Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
   
 

 
 

Notas Marginales. Número 1,  Nº 1 Lima, diciembre de 1999

 
  Centenario de LAS 1900 –12 de octubre– 2000  
 

4. «Valdivia, el fundador» por LAS    
Capítulo II

La Promesa

   “Por el mes de abril del año de 1539 me dio el marqués la provisión y llegué a este valle de Mapocho por el fin de 1540..."

  Frase de respiro, después de cumplida la jornada. El ayer, como los altibajos de un tránsito fractuoso, adquiere actitud de sonrisa. Pero, en las cabezas, espíritus y frentes de los compañeros, dejo la tremenda travesía canas, amargor y arrugas.

  Porque no fue empresa fácil conseguir que Pero Sancho, hombre tozudo y de experiencia, cediera un ápice ante el terco capitán Valdivia. Y no le resultó sin complicaciones al propio marqués Pizarro decidirse en pro del último, teniendo como tenía fresco en su memoria el recuerdo de la ayuda que, otrora, le significara aquel Pero Sancho, cuando anduvo a su vera a guisa de secretario y asistió como testigo, actuario y partícipe al reparto del rescate de Atahualpa.  

Mas, habiendo frailes en torno –y de contera, escribanos—, todo bosque era orégano, y toda abruptez, llaneza. Mientras Sancho de la Hoz levantaba el tono protestando contra semejante despojo, don Francisco desempolvaba, a la luz de sus secuaces, cierta Real Cédula de 1537, dictada en Monzón, refrendada por don Francisco de los Cobos, secretario del Real Consejo Secreto, en la cual le ordenaban nada menos que poblar "Nueva Toledo o las provincias de Chile".  

–El rey lo manda, y delito sería desobedecerle —sentenció cazurro un rábula.  

El marqués mandó llamar entonces al capitán Valdivia y a Pero Sancho para que en presencia suya resolvieran sus distingos y acataran la voluntad del monarca, traducida por Pizarro...  

Pero Sancho no cedería tan de primeras. Sus títulos, obtenidos después de la prueba de Cajamarca, indicaban que el rey le había dado poder "para reducir y, gobernar aquel país hasta el Maule"; al par que autorizara a Alonso Camargo, hermano del obispo de Palencia, a proseguir más al sur. Lo cual, sin embargo, estaba contradicho por otras provisiones reales, como la que en Monzón, entregaba al conquistador del Perú el realizar igual empresa en el valle de Chile.

 Desde luego, para escribas y letrados aquello daba pie a largo proceso, con multitud de rúbricas, enredijos, ergos, protestos, diferendos y otrosíes; mas Pizarro, como Alejandro, tenía espada para tajar el nudo gordiano de esas dos voluntades ambiciosas y contrapuestas. Valdivia, encomendero de Porco y rico hombre, se enfrentaba así a Sancho, igualmente rico hombre, usufructuario de 400,440 pesos oro en el reparto de Cajamarca y depositario de los secretos de Francisco de Jerez hacía ya seis años. En los meses que anduvo a la vera de Pizarro, había aprendido Sancho a conocerle, de suerte que se hacía pocas ilusiones sobre los resultados de la disputa si, como Breno, el marqués estaba resuelto a echar el peso de su espada en uno de los platillos de la balanza. Para evitarlo empezó a intrigar.  

Ayudaban a Sancho sus relaciones peninsulares, por lo que le convenía, ante todo, ganar tiempo. Era casado allá con "una señora de mucha suerte llamada doña Guiomar de Aragón”; y había estado bebiendo aires de intriga palatina desde 1536 hasta 1539 en la Corte. A costa de enredos y petitorias consiguió aquella Cédula real "para navegar del Mar del Sur hasta el estrecho de Magallanes", lo cual no era lo que discutía Valdivia, quien deseaba poseer antes que navegar. Y, como son verbos distintos navegar y poseer, los doctores y cagatintas encontraron ancho campo para iniciar sus acostumbrados gatuperios y trapacerías en derredor de los conceptos...  

