Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
 
 

 
 

Notas Marginales. Número 2-3 ,  Nº 1 Lima, Febrero de 2000

 
 

 

Centenario de LAS

LAS: Un siglo en las letras peruanas

Memorias literarias

 

Continuando nuestro aporte a la conmemoración del Centenario de Luis Alberto Sánchez, a cumplirse el 12 de octubre del 2000, publicamos estas «memorias literarias» inéditas, en las que el recordado maestro y escritor nos habla con su estilo inconfundible de su formación intelectual y sus vivencias como escritor. Han sido gentilmente transcritas y proporcionadas por el Instituto Luis Alberto Sánchez. Las disertaciones, conservadas en cinta magnetofónica, fueron hechas entre setiembre de 1992 y abril de 1993. Invitamos a nuestros lectores a coleccionarlas.

Parte I: LOS PRIMEROS AÑOS

(Exposición realizada el 13 de setiembre de 1992)

 

 
 

1- Asomando al siglo

No soy más que un testigo y lo que yo diga no es más que un testimonio, de un siglo entero.

Se acostumbra decir que nací con el siglo XX. En ver­dad nací en el siglo XIX: octubre de 1900 es el décimo mes del último año del siglo XIX. El siglo XX empieza en 1901, como habrá de ocurrir con el siglo XXI, que empezará en el año 2001 y no en el 2000. Esos dos meses que me separan del siglo XX tienen una gran importancia emocional. Además de tener un rezago inconciente del siglo XIX, pasé mis primeros años en un medio que aún no conseguía asimilar las condiciones de vida y las cos­tumbres que luego han sido signos distintivos del siglo XX.

Aquella fue una etapa de transición que hoy resulta difícil de imaginar. Cuando nací recién se difundía en Lima el alumbrado eléctrico, no precisamente para uso doméstico sino para engalanar actos públicos. A las seis de la tarde se encendían en forma manual, uno a uno en cada cuartel de Lima, los mecheros de los faroles de gas que iluminaban las calles. La ciudad se subdividía en seis cuarteles o comisarías. Si ocurría un siniestro, el celador o guardia de esa calle hacía sonar su silbato de un modo particular y luego hacía tantas pitadas como fuera el número de su cuartel. Los primeros teléfonos que se instalaron no pasaron de ser un lujo exótico, por su costo, su poca eficiencia –ya que dependían de una ope­radora que trabajaba pocas horas al día– y por las pocas personas que querían tenerlos. Para fines oficiales y comerciales el teléfono era visto como poco confiable: se daba más valor a ia palabra escrita. Se prefería la comunicación por correo o mediante mandaderos.

Hacia 1906, por ejemplo, cuando recién empezó a experimentarse en Lima con el tranvía eléctrico, los notables seguían usando sus señoriales «berlinas» –coches cerrados– ­y «victorias» –coches descubiertos, Ilamados así en homena­je a la reina inglesa–, tiradas por caballos. Los vende­dores callejeros recorrían la ciudad a lomo de bestia, ­el lechero con sus porongos y el panadero con sus costa­les. Los cobradores iban también a caballo. Los primeros automóviles daban lugar a protestas por el ruido y los gases tóxicos y los postes del cableado del tranvía se decía que dañaban el ornato de la entonces ciudad jar­dín. En mi casa se recordaba con sonrisas el primer automóvil que circuló por Lima, perteneciente al doctor Ricardo Flores. Sus ocupantes debían vestir largos guar­dapolvos, gorras y lentes especiales. Cada cierto trecho había que dar cuerda al vehículo con un manubrio en la parte delantera. Las ruedas se pinchaban fácilmente y el motor sonaba fuertísimo, con explosiones y una inten­sa humareda que cubría a los pasajeros. Las quejas y las incomodidades hacían que los primeros automóviles sólo sirvieran para paseos dominicales a balnearios de moda como La Punta.

 

2- El día del «no firmo»

Podría decirse que hasta 1910 Lima y los limeños man­tuvimos estos rasgos finiseculares. Era una urbe criolla que aún impo­nía su ritmo sosegado a los impulsos modernistas que en ella brotaban. Se vivía con más calma pero también con más intensidad. Se asumía con pasión reconcentrada la fe religiosa o la lealtad a un caudillo o a un prin­cipio. Había inquietud por lo nuevo pero se evitaba su adopción precipitada. Era una ciudad bulliciosa y tran­quila al mismo tiempo. Imperaba un temperamento más acu­cioso y prudente. Aún así, no dejaban de ocurrir exabrup­tos ocasionales. Cuando tras muchos años de debate se adoptó el sistema eléctrico para el alumbrado público, se cometió el desatino de levantar todas las instalacio­nes del alumbrado de gas para favorecer el monopolio del concesionario del servicio. Hoy sería de gran utili­dad para Lima contar con ambos suministros de energía, como ocurre en todas las grandes ciudades. No sólo en Nueva York o París sino también en Santiago de Chile y Buenos Aires. Un ejemplo palpable de estos exabruptos y del temperamento peculiar de Lima fue el asalto a Palacio de Gobierno del 29 de mayo de 1909 por un grupo de exaltados pierolistas.

