Taller de Estudios Sociales y Políticos
"Antenor Orrego"

Centro de Investigaciones Políticas, Sociales y Económicas

 
   
 
 
 

¿FRENTE ÚNICO DE CLASES EXPLOTADAS?

 
 
Tito Livio Aguero Vidal*
19-05-2003

 
 

I. Introducción.-

Frente a las tesis socio-políticas conservadoras que señalan el fin de las estructuraciones sociales de corte clasista y de postular inclusive el fin del capitalismo y su sustitución por otros modelos societales -sociedad postindustrial, postcapitalista, del conocimiento, de la información, etc.- este artículo busca demostrar la pervivencia de condiciones objetivas (materiales) que posibilitan la existencia de estructuras sociales clasistas y por consiguiente la vigencia de la tesis anarquista, anarcosindicalista y después aprista del denominado frente único (Sabroso, Ramos Rau, Pereda, Tejada y Pareja).

II. Sociedad Peruana: El tránsito de lo tradicional a lo moderno.-

Durante siglos, hasta por lo menos mediados de la década del 40 o 50 del siglo XX, la sociedad peruana en su conjunto, como totalidad social, tenía una configuración social dominante de naturaleza y/o carácter tradicional. Como bien lo señala Cotler, retomando un término de Stanley y Barbara Stein -la herencia colonial-, dos eran las características centrales: por un lado, la marginación y discriminación del indio producto de la persistencia de relaciones coloniales de explotación y de la dominación social y cultural sobre el mundo indígena, y por otro, el carácter dependiente de toda la sociedad respecto al desarrollo de las sociedades del hemisferio norte. Cuando Haya de la Torre redactó El Antimperialismo y el APRA las clases sociales en estricto sentido solo existían en algunas zonas, como en la regiones norte y central, donde gracias la presencia del capital extranjero imperialista, posibilitó la emergencia de relaciones sociales capitalistas, lo que a su vez permitió la constitución de una economía moderna -primaria: extractiva y exportadora-.

Pero en los últimos 80 o 90 años poco a poco tiene lugar un fenómeno que Schumpeter llamó destrucción creadora en el sentido que el capitalismo previo a su emergencia realizaba una suerte de destrucción de la economía tradicional. Sin embargo en el Perú el capitalismo si bien cumplió esta primera tarea, la segunda, la creación de un modo de producción capitalista en toda su extensión y profundidad, todavía sigue siendo algo por realizar. En un inicio el relativo desarrollo, articulación y enraizamiento de fenómenos socio-económicos capitalistas estaban en constante y permanente contradicción con los lazos serviles de reciprocidad y relaciones de valor no desarrolladas, con señoríos y lealtades claramente estamentales. Es decir, el capitalismo se desarrolló sobre un suelo "feudal" y por eso fue fragmentario y desigual. Ocurrió primero a través de las exportaciones de materias primas (década del) 20 que a su vez permitió un inicial crecimiento urbano, después por la ISI (década del 50), y que a su vez se vio limitada por las divisas que la exportaciones podían proporcionar y por la misma estrechez del mercado interno. En este caso la expansión capitalista en sus distintas modalidades amplió la desigualdad entre sus fuerzas productivas y las del mundo rural, especialmente del agro andino. El resultado final fue una relación campo-ciudad que erosionaba las actividades económicas de un agro arcaico y estancado, convirtiendo a estos espacios en un incremento marginal del mercado capitalista, pero imposibilitado un desarrollo en profundidad de éste. En tal sentido, las reformas velasquistas estiraron los mercados, pero fracasaron en los intentos de profundizarlos al dejar inalteradas las relaciones productivas entre el campo y la ciudad. Así, la fuerza de trabajo de la población en su conjunto pasa a reproducirse crecientemente en contacto con dicho capitalismo, pero no creciendo como fuerza de trabajo productiva. Para decirlo en otras palabras ha habido una urbanización sin industrialización. La actual ola transnacionalizadora, iniciada con los programas de estabilización económica pero sobre toda por las políticas de ajuste estructural de los años 90, que es la tercera en toda la historia del Perú, y que se caracteriza por un fuerte inversión de capitales españoles, canadienses, norteamericanos, ingleses, chilenos, etc., en los sectores terciarios y primarios -banca, financieras, seguros, minería, telecomunicaciones, electricidad, etc.-, no modifican en lo más mínimo este cuadro socioeconómico.