Sancho se dio cuenta de la trampa abierta a sus pies. Por eso había volado presuroso hasta el Cuzco, en aquellos meses de 1539, tratando de invalidar el permiso acordado a Valdivia para expediciones sobre Chile,  

El marqués, siempre tironeándose las barbas, paseaba de un lado a otro de su alcoba.  

—¡Leed, leed! ¡Haremos lo que la Real Cédula mande, y nada más que lo que ella mande, pues tal es la voluntad del Rey Nuestro Señor!.

Valdivia bocetó una sonrisa, mientras Sancho fruncía el ceño, descubriendo tras las respetuosas palabras del conquistador, un oculto dejo de ironía.  

Leyó el secretario, Entre Pizarro y su teniente cruzaron una mirada. El rey había concedido permiso al capitán Pero Sancho de la Hoz para explorar y navegar "sin que entréis en los limites y parajes de las islas de tierras que están dadas en Gobernación a otras personas a conquistar, ni gobernar, ni recalar". ( “Más allá del Estrecho ya no había reticencia alguna”, comenta un eclesiástico historiador.)  

Valdivia hizo un gesto expresivo, encogiéndose de hombros. Sancho comprendió la ineficacia de todo debate en ese instante. Nunca hubo mejor coartada que aquélla. Y se marchó; cabizbajo, rumiando en su impotencia de ahora su venganza de mañana.  

Era el 28 de diciembre de 1539, día de los Santos Inocentes. Estaban en el comedor de la casa del marqués en el Cuzco. Su autoridad subrayaba la firma del pacto entre ambos. Valdivia partiría a la conquista de Chile, inmediatamente, y Pero Sancho le alistaría, entretanto, en Lima, cincuenta caballos más y arreos militares, amén de nuevas gentes.  

A la salida, trazadas las rúbricas y cruzadas las manos en promesa y despedida, Francisco Pizarro murmuró sentencioso y cortante:  

—"Mire, tan necio viene Pero Sancho de España como fue; no tengo yo por de tan poco sostén a Pedro de Valdivia que no sepa lo que le conviene mejor que Pero Sancho que es un asno; e por intercesión de Pedro de Valdivia fui yo contento que ficiese el Pero Sancho compañia con él esta jornada, pero sus cosas de Pero Sancho no son de hombre, e así no ha cumplido cosa de los que puso con Valdivia, ni puede, e por esto, porque conozco el valor de ambos, digo lo que he dicho, que no me quite el sueño''.

  *****

Pero nadie acudía al llamamiento de Pedro de Valdivia. Tierra de "pestilencia" y "mal infamada" aquella del sur, donde los hombres de Almagro dejaran el desierto blanqueado de huesos.

Sancho, por su parte, contribuía con murmuraciones y chismes a desalentar a los audaces. Inés de Suárez se lanzó a la calle, haciendo lo imposible por reclutar voluntades. La gente la oía, pero, luego, recordaba aquel fúnebre regreso de los brillantes soldados de don Diego, y, al instante, moría el entusiasmo.

Como no se encontraba muchos audaces que se arrojaran a la aventura, Pedro de Valdivia pidió permiso para apelar a los desesperados que yacían en las provincias de Chunchos y Chiriguanas. Los sesenta hombres enganchados en Charcas y Cuzco lo estaban sólo de palabra, pero con palabras no se domeñan tribus feroces ni se sujetan extensos territorios. Indios auxiliares no le faltaban, pero tropa escogida de españoles, sí, y sin ella, todo fracasaría. Bajo cuerda, Francisco Pizarro trataba de ayudarle, de suerte que cuando el capitán pidió autorización para realizar enganches en aquellas provincias, al instante halló amparo. De otro modo, la empresa quedaría condenada al fracaso.  

Pedro de Valdivia invocó a sus antiguos compañeros. Dirigió misivas, hizo visitas, usó de toda clase de argumentos y artilugios, hasta congregar el pequeño núcleo de suicidas que iban a rehacer la marcha de Diego de Almagro. 

