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Avance
de investigación
Luis Alberto Sánchez y el Conversatorio Universitario de San Marcos
Por Tito Livio Agüero Vidal
La lejana Lima de las dos primeras décadas de este siglo fue el
escenario de un acontecimiento realmente singular, la Universidad de San
Marcos, una de las casas de estudio con mayor abolengo, tradición e
historia de toda América, había dejado su papel rector y dirigencial de
la cultura peruana. Los principales focos de irradiación ya no se
localizaban en sus aulas, como tampoco los escritores más destacados y
los pensadores más relevantes ocupaban sus cátedras. Si uno quería
tener un contacto cercano con la intelligentzia
del país tenía que salir a buscarla en las calles, en la redacciones de
las revistas o periódicos, en las tertulias de los círculos literarios o
en las nuevas asociaciones de pensamiento que se habían creado, no sólo
al margen de la Universidad sino inclusive en abierta y directa
confrontación con ésta. Por este motivo no podía sorprender que Manuel
González Prada (1848-1918) como Abraham Valdelomar (1888-1919) y José
Carlos Mariátegui (1894-1930) hayan tenido un discurso antiacadémico y
antiuniversitario.
En este panorama un grupo de estudiosos e intelectuales, vinculados a
las ramas de la filosofía, como Alejandro Deustua (1849-1945) y a las
letras como José de la Riva Agüero (1885-1944) y Víctor Andrés Belaúnde
(1883-1966), todos miembros de la denominada generación
de 1905, ya sea desde la cátedra o los libros, trataron de dar un
nuevo curso a la Universidad, aunque este intento de "reforma"
fue hecho desde arriba, pues no
contó con la participación activa de los otros estamentos
universitarios, especialmente de los alumnos. Las grandes dotes
intelectuales y el enorme prestigio que sus investigaciones les daban
determinaron que se constituyesen en un referente obligatorio para todo
universitario sanmarquino que quisiera huir de la mediocridad y la monotonía
permanente y cotidiana de las aulas.
Un grupo de estudiantes, todos ellos de la Facultad de Letras y de la
especialidad de Historia, y que mostraban a su corta edad ansias enormes
por emprender nuevas aventuras intelectuales, sintieron que aquellos
profesores, especialmente los afines a su carrera, como Riva Agüero y
Belaúnde, eran un "espejo" en el cual ellos podían mirarse. Lo
arielistas o novecentistas,
como también se les conocía a estos consagrados hombres de letras,
conocedores de la ascendencia que tenían sobre aquellos muchachos los
convocaron a sus reuniones semanales y los invitaron a colaborar con artículos
y ensayos en su revista Mercurio
Peruano. Sánchez recuerda en 1969, ya totalmente distanciado de sus
otrora maestros, con cierta ironía o burla fina, cómo eran aquellos
sesiones.
"A mediados de 1918, Víctor Andrés Belaúnde, de quien Porras era
antiguo amigo y admirador fundó la revista Mercurio
Peruano y organizó las reuniones de los martes, en su casa de la
calle Juan Pablo. En uno de sus típicos arrebatos verbales Víctor Andrés
Belaúnde llamó a su grupo la protervia,
dando al término un tinte elogioso. Esta protervia
era una pequeña maffia de
gentes conservadoras, afanadas en parecer inquietas, intelectuales y
eruditas, cuya rebelión duraba tres horas semanales. Hacia las 11.30 de
la noche, la insurgencia moría en la jicara de un sabroso chocolate
virreynal, sopeado con tostadas y bizcochos olorosos y sápidos. Acudían
ahí muy pocos jóvenes Porras, Leguía, Vegas y yo...Cuando presidía Víctor
Andrés Belaúnde, monopolizaba la palabra. Surgían los giros gráficos a
que era tan adicto: así por ejemplo, llamaba comederos
a los cargos públicos. Otras veces se planteaban temas específicos. Una
noche, Losada y Puga con su atronadora voz académica propuso: Vamos
a discutir hoy sobre el heroísmo. Mire a Raúl Porras; bajó los ojos
hurtando una sonrisa. Jorge Guillermo se frotó las manos, tras la
espalda. Ricardo Vegas me quedó mirando muy serio, como cuando quería no
romper a carcajadas. Este martes ni me quedé al chocolate" [i].
