Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
 

 
 

Notas Marginales. Número 2-3 ,  Nº 1 Lima, Febrero de 2000

 
 

Actualidad

Balance y liquidación de Pablo Macera

Por Hugo Vallenas

–¿Democracia o autoritarismo?
–No me interesa.
–¿Partidos políticos como canal de expresión?
–Tampoco... Menos
–¿El Apra?
–Nada.
(Entrevista a Pablo Macera en La Casa de Cartón, Nº 19, 1999)

 
 
¿Quién fue Pablo Macera?

Hasta hace pocas semanas, antes de su incorporación a las filas políticas del Presidente Fujimori como candidato número 4 de su lista parlamentaria, Pablo Andrés Macera Dall'Orso (n. Huacho, 1928) representaba entre los intelectuales peruanos la quintaesencia de la autonomía del pensamiento frente al poder. Frente al poder en todos sus ámbitos institucionales y todas sus gradaciones. No sólo autónomo y hasta reacio a la menor comunión con los altos cargos de Estado sino ajeno y hostil a la más leve y honorífica distinción universitaria y a la más periférica vinculación con grupo alguno de opinión política. «Nunca ha ejercido cargo público alguno», reseña en forma destacada, de seguro por exigencia del propio Macera, la nota de solapa de su estudio en tres tomos sobre Los precios en el Perú-Siglos XVI-XIX, uno de sus libros más recientes. 

Lo suyo era la investigación paciente y detallista de nuestra historia social –véanse sus Trabajos de historia (1977)– y la episódica salmodia oracular sobre nuestros males presentes y futuros a desconcertados medios de prensa, reunida en buena parte en Las furias y las penas (1983). Su hábitat intelectual era una modesta dependencia sanmarquina del jirón Andahuaylas, sede de su Centro de Historia Rural Andina, fundado y dirigido por él hace casi tres décadas, donde entre empolvados anaqueles recibía a muy pocos amigos y escasísimos entrevistadores. Como expositor no mostraba mucha seguridad ni facilidad de palabra. Por esta razón, tal vez, tampoco ejerció con ahinco la docencia ni la cátedra. No gustaba declarar frente a fotógrafos ni cámaras de vídeo y prefería improvisar oralmente para la prensa antes que escribir. Esos momentos de libre soliloquio producían algunas frases memorables, para bien o para mal, como aquella de «el Perú es un burdel».

 
 

El historiador

Como profesional de la historia nunca afirmó ser categóricamente marxista pero sus escritos testimoniaban esta filiación, al igual que sus antipatías. En las «Explicaciones» (1976) que prologan sus Trabajos de historia, se incluye entre los intelectuales que «no éramos marxistas ni tontos útiles o inútiles aunque sí quizá compañeros de viaje» de los revolucionarios marxistas. Esto no se debía a una falta de convicción sino al muy alto concepto que tenía de ser efectivamente marxista. Después de José Carlos Mariátegui consideraba a todos los marxistas peruanos simples aprendices. Tampoco se consideraba, por el mismo motivo, un revolucionario. Admitía ser un estudioso solidario con la izquierda marxista y el movimiento popular, pero esta actitud comprometida nunca la encontraremos en sus trabajos científicos, sólo en breves escritos de ocasión.

Un raro momento de alusión a sus ideales revolucionarios nos lo ofrece un artículo dedicado a Luis Alberto Sánchez –que fue rector y catedrático de Macera en San Marcos entre 1946 y 1948– publicado en Bitácora Nº 1, en 1994, donde celebra encontrar en el autor de Garcilaso Inca de la Vega, primer criollo, la subsistencia de «la necesidad de soñar, inventar y hacer una realidad mejor... las virtudes que más allá del discurso mismo comprometen a cada hombre con la auténtica acción a la vez tradicional y revolucionaria», no obstante lamentar que «es difícil hablar sobre Luis Alberto Sánchez porque ha sido un hombre poderoso, uno de los más poderosos del Perú». Sánchez habría sido el primero en sorprenderse con esta desmesurada alusión a su «poder», pero la cita muestra gráficamente este horror casi sicótico al ejercicio del poder político y una idea ascética, casi primitiva, del compromiso revolucionario.