Gran parte de la expedición la constituían soldados provenientes de las huestes de Pedro de Candia. De la provincia de los Chunchos acudieron Francisco de Aguirre, Jerónimo de Alderete, Santiago de Azócar, Juan Dávalos Jufré, Juan de Carmona, Juan Fernández de Alderete, Francisco de Villagra, Rodrigo Quiroga y numerosos criados. Al punto Valdivia organizó su estado mayor, nombrando Maestre de Campo a Alvar Gómez; Sargento Mayor, a Alonso Monroy; Alférez, a Pedro Miranda; Capitán de Caballería a Francisco de Villagra; Capitán de Piqueros, a Rodrigo Quiroga, y, representando el brazo eclesiástico, llamó a su lado a González Marmolejo.  

Cuando todo estuvo listo, se juntaron una mañana en la plaza del Cuzco para asistir a un oficio que, en la catedral, ofrendaría el obispo Vicente Valverde.  

Pero Sancho mascó, sin duda, rabioso este nombre:

  –¡El padre Valverde! Me parece verlo todavía aquel día de Cajamarca...

La imagen de la Biblia por el suelo y a Valverde azuzando a la mesnada de Pizarro contra el Inca indefenso, era de lo que no se borraría nunca de la memoria de quien lo vio.  

El coro en la iglesia salmodiaba un Laude. Frente al altar, Pedro de Valdivia, agachada la cabeza testaruda, brinda al Altísimo sus futuros holocaustos. 

Sellado su pacto con el Todopoderoso, acordó dedicar el primer templo que erigiera en Chile a la Virgen de la Asunción, y la primera ciudad, al Apóstol Santiago, protector de los ejércitos ibéricos.  

Todo parecía así concluido en santa paz. Salían los oficiales de la iglesia, cuando uno de ellos se detuvo ante una mujer, robusta, tostada por el sol, treintañera, de ojos penetrantes y desenvuelto ademán, Rodrigo Quiroga se la quedó mirando, como suspenso. ¡Una mujer blanca, y libre! Alguien le tocó el codo invitándole a seguir adelante:  

—Es Inés de Suárez, la viuda aquella... la que acompaña al capitán Valdivia a sobrellevar tantas aflicciones –quebróse de mofa el susurro.

En la plaza se reunían grupos de soldados. Cruzaban por ella, como siempre, los indios quechuas, carga al lomo, trotecito rítmico hiriendo el suelo, levantando polvo, llenando el aire de color y pena.  

Pedro de Valdivia volvió arrebolado a su casa.  

––Al fin, marcharemos.

––Iré con vos —interrumpió Inés.  

Él la miró largamente. Desde Venezuela la traía consigo, como su sombra. Pero Chile era palabra a la sazón de mal agüero. 

—No, mejor no; la jornada será muy dura. . .  

––Peor sería el esperar.  

Él la miró de nuevo largamente:  

––A prepararse, entonces, que saldremos enseguida.  

Y salieron poco después.  

*****

 

—Después de todo, el marqués paga los favores recibidos...  

—¿Favores de quién?  

—Del capitán Valdivia... 

Empezó al punto a circular por el campamento el relato de las hazañas de éste. No todo era sincero, ni mucho menos. Por ejemplo, se afirmaba que años antes, no obstante ejercer la maestría de campo del ejército de Pizarro, Valdivia no titubeó en entenderse con Diego de Almagro, quien volvía de Chile. En esos contubernios aprendió cosas no sospechadas. Supo que la sierra del Sur no se parecía a la del Norte porque sus pobladores no se resignaban, ni en apariencia siquiera, a soportar el yugo extranjero, y porque en el desierto se embotaban los impulsos como las flechas en los acolchados petos de los guerreros.  