De ningún modo los jóvenes se limitaron a asistir a los conciliábulos
arielistas; ellos no querían
convertirse en meros espectadores: aspiraban a tener un rol no sólo en el
futuro de la vida cultural peruana sino también en el presente. Como
producto de esta inquietud de trascender intelectualmente apareció el Conversatorio
Universitario en 1919. Sus integrantes, como ya adelantamos, eran
todos sanmarquinos y estudiantes de Historia, y además se habían formado
bajo el magisterio del gran historiador chileno don José Toribio Medina
(1854-1931), quien estuvo en el Perú en dos oportunidades, en 1921 y
1930, y cuyo archivo y biblioteca era una de las más valiosas de todo el
continente.
"La admiración que la generación del centenario, mejor dicho el
Conversatorio Universitario profesaba a don José Toribio Medina, era
antigua y profunda. Quien quiera que haya estudiado la historia, la
literatura, el derecho, la cultura latinoamericana durante los trescientos
años de virreynato evalúa perfectamente la deuda contraída con
Medina" [ii].
Jorge Puccinelli ha ratificado el peso intelectual que tuvo este
prestigioso hombre de letras sobre estos futuros historiadores:
"...los José-toribios se
llamaron irónicamente entre sí los de más definida orientación
historicista, en clara alusión al magisterio de Medina" [iii].
Además de pasar por el filtro de las enseñanzas de Medina también
tuvieron una decidida y activa participación en la Reforma Universitaria
de 1919 que tuvo como centro la Facultad de Letras. Sánchez recuerda a Raúl
Porras Barrenechea y a Guillermo Luna Cartland como los decididos
directores de este movimiento de reivindicación juvenil, cuando en las
oficinas del diario La Razón,
de José Carlos Mariátegui y César Falcón, se reunían todas las mañanas
para planear la estrategia y táctica a seguir.
"Fue ahí donde nació la Reforma Universitaria, o, al menos,
donde se fortaleció y orientó el movimiento ...Para dar vida a la
Reforma había que realizar una campaña periodística: es lo que hicimos
y a la que cooperó con actividad y desinterés La
Razón. En sus columnas, Porras, Guillermo Luna Cartland y Humberto
del Aguila, vaciaban sus críticas cada vez más punzantes y demoledoras.
No hablaban de sistemas. Porras nunca fue un guerrero de vasta estrategia,
sino más bien un guerrillero valeroso y audaz. En esa ocasión aplicó
toda su ciencia satírica y su conciencia limeña contra éste, ese y
aquel catedrático tachado a fin
de demoler el muro sacando piedra por piedra, ladrillo por ladrillo. Todas
las mañanas, a las once nos reuníamos en la sala de redacción, a la
vista y paciencia de Mariátegui y Falcón que asistían sonrientes a
nuestras alegres y bélicas sesiones. Para orientar la campaña en
Medicina, núcleo central de los ataques, actuaban Lorente y
Caravedo" [iv].
Aunque, si bien el Conversatorio
Universitario surge en 1919, se remontan en realidad al año de 1917,
según el mismo Sánchez, fecha en que la ascendencia de los catedráticos
arielistas era todavía muy
fuerte, cuando Belaúnde en una brillante conferencia propuso una serie de
acciones concretas con el fin de dinamizar y oxigenar la Universidad de
San Marcos.
"En esa Federación de Estudiantes de 1917 se escuchó una
conferencia de Víctor Andrés Belaúnde, quien había dado una vuelta por
América y volvía con algunas ideas nuevas. Una de ellas fue la de los
Seminarios y Conversatorios que está inserta en un folleto titulado La
vida universitaria. Entonces decidimos nosotros, ya que los Seminarios
resultaban un poco intrincados, hacer un Conversatorio que siempre
resultaba más fácil. Al fin y al cabo parece tertulia y las tertulias
son más gratas que los Seminarios, y así fundamos el Conversatorio con
un ánimo bien concreto" [v].