Su postura hostil al poder y a toda contaminación estatal hizo de Pablo Macera un intelectual muy admirado por la arboleda de grupos ultraizquierdistas que tildaban a Alfonso Barrantes de «socialdemócrata». Sin embargo, no expresaba una actitud verdaderamente revolucionaria en el campo de las ciencias sociales. En verdad, el radical Macera de los titulares de revistas no es el mismo de los libros de historia. Como marxista, tampoco se caracterizó –como lo hiciera, por ejemplo, Alberto Flores Galindo– por producir una historia comprometida, que relacionara los temas del pasado con urgencias del presente. El mayor esfuerzo de Macera está volcado en investigaciones estadísticas sobre agricultura colonial, la población y el tributo en lo siglos XVIII y XIX, el arte mural cuzqueño y Guaman Poma de Ayala. Por ejemplo, su libro Feudalismo colonial americano: el caso de las haciendas peruanas (1971), no obstante el título, no utiliza el análisis de clases sociales para proyectar una dialéctica políticamente sugerente. Es un análisis frío y estático, con terminología marxista pero bajo un método sistémico, de estructuras estáticas, digno de cualquier funcionario del establishment.

La obra de Macera como historiador, no concuerda con la famosa décimoprimera Tesis sobre Feuerbach de Marx, de 1845: «Los filósofos no ha hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». Su antigua hostilidad a todo cargo o responsabilidad pública, actitud que para muchos era un síntoma de integridad y pureza gonzálezpradiana, ha conducido a una producción intelectual también ajena a toda actitud en pro o en contra del poder. De todo poder, pasado, presente o futuro. La obra de Macera, de acuerdo a los parámetros de Lenin, corresponde a la de un «marxista aburguesado», un «falso marxista puro», un «marxista filisteo». Resulta «en última instancia» –recordando a Louis Althusser– un «revisionista epistemológico», que no realiza la «práctica teórica», esto es, la «acción» revolucionaria ubicada en el plano de las ideas.

El método del oráculo

Las admoniciones y pronósticos sobre el futuro peruano que acostumbra vertir Pablo Macera tampoco tienen sentido revolucionario. Son, como se decía en los días de la belle époque, poses «epatantes», que sorprenden o escandalizan pero sin forjar un camino o un pensamiento. Y es que el método básico es falso. Por una mala lectura del 18 Brumario de Marx y por una descuidada asimilación del no menos descuidado estudio del marxismo hecho por José Carlos Mariátegui, cierta intelectualidad boba ha entendido el método marxista como pronóstico y no como una simple herramienta de análisis histórico. Macera ha abusado con demasía de esa falsa apreciación.

Es más, Macera ha pertenecido a aquella vertiente sanmarquina de pensamiento que ha defendido a rajatabla aquella tesis de los Siete ensayos de Mariátegui que señala (ver «El problema de la tierra») que «la hora de ensayar en el Perú el método liberal, la fórmula individualista, ha pasado ya», refiriéndose con esto no sólo al problema agrario sino al futuro total de la república. Entienden que no es viable en el Perú la «república burguesa» salvo como una «democracia de fachada» y por eso estaría a la orden del día la revolución social violenta.

Mariátegui decía, en efecto, en su «Punto de vista antiimperialista» de 1929 que «ni la burguesía ni la pequeña burguesía en el poder pueden hacer una política antiimperialista», definiendo su estrategia revolucionaria como una «alianza obrera y campesina» que «lleva tras de sí» a otras clases populares inferiores. El Apra propuso alternativamente el frente único antiimperialista donde ocupaban un importante sitial las clases medias y la «burguesía patriota», dada que la tarea más urgente del país atrasado es la industrialización en democracia.

La insuficiencia de la «visión profética» de Mariátegui se mostró con toda crudeza en los años siguientes. El propio Partido Comunista reconocía en 1947 (ver Los Congresos del PCP p. 365), que «ciertos sectores... representan, en parte, los intereses de la burguesía progresista y democrática empeñada en la ampliación del mercado interno y por ello también, hasta cierta medida, de la reforma agraria». Luego, años después, bajo el belaundismo y bajo el gobierno militar de Velasco las luchas sociales demostraron que, como organismo vivo, con todas sus insuficiencias y contradicciones, nuestro país vive una búsqueda de desarrollo económico y social que compromete a amplios sectores sociales y no sólo a la «vanguardia obrera y campesina»

Sin embargo, sorprende que en pleno proceso velasquista, en febrero de 1973 (ver la revista Crítica marxista leninista nº 6), Pablo Macera siguiera aferrado –y lo ha seguido estando hasta hace muy poco– a la idea de la inviabilidad de la democracia, la no necesidad de lucha por ella y la ilusión de la revolución violenta que «salta las etapas» de desarrollo. Esta tesis fue refutada por Marx y Engels en el siglo pasado, por Lenin contra aquellos comunistas de El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, por Haya de la Torre y Seoane contra los comunistas criollos y por los propios comunistas criollos contra especímenes como Abimael Guzmán. Dice en efecto Macera en 1973, inclusive en polémica con el Apra: «En la segunda mitad del siglo XX, una sociedad preindustrial puede ser industrial dentro del socialismo sin convertirse previamente al capitalismo. Esta resulta ser la objeción principal a las tesis apristas de 1930-1956». El absurdo de este enunciado no merece mayor comentario. Macera resulta ser un marxista tan «aburguesado» como demodé.

