dio en
depósito y encomienda el valle todo llamado la Canela que después que yo
lo dejé lo dio al capitán Peranzures, e a su hermano Gaspar Rodríguez y
a Diego Centeno…” “Y así mesmo ayudé a descubrir las minas de
plata en el cerro rico y asiento de Porco, e hube en él una que ha valido
cada año más de doscientos mil castellanos de renta."
Al lado de Valdivia, en casi
todas aquellas empresas, estuvieron sus dos primos, los Alderete, y otros
individuos, de ninguno de los cuales se olvidó en las horas de bonanza.
No bien llegado a Chile, se apresuró, pues, a distinguir a Gaspar Orense
—conmilitón suyo y de Gonzalo Pizarro— en las jornadas del Canelo, y
le dio en encomienda un cacique y mil quinientos indios, "cuarenta
leguas de esta ciudad de Santiago” y de igual modo procedió "con
todos los servidores e criados del marqués, mi señor, y del señor
Hernando Pizarro y de Vuesa Majestad".
*****
—Pero Sancho de la Hoz está
perdido sin remedio —repetía el chismerío público.
—Ojalá don Pedro le sea tan
fiel al marqués cuando ya no pueda colmarle de favores –murmuraban los
partidarios de Sancho de la Hoz.
—Lo será, porque mi capitán
Valdivia es de los hombres de una sola palabra...
––De una sola palabra y
mil caras...
––Repetidlo y me daréis
cuenta de vuestra calumnia...
—Os lo repito.
—Decid. . .
––Oid...
––Tomad.
––Venid.
El tiempo, esta vez por
excepción, desmintió a los malpensados. Llegado el caso, Pedro de
Valdivia mandó tributar toda clase de honras a Francisco Pizarro,
asesinado por los partidarios de Almagro: pidió que se le entregaran sus
hijos para cuidarlos como propios, y, mucho más tarde, en 1543, escribiría
a Gonzalo, desde Santiago: "De la muerte del marqués, mi señor, no hay que decir sino que la
sentí muy dentro del ánima, y cada vez que me acuerdo, lloro en el corazón
lágrimas de sangre”.
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