De inmediato, Raúl Porras Barrenechea (1897-1960) y Jorge Guillermo
Leguía (1898-1934), los más entusiastas y dinámicos del grupo, lanzaron
la iniciativa de hacer efectiva la idea de Belaúnde. Ricardo Vegas García,
Manuel Abastos, Guillermo Luna Cartland, Carlos Moreyra Paz Soldán, José
Quesada, José Luis Llosa Belaúnde, Jorge Basadre y por supuesto Luis
Alberto Sánchez fueron los otros integrantes que se sumaron a la
propuesta de Porras y Leguía [vi].
David Sobrevilla hace una rápida presentación de este proceso tomando
fundamentalmente como fuente la versión que diera Jorge Basadre.
"El año 1919 como una derivación del Comité de Reforma
Universitaria formado el mismo año, se organizó el Conversatorio
Universitario, con la finalidad de presentar sus
puntos de vista del ambiente que precedió y rodeó a la emancipación
(Jorge Basadre). El ciclo de conferencias tuvo lugar el año siguiente
como una preparación a la celebración del centenario de la independencia
política el 28-7-1821" [vii].
Efectivamente, faltaban sólo pocos años para celebrar el centenario de
la independencia del Perú (1921), pero Sánchez tiene una lectura distinta
que Basadre sobre las verdaderas intenciones que ellos tuvieron: se pensó
escribir una historia alternativa a la oficial o convencional.
"Se acercaba el primer Centenario de la Independencia del Perú,
de esa Independencia que dicen que no fue Independencia, pero que la
seguimos celebrando con Somos Libres
y todo lo demás...y pensamos los jóvenes de entonces que podíamos
intentar escribir una historia distinta de la que circulaba y emprendimos
por eso el estudio de la época de la Independencia" [viii].
El objetivo trazado, si seguimos a Sánchez, dejaba ver la inconformidad
de estos universitarios con lo que eran hasta ese entonces las líneas
directrices de la historiografía peruana.
"...la idea era estudiar, al margen de todo criterio
tradicional, los orígenes y desarrollo del movimiento emancipador del y
en el Perú. Queríamos producir una nueva historia de ese período" [ix].
Así, llegada la fecha se realizaron sendas conferencias, algunas de las
mociones presentadas fueron incluso publicadas, como en los casos de Jorge
Guillermo Leguía ("Lima en el siglo XVIII"), Raúl Porras
Barrenechea ("Don José Joaquín de Larriva") y Sánchez
("Los poetas de la revolución") [x].
Las demás exposiciones no llegaron a editarse, eso sucedió con Ricardo
Vegas García que habló sobre Lord Cochrane, y con Manuel Abastos, que
disertó sobre Bartolomé Herrera.
"Posteriormente, el mismo día de la celebración, apareció una
fotografía de los conferencistas, acompañados de Ricardo Vegas García,
Guillermo Luna Cartland, Carlos Moreyra y Paz-Soldan y Jorge Basadre, con
un comentario de José Gálvez, en que los bautizaba como generación del centenario. Después se ha hecho usual denominar a
Leguía, Porras, Sánchez y Basadre como miembros de la generación de
1919 o de la reforma universitaria" [xi].
La audacia que mostraron no se redujo sólo a dar un conjunto
determinado de charlas, pues como su mirada era mucho más amplia que la
de los universitarios comunes que habían estudiado y estudiaban todavía
en la Universidad de San Marcos, siguieron realizando diversas actividades
de diversa índole. Para comenzar y en actitud paralela
-y por que no decirlo desafiante-
frente a sus maestros, comenzaron a reunirse semanalmente para leer,
discutir y debatir sobre los diversos temas que salían después de la
lectura colectiva de un libro.
"El Conversatorio Universitario dió lugar a otras
conversaciones, que se realizaron en la casa de Raúl Porras...Nos reuníamos
los lunes y no sé si expresa o implícitamente, queríamos competir con
los martes de Víctor Andrés Belaúnde que en la calle Juan Pablo reunía
La protervia con los chocolates
de El Mercurio Peruano que empezó
a aparecer en 1918. Pero nuestras reuniones fueron los lunes y eran
reuniones en las cuales más que conversar, leíamos; se escogía un
libro, se leían páginas y se comentaban después de un chocolate, que
desde luego no siempre se tomaba allí sino que íbamos al Palais Concert
en donde nos esperaban hasta las 12 de la noche" [xii].