Ocurrió que el presidente Leguía, recién en su octavo mes de gobierno, fue sacado a viva fuerza a la calle y Ilevado a empellones por el centro de Lima. En el ata­que a Palacio perdieron la vida un edecán y uno de los líderes de la asonada. Luego de recorrer el jirón de La Unión hasta la calle Baquíjano, la turba que conducía secuestrado al presidente decidió volver por el jirón Carabaya y dirigirse a la Plaza de la Inquisición. Allí se le exigió dimitir a Leguía pero éste rehusó hacerlo ante un papel que tenía la fecha equivocada. Mientras tanto, Lima estaba en cierrapuertas –costumbre causada por los constantes incidentes levantiscos del siglo pa­sado– y nadie atinaba a involucrarse en el jaleo. No había un celador o un guardia que se interpusiera. Fi­nalmente lIegó un piquete de caballería y puso fin al incidente con certeras cargas de fusilería. Leguía y Manuel Vicente Villarán, leal ministro que lo acompañó en esta tribulación, quedaron cubiertos por los cuerpos de algunos de sus captores. Esta eventualidad les permi­tió salir ilesos del confuso tiroteo que prosiguió hasta la rendición de los insurrectos. Poco después Leguía hizo un paseo triunfal a caballo por el centro de Lima acompañado de simpatizantes y amigos.

Leguía trató de convertir esta fecha en el «Día del Carácter», del «no firmo», que debía opacar la conmemo­ración del hecho de armas de Pacocha del 29 de mayo de 1877, cuando Piérola al mando del monitor Huáscar hizo frente a dos naves de la marina inglesa. En lo que a mí respecta, esta absurda aventura de 1909 confirma has­ta qué punto Lima seguía viviendo en el siglo pasado. Seguíamos siendo una ciudad más resignada que exaltada, temerosa de lo nuevo, con intentonas caudillescas y cierrapuertas de vez en cuando, pero con más escandaleras que escándalos y más snob que cosmopolita.

3- Patriotismo a flor de piel 

Otro aspecto importante que nos mantenía atados al siglo XIX era el penoso recuerdo de la guerra con Chile y de la ocupación de Lima por los chilenos. Sentíamos todavía los estragos de la guerra como en carne viva, rehusando resignarnos a la condición de pais vencido y cercenable. Lo que ya no podía resolverse mediante hechos de armas se trataba de solucionar por la vía di­plomática. Vivíamos con la sensibilidad patriótica muy a flor de piel. Por eso, cuando en 1910 el gobierno ecua­toriano de Eloy Alfaro advirtió que no aceptaría el ar­bitraje limítrofe del rey de España y dejaría sin efecto el protocolo de 1904, el país entero se puso de pie para evitar una agresión fronteriza. Se manifestaba intensa­mente contra la amenaza ecuatoriana. Se decía que Chile azuzaba la guerra con Ecuador y le facilitaba recursos. Cuando la legación peruana en Quito, a cargo de Germán Leguía y Martínez, primo del presidente, fue atacada, los jóvenes se agolpaban para alistarse a filas. En po­cos días el gobierno movilizó 22 mil voluntarios para la defensa del norte. Entonces era ministro de Guerra el general Pedro Muñiz. El viernes 8 de abril de 1910 desfilaron por las calles del centro de Lima, rumbo a la Estación de San Juan para tomar el tren al Callao, varios miles de voluntarios de todos los apellidos y de toda condición social. Los jóvenes recorrían las calles embanderadas entre vítores, promesas de victoria, improvisados discursos y lágrimas de madres y esposas. Se creía que la guerra era inminente. Por suerte no fue así.

Es después de 1910 que el país comienza a asimilar la realidad del siglo XX. La vida empieza a cambiar con rapidez y Lima experimenta esos cambios con gran intensidad. La actividad financiera y comercial toma otro ritmo y los nuevos inventos y comodidades que eran vistos como objetos exóticos se convierten en objetos de uso cotidiano. Con la difusión de la comunicación por cable el periodismo se renueva y al ocurrir un suceso de tanta importancia como la Primera Guerra Mundial, los aletargados limeños nos vimos de pronto urgidos de saber qué ocurría en el mundo y por qué ese mismo día y no algunos días o semanas después. Todo nos sorprendía. Habíamos vivido realmente desacompasados respecto a la política mundial. Entre el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, el heredero del trono austrohúngaro, el 28 de junio de 1914, y la invasión de suelo belga por las tropas germanas el 4 de agosto, los limeños pasamos de la sorpresa a la conmoción. El tardío e incoloro noticiero cinematrográfico «Pathè» dejó de ser el esperado enlace con las noticias mundiales. Había que estar al día. Cada hecho de guerra importante daba lugar a ediciones especiales de los diarios y nutridos grupos de curiosos se arremolinaban a todas horas frente a las oficinas de redacción donde se escribía en grandes pizarras la noticia recién recibida vía cable.

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 
   

 

 

 
 
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