III. Estructura Social Clasista.-

En el Perú de hoy ya podemos hablar de la existencia de una estructuración clasista mínima en la medida que la anterior -estamental- ya no existe más o por lo menos ya no es la hegemónica. Lo que permite afirmar todo esto es que la constitución de la sociedad, y su reproducción misma, descansan cada vez más en las formas sociales que toma del producto económico -excedente- y sobre todo en las relaciones sociales con las que dicho producto y su forma son producidos y hacen parte del metabolismo social. De esta manera, las clases sociales son vistas desde el campo del trabajo, para ser más precisos de la producción misma, y no desde lo esfuerzos de supervivencia o de la circulación donde los individuos y grupos sociales se enfrentan básicamente a circunstancias. No está demás decir que toda esta estructuración, como muy bien lo señala Rochabrún, debe verse no como un sistema acabado y definido, donde las diversas clases sociales y las relaciones que se establecen entre ellas están totalmente constituidas sino como un campo de relaciones y posibilidades y donde si bien es cierto se pone el sesgo en el capital y en su dominación intrínseca no se puede soslayar de ningún modo las contradicciones que provoca y enfrenta. Así, siendo consecuentes con todo esto se puede afirmar que el elemento rector que define toda esta estructuración en estos momentos es la participación de todos aquellos individuos, grupos y clases sociales en la generación, control y sobre todo en la repartición del grueso del excedente social que se produce en el país.

IV. Conclusiones.-

Paralelamente todas a estas determinaciones en el terreno social existe el otro espacio, el teórico, y aquí es necesario hablar del funcionalismo y de la teoría de la elección racional. El primero porque representó un duro ataque a la categoría misma de clase social, dando lugar a explicaciones de aproximaciones multidimensionales en los que el análisis clasista quedaba totalmente sustituido por diversos y múltiples ejercicios empiristas de estratificación social mediante escalas de status, carentes en la mayoría de los casos de fundamentación teórica. Mientras que la segunda porque produjo una fisura teórica y metodológica en el seno mismo del marxismo, tanto que Stewart Clegg sostuvo que "es un caballo de Troya para los defensores de un análisis de clase de influencia marxista". Finalmente todo esto llevó a que se transitara de un paradigma que ponía el acento en las clases sociales y la producción a otro donde la preocupación se centraba en una diversidad de actores sociales, en el consumo y las innovaciones tecnológicas, con lo que pasaba a un primer plano el estudio de la relación Estado-sociedad civil y la naturaleza de las grandes organizaciones encargadas de articular los intereses en el seno de la sociedad civil.

Hoy sin embargo estamos asistiendo a una vuelta a los clásicos esquemas interpretativos clasistas pero no a partir, como antaño, de la separación, oposición y polémica entre las dos más importantes escuelas -la weberiana y la marxista- sino de una confluencia entre ambas y en donde las líneas de separación y diferenciación ya son nítidos. Efectivamente, autores de indiscutible formación neoweberiana como Lockwood, Goldthorpe, Parkin y Van Parijs se mezclan con neomarxistas de la talla de Wright, Roimer y Gouldner.

Por último, la precarización laboral -trabajos a tiempo parcial, a domicilio, a corto plazo, temporal u ocasional, independiente, subcontratación, etc.- que la globalización imperialista ha difundido tanto en las sociedades capitalistas centrales como en las periféricas de acuerdo con una política que busca reducir los costos productivos y sociales (Lafontaine- Müller) terminan por reforzar la tesis de que los trabajadores(as), hoy como ayer, se deben organizar en frentes únicos para defender sus derechos y mejor aún si teóricamente el partido político es el mismo frente único, como es el caso del aprismo.

 

 
 

 

 
 

*Integrante del Taller de Estudios Sociales y Políticos "Antenor Orrego".

 
 
 
   
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 
 
 
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