Juan de Dios Guevara nos recuerda que en estas reuniones de estos jóvenes
estudiantes universitarios de historia la política no fue una materia
ajena a sus preocupaciones: "En el Conversatorio se discutía no sólo
de los problemas de la universidad, sino también de los que se referían
a la situación del país y a sus antecedentes históricos. La prueba es
que en la relación de sus integrantes figuraban no sólo quienes habrían
de destacar en el proceso universitario y en las luchas políticas, sino
también en el esclarecimiento del pasado histórico de nuestro país"
[xiii].
Como era de esperarse tampoco se quedaron sólo en el estudio y en las
reuniones. Se dedicaron a realizar otras tareas vinculadas con su profesión.
Sánchez, por ejemplo, recuerda que todos ellos se avocaron a trabajar con
ahínco en la Biblioteca Nacional: "...organizar
el catálogo de la valiosísima y caótica colección de Papeles
Varios (unos tres mil volúmenes) en que don Ricardo Palma había
coleccionado, con diligencia y amor pero sin orden, cuanto folleto y hoja
impresa cayó en sus manos, durante los veintitantos años de Director de
la Biblioteca Nacional" [xiv].
Según mención de Ismael Pinto, Sánchez con sus compañeros, también
realizaron una importante labor en el Salón América: "No debemos
olvidar que, igualmente, Luis Alberto Sánchez dedicó algunos años de su
vida a la Biblioteca Nacional, de la que
llegó a ser director. Allí, trabajó hombro a hombro con sus
pares del Conversatorio Universitario, en la clasificación de los riquísimos
fondos que constituían el denominado Salón América, que fuera devorado
luego por el incendio del año 43" [xv].
Pero junto a las inquietudes propiamente intelectuales se encontraban
simultáneamente las ideológicas y políticas y con ellas también las
primeras acciones concretas de rebeldía. Recordemos, que ya habían
participado en el Comite de Letras que había impulsado la Reforma
Universitaria, cuando en la misma fecha del mencionado centenario, Sánchez
junto con Manuel Abastos y Víctor Raúl Haya de la Torre fueron los artífices
de un acto de solidaridad con el gobierno mexicano, que por esos años se
había constituido en un símbolo para los jóvenes progresistas del Perú
y de toda la América Latina.
"Pero eran los días de la Revolución Mexicana, de la que
nuestra generación, y en especial Haya de la Torre, estábamos
orgullosos. Vasconcelos acababa de ocupar la Rectoría de la Universidad
Nacional de México después de su exilio en el Perú de 1916 a 1917. Uno
de los más altos exponentes de la intelligentzia revolucionaria, exmiembro del famoso Ateneo de la
Juventud y compañero de Vasconcelos, el filósofo Antonio Caso, llegó
como Embajador Extraordinario de México a las fiestas del centenario. A
pesar del receso, resolvimos recibirlo en San Marcos. Capitaneados por
Haya de la Torre rompimos las puertas del Salón General de la vieja Casa,
y ofrecimos nuestro libre homenaje al Maestro, autor de «La Existencia
como Economía y como Caridad y Drama Per Música». Haya presidió la
actuación teniendo a su derecha al maestro Caso. Hubo cuatro discursos:
el de Haya, el de Manuel Abastos, el mío y el de don Antonio, quien
respondió con un mensaje lúcido y optimista. Al finalizar, improvisamos
una manifestación callejera a favor de México. La policía no se atrevió
a detener al juvenil cortejo que rodeaba a un hombre bajo, moreno, de mentón
audaz como una proa, cabello abundante e hirsuto, y que saludaba
majestuosamente a las gentes que lo aplaudían. Al llegar a la casa de la
Embajada Especial, en el Pasaje Velarde, Caso pronunció otro discurso.
Luego nos obsequió libros suyos, de Vasconcelos, de López Velarde, de
Jesús T. Acevedo, de García Icazbalceta, de lo más representativo de su
patria. Fue una tarde memorable: la única nota vivida en medio del
ambiente cortesano de la amaestrada conmemoración" [xvi].