Pero el capitán Valdivia traía de Italia algo más que experiencia de guerra: astucia. Al romperse hasta lo hondo la amistad entre el marqués y don Diego, y cuando se realizaba la entrevista de Mala, en donde Hernando quiso apoderarse del rival de su hermano (el cual rival fue advertido de lo que se tramaba por la intencionada copla de un soldado adicto que desparramó al viento aquello de: "Tiempo es el caballero, —tiempo es de andar de aquí  —que me crece la barriga —y se me achica el vestir”), Valdivia, hombre de golpes de mano sobre seguro, y a veces a mansalva, aconsejó a Pizarro que cortara el viaje de Almagro y, sin tardanza, se dirigió con un escogido puñado de hombres a estacionarse en la altura de Guaytará, pues por ahí tenía que pasar el fallido primer conquistador de Chile. No aceptó el marqués semejante treta, en rapto de incomprensible lealtad. Dio orden de seguir hacia Ica, y don Pedro masculló, malhumorado, cosas feas sobre la tontería de los guerreros cuando se vuelven pastores, y predijo la lucha que no tardaría en quebrar todo lazo de amistad entre los dos protagonistas.  

Por eso, luego, Valdivia se puso del lado de Hernando, quien sostenía el criterio de llevar a cabo una campaña implacable contra Almagro. Cuando las dos huestes se enfrentaron definitivamente en Las Salinas, Valdivia empuñaba el estandarte real y dirigía las operaciones de su bando. No se inmutó tampoco al saber que Hernando había dado garrote, entre las tinieblas de la cárcel, al viejo y heroico Almagro. "A los enemigos no se les puede tender puente de plata, cuando son débiles"—le susurró al oído cierto viejo proverbio aprendido quizá en Milán. Como premio a su conducta y su silencio, recibió la encomienda de Charcas, mas, por cierto, no sin trabajo, pues le fue preciso, antes, conquistar y domeñar la sierra. Al recordarlo más tarde, diría a sus apoderados, ante la Corte, en su ejecutoria de soldado en América: "Informar... cómo conquisté dos veces las provincias del Collao e las Charcas, e ayudé a poblar la villa de Plata en ellas e traje de paz toda la sierra... Y de cómo el dicho marqués Pizarro, en remuneración de los servicios que a S. M. hice en término de cuatro años que trabajé en lo dicho, me dio en depósito y encomienda el valle todo llamado la Canela que después que yo lo dejé lo dio al capitán Peranzures, e a su hermano Gaspar Rodríguez y a Diego Centeno…” “Y así mesmo ayudé a descubrir las minas de plata en el cerro rico y asiento de Porco, e hube en él una que ha valido cada año más de doscientos mil castellanos de renta."  

Al lado de Valdivia, en casi todas aquellas empresas, estuvieron sus dos primos, los Alderete, y otros individuos, de ninguno de los cuales se olvidó en las horas de bonanza. No bien llegado a Chile, se apresuró, pues, a distinguir a Gaspar Orense —conmilitón suyo y de Gonzalo Pizarro— en las jornadas del Canelo, y le dio en encomienda un cacique y mil quinientos indios, "cuarenta leguas de esta ciudad de Santiago” y de igual modo procedió "con todos los servidores e criados del marqués, mi señor, y del señor Hernando Pizarro y de Vuesa Majestad".  

*****

  —Pero Sancho de la Hoz está perdido sin remedio —repetía el chismerío público.

  —Ojalá don Pedro le sea tan fiel al marqués cuando ya no pueda colmarle de favores –murmuraban los partidarios de Sancho de la Hoz.

  —Lo será, porque mi capitán Valdivia es de los hombres de una sola palabra...

  ––De una sola palabra y mil caras...

  ––Repetidlo y me daréis cuenta de vuestra calumnia...

  —Os lo repito.

  —Decid. . .

  ––Oid...

  ––Tomad.

  ––Venid.

El tiempo, esta vez por excepción, desmintió a los malpensados. Llegado el caso, Pedro de Valdivia mandó tributar toda clase de honras a Francisco Pizarro, asesinado por los partidarios de Almagro: pidió que se le entregaran sus hijos para cuidarlos como propios, y, mucho más tarde, en 1543, escribiría a Gonzalo, desde Santiago: "De la muerte del marqués, mi señor, no hay que decir sino que la sentí muy dentro del ánima, y cada vez que me acuerdo, lloro en el corazón lágrimas de sangre”.    

 
 
 
 

 

 

 
 
 
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