El oráculo fallido

Como resultado de ese menosprecio por la democracia, la irresponsabilidad de las salmodias de Pablo Macera es finalmente patética. En una larga entrevista para Debate Nº 68 (marzo/mayo 1992), frente al autogolpe de Fujimori del 5 de abril de 1992, Macera afirmaba: «Para mí, ni el Parlamento, ni el Poder Judicial, ni esa democracia merecían ser defendidos, como tampoco merece ser defendido un programa neoliberal como el que va a implementarse». Y agregó: «No por cerrar el Parlamento y el Palacio de Justicia, Fujimori ha abierto las puertas a la democracia económica y social». Tenemos aquí un triste juego de palabras que sólo conduce a «dejar hacer y dejar pasar».

En esa misma entrevista la alternativa frente al neoliberalismo es aún más desconcertante: «Un programa neoliberal para países como el nuestro sólo funciona si va acompañado de una rectificación global de las estructuras y estrategias del comercio internacional... La única posibilidad sería que la práctica capitalista de finales del siglo XX y principios del XXI se acomodara a las prédicas teóricas del Plan Marshall para extender el mundo capitalista al que ahora no lo es. Pero esto significaría reajustes que no están presentes en el programa de los capitalismos hegemónicos. Así, creo que no estamos apostando a nada». Para Macera, lo único que podemos proponer ante el programa neoliberal es un cambio radical y universal del sistema económico; o eso o nada. ¿Sirve de algo una opinión tan naif?

Balance final

En una reciente entrevista para la televisión, Pablo Macera ha asegurado que se mantiene fiel a sus convicciones y que dentro del fujimorismo por fin puede «hacer» y no sólo «decir». Esta clásica postura de pretendido «apoyo crítico», de «colaborar sin capitular», etc., ya dicha por tantos políticos oportunistas al momento de recibir su primer cheque, fue siempre condenada por Macera en el pasado. Macera no perdonaba el menor desliz. Por ejemplo, en tiempos del gobierno del general Velasco, cuando el arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras se permitió participar, con sus propias convicciones, dentro de los organismos creados por la ley universitaria del gobierno militar, Macera lo amonestó en su texto preliminar a las Conversaciones de Historia (Jorge Basadre y Pablo Macera, Lima 1974): «Lumbreras decidió luchar no desde afuera sino desde adentro del sistema, en el propio estómago de la ballena. Muchos hemos criticado su decisión pues nos pareció una inocencia pensar que la revolución puede ser hecha dentro de la contrarrevolución». Velasco ejecutaba en forma autoritaria reformas antioligárquicas. En cambio, Fujimori representa un modelo autoritario de derecha, neo-oligárquico. ¿Hay algo que Pablo Macera pueda «hacer» o «decir» dentro del fujimorismo que no sea un completo contrasentido con sus antiguas convicciones y con su antigua actitud ética?

A partir de marzo del 2000 el historiador Macera ha cambiado mucho. Se ha vuelto mundano y muy político. Ha aceptado el 3 de marzo un homenaje del presidente de la Comisión Reorganizadora de San Marcos, Manuel Paredes Manrique, autoridad impuesta por el gobierno en contra del principio de la autonomía universitaria. Realiza intensas actividades electorales del brazo de Absalón Vásquez, el privatizador del agro y liquidador de las cooperativas agroindustriales. En sus declaraciones a los medios colabora disciplinadamente con las campañas de desprestigio contra los grupos opositores y con las cortinas de humo propagandísticas que ocultan la corrupción y el fraude de este régimen. Tiene ahora una buena remuneración, una camioneta 4 x 4 y custodios para su seguridad. Sin duda ha empezado a disfrutar del porcentaje de nuestros impuestos que durante años le era negado por su actitud jacobina.

Lo que tenemos finalmente con el pase de Macera al fujimorismo, es la pérdida de un intelectual admirable por su independencia de pensamiento, que de seguro durante muchos años le significó sacrificios y amarguras. Quizás, cansado de todo esto, optó por la jubilación intelectual y moral asumiendo aquello que González Prada jamás deseó a nadie en sus epigramas:

 

 

A qué guardar lo divino
entre lo humano y rastrero?
Cuando se habita el chiquero
hay que volverse pollino.

 
 

 

   
   

 

 

 
 
 
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