Pero sin lugar a dudas sólo cuando la mayoría de ellos accedió a la cátedra
universitaria en la misma Universidad de San Marcos sus cualidades y dotes
historiográficas, reconocidas ya por algunos sectores de la
intelectualidad, alcanzaron un reconocimiento mayor. Este acceso redundó
positivamente en sus investigaciones, pues no sólo perfilaron más nítidamente
sus preferencias temáticas sino que también las nuevas responsabilidades
asumidas los estimularon o obligaron a desarrollar, mejorar y pulir su
metodología de trabajo e investigación, a consolidar sus respectivos
marcos teóricos, a emprender ambiciosos estudios, etc. Aunque no habían
dejado de ser todavía en el fondo los impetuosos e impulsivos estudiantes
que decidieron allá en 1917 hacer un corte en la investigación histórica
del Perú.
Augusto Tamayo Vargas, quien fuera uno de sus alumnos, reconoce la
enorme trascendencia que tuvo para su promoción la presencia de estos
nuevos profesores universitarios.
"Quiero repetir aquí algo que dije hace algún tiempo. En los
años emotivos de la década del 30, las promociones de estudiantes que
embargados de una nueva emoción fundaban Seminarios de Cultura y Centros
de Estudios Peruanos y que concebían su acción rebelde como fruto
precisamente de su calidad de universitarios recibieron lecciones de
profesores jóvenes que habían irrumpido en el ámbito de San Marcos con
un nuevo sentido de interpretación de la realidad, de ahondamiento de
nuestros problemas, pero a la vez con afirmación de que ellos debían ser
abordados sin perder la visión del mundo y del hombre universal; y con
una conciencia de que había que hacerlo con criterio científico, con una
técnica –si así puede llamarse– más allá de todo simple
impresionismo o de una asimilación absurda de conocimiento sin dirección.
La presencia de profesores como Luis E. Valcárcel, como Jorge Basadre,
como Jorge Guillermo Leguía, como Manuel Abastos, como Luis Alberto Sánchez,
como Raúl Porras Barrenechea, formaban al lado de las más antiguas
figuras de Alberto Ureta, de José Gálvez, de Julio C. Tello, de Mariano
Ibérico Rodríguez, un grupo seleccionado, pero no aislado del resto de
la sociedad, si no encargado de una función en el seno de la misma: de
conducción del conocimiento, pero sintiéndose sus integrantes copartícipes
de las preocupaciones de una vida totalizadora" [xvii].
Pero la presencia de estos jóvenes catedráticos se explica
fundamentalmente por la existencia de una coyuntura política concreta y
que a la postre fue propicia para su ascenso a tales cargos: en 1931 se
realizaron elecciones para la rectoría en la vieja Alma Mater, se
presentaron dos candidatos: Víctor Andrés Belaúnde y José Antonio
Encinas. La victoria de Encinas posibilitó que Jorge Guillermo Leguía
ocupará la Secretaria General de la Universidad, que Jorge Basadre fuera
nombrado Bibliotecario, que Raúl Porras Barrenechea ejerciera la dirección
del Colegio Universitario y que finalmente Sánchez tuviera a su cargo la
Dirección del Departamento de Extensión Cultural.
A pesar de haber partido todos ellos de una matriz generativa común,
como es el de haber estudiado letras en la Universidad de San Marcos, de
haber tenido como maestros a los escritores arielistas
o novecentistas, el de haberse
formado como historiadores bajo la dirección intelectual y moral de José
Toribio Medina, de haber participado en las luchas por la reforma
universitaria, de simpatizar con la revolución mexicana, de trabajar en
la Biblioteca Nacional, de ocupar cargos administrativos y la cátedra en
la misma Universidad y de ejercer la crítica literaria; con el pasar de
los años cada uno de ellos tomó su propia dirección, aunque siempre
enmarcados dentro de la historia como disciplina madre o matriz.
"Porras y Basadre empezaron también como críticos
literarios. Pero Porras derivó a la diplomacia, la historia de los límites...Cuando
empecé a publicar mi Literatura Peruana, Basadre dejó la crítica y se
dedicó a la historia de la República. De modo que dejaron para mí sólo
la crítica literaria" [xviii].
