Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
   
 
 
 

“DOCTRINA POLÍTICA: LA UNIDAD POLÍTICA Y ECONOMICA DE
AMERICA LATINA”

 

 
 

A principios del siglo pasado, un pequeño grupo de pensadores, políticos y escritores latinoamericanos -Francisco Miranda, Miguel Hidalgo y Costilla, Manuel Belgrano, Bernardo Monteagudo, etc.- comenzaron a diferenciarse nítidamente del resto de sus connacionales porque se atrevieron a alzar su mirada por encima de los intereses de sus respectivos países y se ubicaron en un horizonte mayor: el continental. Así, surge la utopía latinoamericana que en su primer estadio tiene un simple carácter enunciativo: proclamas, discursos, manifiestos, escritos, etc. Habrá que esperar a que en el escenario latinoamericano aparezca la figura de Simón Bolívar Palacios para que aquello que fue voz se convierta en acto. Efectivamente, la pasión unitaria de Bolívar lo llevó a convocar el Congreso Anfictiónico en el istmo de la Gran Colombia -hoy Panamá- en 1826.  Diversos factores, que no es el caso tratar, conspiraron para que este ideal no  se realizara .

 
 


Francisco Miranda

 
 

Un tercer gran momento surge cuando las banderas unionistas e integracionistas que izó Bolívar fueron recogidas por varios movimientos políticos latinoamericanos -La Unión Latinoamericana o U.L.A. (1925), La Liga Antiimperialista y la Alianza Popular Revolucionaria Americana o A.P.R.A. (1924)-, pero de los tres, sólo el APRA alcanzó a tener una perdurabilidad y vigencia en el tiempo, en la medida que no se limitó a ser sólo movimiento intelectual, como fue desgraciadamente el caso de la U.L.A., y se esforzó por reivindicar una clara y nítida autonomía intelectual y especialmente una necesaria independencia política, que definitivamente lo distancio de las Ligas, que justamente se caracterizaban por su subordinación total a la III Internacional (comunista). Así, el mérito del APRA es que puso nuevamente a discusión la temática continental y lo hizo desde diversos planos: desde la filosofía de la historia, en el que sobresale Antenor Orrego Espinoza; desde la historia y crítica literarias, en donde resalta Luis Alberto Sánchez; y, finalmente, en el plano propiamente político, que tuvo como principal ideólogo a Víctor Raúl Haya de la Torre. Aunque, el economista Carlos Capuñay, reputado estudioso del pensamiento integracionista de Haya de la Torre, sostiene que existen dos etapas en el desarrollo de la propuesta aprista, lo cierto es que desde una estricta perspectiva histórica, nosotros encontramos tres estadios claramente delimitados en el tiempo: la primera, que abarca los años 20 y 30, donde la integración va íntimamente unida a una radical acción antiimperialista como respuesta a la agresiva política norteamericana en América Latina, en general, y en América Central y el Caribe, en particular; la segunda, que se ubica en la década del 40, donde se da más énfasis al aspecto político-militar, y en menor medida a los propiamente económicos, motivada básicamente por el temor a la peligrosa amenaza nazi-fascista y la tercera, desde fines de los años 50 hasta sus últimos años de vida, en donde a raíz de los esfuerzos europeos por constituirse en un sólo bloque económico y político, producto de haber vivido el horror de dos Guerras Mundiales y del temor al enorme y creciente poderío soviético, y de la constitución de una serie de organismos subregionales y regionales en toda América Latina, Haya de la Torre privilegia lo económico y postula el Mercado Común Latinoamericano "como un paso necesario hacia la Unión Económica de este Continente".

 
 

 

 

Estos enunciados elaborados desde el discurso político y que alcanzan a tener un importante auditorio desde los años 20 en América Latina reciben un inesperado impulso a fines de la década del 50 cuando a raíz de la unión europea y de la divulgación y difusión, desde las ciencias económicas, de lo que hoy se denomina la Teoría de la Integración. Por ese entonces ya se contaba con la Organización de Estados Americanos (OEA) que nace el 30 de abril de 1948, en la IX Conferencia Internacional Americana celebrada en la ciudad de Bogotá (Colombia). Así, surgen toda una serie de organismos e instituciones internacionales: en 1950, aparece la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL) que fue a no dudarlo el primer y gran instrumento dirigido a fusionar los débiles mercados nacionales, gracias a la actividad desplegada por el notable economista argentino Raúl Prebisch; en 1960, se crea la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), en virtud del Tratado de Montevideo, y se propone derribar las barreras al comercio intra-regional para estimular los sectores productivos y llegar a un mercado común; en 1960, surge el Tratado Multilateral Centroamericano de Libre Comercio, que fue modificado en 1993; en 1964, aparece el Parlamento Latinoamericano (PARLATINO) con el objetivo de impulsar, desde la esfera política el proceso de integración; en 1968, los países caribeños crearon la Asociación de Libre Comercio del Caribe o CARICOM; en 1969, se crea el Pacto Subregional Andino o Acuerdo de Cartagena; en 1980, aparece la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), en reemplazo de la ALALC que tropezó con muchos inconvenientes debido a que se trazó un programa muy ambicioso; en 1979, el Pacto Andino inaugura su flamante Parlamento Andino y, por último, en 1986 varios países suscriben el MERCOSUR (Grupo de la Cuenca de la Plata) que incluye, además de un mercado común, proyectos de integración física y cooperación económica. A todo ello, últimamente, habría que agregar la constitución de la Comunidad Sudamericana de Naciones y las Cumbres de Jefes de Gobierno y de Estado de la Unión Europea, Latinoamérica y el Caribe.



 
 
 
 

Hoy en día la integración económica -y, la posterior unidad política- es un objetivo no sólo deseable sino totalmente indispensable en el nuevo orden económico internacional. La integración regional y la integración global no son desde ningún punto de vista excluyentes. Es más, son dos instancias complementarias de una sola gran estrategia de inserción en la economía global. Pues la llamada globalización o imperialismo, como sabemos, no es sino una nueva forma de exclusión de grandes grupos sociales en la generación y distribución de riqueza en el planeta. Así, se  puede comprobar con un razonable y moderado optimismo, por los avances y retrocesos que el proceso ha tenido, todavía tiene y seguirá teniendo, sin duda, que los sueños de Simón Bolívar y Víctor Raúl Haya de la Torre como la de otros grandes visionarios de ver una América Latina unida y fuerte no solamente poco a poco se va forjando sino que se proyecta inevitablemente en este nuevo siglo.


 
 


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Escrito por Tito Livio Agüero Vidal

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 
 
 
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