Pero no sólo los avatares de la vida los separaron sino que el mismo
anuncio de 1921 de una viraje teórico y práctico en la historiografía
peruana no fue realizado por muchos de ellos porque no quisieron entrar a
una confrontación directa y frontal con la generación predecesora.
"Dentro del Conversatorio Universitario y en figuras aisladas
que pertenecen a este período, hay sin embargo actitudes parciales o
totalmente divergentes y que tienen más bien un carácter solidario con
el grupo novecentista, estos son los casos de Porras, Martín Adán y
Basadre" [xix].
La aparición del Conversatorio
Universitario en 1920 y su posterior evolución significó en el medio
intelectual peruano el anuncio de un cambio radical en los estudios de
historia. Por esa fecha José Carlos Mariátegui se encontraba en Europa
pero al regresar al Perú y especialmente cuando leyó los primeros
trabajos de estos jóvenes historiadores, a algunos de los cuales ya había
conocido personalmente años atrás, para una mente como la suya no pasó
desapercibida las calidades y competencias intelectuales de estos hijos de
Clío.
"El escritor peruano tiende a la improvisación fácil, a la
divagación brillante y caprichosa. Nos faltan investigadores habituados a
la disciplina de seminario. La universidad no los forma todavía; la atmósfera
y la tradición intelectual del país no favorecen al desenvolvimiento de
las vocaciones individuales. En la generación universitaria de Sánchez
-lo certifican los trabajos de Jorge Guillermo Leguía, Jorge Basadre, Raúl
Porras Barrenechea, Manuel Abastos-, aparece, como una reacción, ese
ascetismo de la biblioteca que en los centros de cultura europeos alcanza
grados tan asombrosos de recogimiento y concentración. Esto es, sin duda,
algo anotado ya justicieramente en el haber de la que, de otro lado, puede
llamarse, en la historia de la universidad, generación
de la reforma" [xx].
La importancia del grupo no ha dejado de ser reconocido por la
intelectualidad peruana posterior. Estuardo Núñez, por ejemplo, dice lo
siguiente: "...una generación que ha hecho
historia en un doble significado: el de ser protagonistas de un
acontecimiento histórico y el de haber realizado obra de historiadores.
El año de 1919 esos jóvenes universitarios casi no superaban en edad la
veintena (eran todos nacidos en la década del 90, salvo Basadre y Sánchez)
no obstante su juventud promovieron desde ese conversatorio un movimiento
de revisión y empezaron a diseñar un programa de análisis de las
cuestiones fundamentales del país desde el ángulo del acontecer histórico.
El Perú empezaba con aquellos a tener conciencia de sí mismo" [xxi].
David Sobrevilla ha señalado, implícitamente, que la mejor forma de
medir o valorar en su justa y exacta dimensión la tarea intelectual de
una generación o de un grupo de personas no es sólo la permanencia o
vigencia de sus obras en el tiempo ni la repetición de sus esquemas
interpretativos o análisis sino de la incapacidad o imposibilidad de
parte de los pensadores e intelectuales subsiguientes para reemplazarlos
por otras propuestas o visiones alternativas: "...desde los años 70
vamos abandonando la gran interpretación que de la realidad peruana se
había ofrecido en los años 30 y se comienza a delinear una nueva
interpretación. En principio se halla provista de más y mejores datos, y
va siendo obtenida con instrumentos más avanzados de trabajo. No
obstante, guardémonos de un progresismo y optimismo fáciles,
autosatisfechos y engañosos: si actualmente están dados los elementos
para superar, pongamos por acaso la visión de la Historia de la República
de Basadre o del desarrollo de la Literatura Peruana de Sánchez, aún no
contamos con una visión acabada, como la que ellos han ofrecido" [xxii].
De tal manera que aplicando tal criterio se puede afirmar que las
propuestas de Sánchez o Basadre, por mencionar a los dos autores más
prolíficos del Conversatorio
Universitario, permanecen todavía hasta nuestros días como dos hitos
insuperados y en tal sentido todavía conservan una juvenil actualidad.
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